Mis padres se conocieron en la época de las cartas escritas a mano, las cabinas telefónicas y los discos de vinilo. La de los amores complicados y las distancias infranqueables. Cuando todo el curso de tu vida podía ser desviado por un teléfono que suena un minuto tarde, o por el descuido de un cartero en ayuno de café después de haberse trasnochado. El cartero, en efecto, era el hombre más esperado y, sus cartas, el botín más codiciado. Entre sus manos se hallaba el destino de miles de amantes y de ellas dependía su futura reproducción, el nacimiento de los niños que ahora pueblan el mundo. ¡Qué gran responsabilidad la suya! Unir a los amantes, o separarlos. Favorecer la generación de nuevas vidas, o eliminar para siempre esa posibilidad. Me imagino con cuánta impaciencia las personas se abalanzaban sobre su recado, al escuchar el chirrido de las ruedas de su bicicleta aproximándose, o el sonido de sus botas en la alfombra del vestíbulo. Imagino sus ojos suplicantes posarse sobre el hombre que más que nadie encarnaba todas sus esperanzas, y luego coger la carta, titubeantes, y buscar alguna señal apaciguadora en el rostro del cartero, como si él fuese al tanto del contenido de la misiva. Y los de temperamento más emocional, incluso abrazarlo con gratitud, si las noticias que recibían eran buenas. Tiempos de esperas agonizantes, es verdad, pero recompensadas por dichas que difícilmente podemos entender hoy en día, cuando tenemos a nuestro alcance no una, ni dos, sino veinte opciones para comunicarnos con quien amamos.

Podemos llamarlos al celular o mandarles notas vocales, escribirles mensajes de texto o mediante un promedio de cinco o seis redes sociales. No hay forma de que no logremos contactarnos, ni tampoco podemos escondernos tras excusas que en el siglo XXI resultan abstrusas y desfasadas. Todo es más inmediato, práctico, fácil. Será por eso, también, que los amores son más evanescentes, pues las duras pruebas a las que eran sometidos en el pasado los volvían más preciados y robustos a la vez. Creo que para cualquiera sería difícil renunciar a lo que tanto sacrificio le ha costado. Y entre las diversas dificultades que acechaban a las parejas, las grandes distancias, eran sin duda la prospectiva más aterradora. Más que la hostilidad de las familias y la oposición a su unión, más que la escasez material, las epidemias y el hambre. Pues para alguien que está enamorado poder saber cómo se encuentra la persona que ama es más importante que su misma incolumidad, e ignorarlo arrojaría al desasosiego incluso a las personas con los nervios más firmes. Sin embargo, los viajes de grandes trayectorias no ocurrían con tanta frecuencia, ya que no había muchos motivos por los que la gente decidía cruzar los océanos. Podía ocurrir si estallaba una guerra y llamaban a los hombres al frente, o en el caso de gerentes ejecutivos, si tenían que cerrar algún negocio rentable con empresas extranjeras. La gente común viajaba muy poco, y las mujeres solo si eran debidamente escoltadas.

Ahora bien, mi papá no era ni un patrón industrial ni un soldado mandado a combatir en la guerra, felizmente. Aunque, con el carácter que tiene mi madre, su ansiedad al verlo partir no fue menor. Acababan de casarse, solo habían vivido juntos un par de meses, y aún seguían comportándose como dos novios empalagosos, cuando a mi padre le llegó la noticia de que había ganado una beca para estudiar francés en un pueblito en las afueras de París. Había postulado mucho tiempo antes de su matrimonio y, como el veredicto demoró en llegar, se había convencido de no haber sido seleccionado. Ya ni él ni mi mamá pensaban en el asunto, cuando la noticia del viaje cayó como un rayo, quebrando su idilio amoroso y reventando su burbuja de nubes blandas y rosadas. Mi padre no quería ir, pero como ya lo dije, no pasaba tan a menudo que personas corrientes tuvieran la oportunidad de viajar a lugares tan lejanos que solo conocían por los libros de historia o los atlas geográficos. Así que terminó marchándose; como cualquier chico de veintitrés años que no puede resistir al llamado del mundo. Mi madre, Patricia –de ahora en adelante me referiré a ella por su nombre, pues al fin y al cabo es su historia y no la mía– entendió su decisión y lo alentó a perseguir sus sueños. Se quedó en la casa que recién habían comprado acompañada por mi abuela, para no sucumbir a la tristeza y a la soledad en ausencia de mi padre, al que de ahora en adelante llamaré por su nombre, es decir Antonio.

Patricia y Antonio se dijeron adiós, sabiendo que no se verían durante los siguientes ocho meses. Y mientras Antonio se dedicaba a estudiar el francés, Patricia empapaba cada noche el regazo de su madre, un poco por la nostalgia y un poco porque tenía que cumplir con el papel de esposa frágil, triste e incompleta sin su marido al lado. Pero yo sé, que en buena dosis esas lágrimas eran provocadas por los miedos y la inseguridad que la gobernaban y que su joven edad contribuía a fomentar –no hacía mucho que Patricia había superado su etapa de adolescente. Su temor era que Antonio se dedicara a estudiar a las francesas, más que el francés, y apuesto a que en los momentos de celos más críticos habría preferido, no sin sentirse culpable luego, de que su esposo estuviese empuñando un rifle en alguna guerra sangrienta y no rodeado por mujeres de pieles de seda y narices respingonas. Se encontraba en Francia, no en un país cualquiera. La patria de los besos más abrasadores, o “a la francesa”, de los affaires, los cabarets, las escorts, los ménages à trois, y quién sabe qué otras aberraciones.

No se llamaban muy seguido porque las llamadas internacionales eran muy costosas y Antonio, que solo contaba con el dinero de la beca, tenía que ahorrar hasta el último centavo para sus libros y, por supuesto, la comida de su día a día. A cambio se escribían muchas cartas; cartas largas en las que se reafirmaban su amor y se prometían que ya no volverían a separarse por tanto tiempo. Y mientras Patricia intentaba convencerse de la sinceridad de las palabras de Antonio, olfateaba las cartas a escondidas para asegurarse de que no se hubiesen impregnado del perfume francés de alguna vecina francesa de la residencia estudiantil. Es probable que, en su lugar, Antonio también habría reaccionado de la misma forma, pero él confiaba ciegamente en la benevolencia de su suegra y sabía que estaría vigilando los movimientos de su amada. Pero ¿a él? ¿Quién lo vigilaba a él?

Sin quererlo, Patricia tuvo que aprender una virtud muy subvalorada en aquellos días, pues más se asociaba con la ingenuidad o, perdonen la palabra, la cojudez: la confianza. Sin embargo, aunque al principio se aplicó en la práctica de tal virtud, no pasó el examen ni obtuvo el diploma correspondiente. A los tres meses de lejanía, escribió una carta a su querido Antonio, anunciándole que viajaría a Francia para las vacaciones de Navidad; aprovecharía el cierre de la escuela primaria donde enseñaba lengua para ir a visitarlo. Selló la carta y la envió, decidida a rescatar a su hombre de las zarpas de las femmes fatales que pululaban en el foco de la depravación, en la Sodoma camuflada de cuna del arte y de la politesse. No estaba lista para volverse una joven divorciada, agria y resentida con todos los hombres del planeta. No me pregunten de dónde habrá sacado el dinero para comprar el pasaje, si empeñando sus joyas o pidiendo un préstamo a algún sujeto criminal. Cada vez que le toqué el tema, se le trabó la lengua de tantos rodeos que le daba.

Faltando una semana a la nochebuena, empacó cuatro de sus mejores trajes y, con el beneplácito de su madre (“Anda, hija mía, y marca tu territorio” le infundió animo), se fue a tomar el primer avión de su breve existencia. Tomó un somnífero para condensar el tiempo del viaje y saltó dos de las tres comidas que sirvieron en el vuelo. Se despertó justo durante el último pasaje de las aeromozas y tuvo derecho a un aperitivo frugal, que acompañó con una copa de chardonnay (o chardoné, como ella lo pronunció), luego de que volvió a los brazos de un Morfeo con rasgos muy parecidos a los de su Antonio. Aterrizó a la hora indicada, siendo ya de noche, en el Aeropuerto Charles de Gaulle.

Ahora imagínense una chiquilla de veintiún años que nunca había salido de su ciudad natal, llegar a uno de los aeropuertos más congestionados del mundo. Una chiquilla que apenas tenía unas borrosas reminiscencias del curso de francés que había llevado en la secundaria, hacía ya cinco años. Una vez recogido su equipaje, que felizmente llegó indemne, se hizo fuerza y se dirigió hacia la salida. Su esposo adorado, seguramente la estaría esperando con un ramo de flores variopintas, solo faltaban unos pasos más para encontrarse a salvo y besarlo hasta que se le gastaran los labios y olvidara a todas las moscas muertas que se le habían insinuado. Pero al llegar a la salida, no estaban ni Antonio ni las flores, y pasados diez, veinte, treinta minutos, tampoco aparecieron. Patricia sintió su cuerpo, sus miembros, volverse cada vez más débiles. Miraba desconsoladamente su reloj de pulsera, y cada minuto que pasaba sentía que se iba encogiendo, reduciendo hasta hacerse infinitamente pequeña, mientras que el aeropuerto y, la ciudad afuera, se iban ampliando a desmedida hasta causarle vértigos.

Ya estaba por ser devorada por esa imagen aterradora de la ciudad, gigantesca y monstruosa, cuando de pronto se le prendió un foco. En París vivían unos familiares a los que nunca había visto y que solo conocía por cartas. Se escribían más que nada para las festividades y para informarse sobre los notables acontecimientos: matrimonios, nacimientos y sepelios, en resumidas cuentas. Se trataba de una tía, hermana de su padre, que se había ido a vivir a Francia cuando ella era niña y se había casado con un tal Henri Dubois, al que Patricia llamaba tío, un hombre atento y cortés que había tenido el gesto tan amable de regalarle un reloj de plata, con las iniciales de su nombre grabadas, con ocasión de su confirmación. Tenía que avisarle, ellos habrían podido ayudarla a reunirse con Antonio. Quedarse ahí inmóvil, a parte de atraer las moscas, no habría solucionado nada. Desplegó todas sus dotes de alumna afanosa de francés, que ya estaban a punto de marchitarse, y recurrió al pobre vocabulario que tenía para preguntar dónde podía encontrar una cabina telefónica. Algunos siguieron su camino, sin bajar la mirada, otros sacudieron la cabeza para hacerle entender que tenían prisa. Después de tres o cuatro intentos fallidos, por fin le indicaron la cabina más cercana. Se fue, cargando su maletita que empezaba a pesarle como si contuviera la amalgama de sus decepciones, y cuando por fin la vio se iluminó como un naufrago que divisa la tierra luego de meses de mar abierto.

No recordaba el número de sus tíos, ni lo llevaba consigo en su agenda, pero existía algo, en ese entonces, que tenía la función de sacar de apuros a las personas en la situación de Patricia: las guías telefónicas. Felizmente, todas las cabinas telefónicas contaban con este curioso y útil artificio. Cogió entre sus manos la pesada guía, como si fuese el Santo Grial, y, empezó a pasar las hojas febrilmente hasta encontrar la letra D, y el apellido Dubois, en la sección “París”. La suerte no la asistió demasiado, porque se trata de un apellido muy difundido y el nombre Henri también era muy usado en Francia. Ocho. Ocho Henri Dubois. Uno tenía que ser forzosamente su tío. Finalmente, no le tomó mucho tiempo rastrearlo, pues todos los demás, cuando les decía que se llamaba Patricia, colgaban. No creo que conocieran a ningún hispanohablante y menos a alguien con ese nombre. Pero cuando dio con el Henri acertado, su tío se alegró mucho y le pasó a su tía, quien, después de haberse maravillado de la inesperada visita, le dio indicaciones sobre cómo tomar el tren hasta la estación de París donde su tío Henri la recogería. Le explicó que el aeropuerto se encontraba en un pueblo llamado Roissy y no en la ciudad misma de París. Patricia habría preferido no tener que desplazarse, ¿después de doce horas de periplo todavía no era suficiente? La confianza no era tanta, no obstante, así que aceptó la propuesta que no dejaba de ser caritativa. Por lo menos no habría tenido que dormir en una inhóspita banca abrazada a sus exiguas pertenencias. Por gracia divina, y siguiendo las indicaciones de los tíos, consiguió tomar el tren correcto.

 El trayecto no fue muy largo, pero como no llevaba nada sólido en el estómago, le pareció interminable. Sus tripas empezaron a emitir sonidos embarazosos y rogaba que sus compañeros de asiento no se percataran. No se sabe si por suerte o porque su educación irreprochable se lo impidió, nunca voltearon a mirarla. Mientras tanto, pensaba en Antonio, ¿qué habrá estado haciendo en esos momentos? ¿Habrá tenido un contratiempo o el correo nunca le había llegado? ¿Estaría pensando en ella en esos instantes o revolcándose en las sábanas con una amante voluptuosa? ¿Y si eran más de una? A esa imagen, sus labios empezaron a temblar y sintió que iba a desmayarse –la corazonada fue determinante pero el vientre vacío tampoco la ayudaba. Cuando Patricia bajó del vagón, ya todo estaba oscuro, se dirigió a la salida de la estación donde su tío debía de estar esperándola. Era su último recurso, su última esperanza, si por alguna razón no se presentaba se habría encontrado completamente sola en el corazón de una ciudad desconocida, a millas y millas de su hogar.

 Un obstáculo que no había considerado anteriormente y que ahora se le ocurría, era tener que reconocer a su tío, aunque no tuviera ni la más remota idea de cuál fuera su parecido. Sin dejarse inmovilizar por el pánico, se esforzó en recordar algún detalle que su tía le hubiese mencionado en una de sus cartas. Parada debajo del dintel de la salida, a la luz de una farola blanca, y envuelta por su respiración transformada en vapor al contacto con el aire helado, Patricia esperaba con la cabeza hundida en el cuello de su saco intentando repararse del frío. Escrutaba con una mezcla de expectativa y desconfianza a todos los hombres de mediana edad que se dirigían hacia ella para luego ingresar y dejarla a sus espaldas. De pronto, un hombre casi completamente calvo bajó desde un Peugeot borgoña y avanzó a pie claudicando. Patricia se acordó de que su tío Henri había perdido una pierna en la Segunda Guerra Mundial, cuando una granada explotó a pocos metros de él. Ese hombre tenía que ser él. Venció la vergüenza y le preguntó con una vocecita aguda y espantada: “Oncle Henri ?” y, por su gran alivio, el señor, clavando en ella sus penetrantes ojos celestes, le contestó: “Ma chérie !”. Luego de que siguieron risas, abrazos y frases comunes de cuando por fin te reúnes con parientes que pensabas que nunca verías fuera del álbum familiar. Patricia había sobrevivido a lo peor y su reencuentro con Antonio no tardaría.

Cuando llegaron a la casa de los tíos, en el noveno arrondissement, hubo más risas, abrazos y frases comunes. Qué bella estás te veo muy bien eres igualita a tu madre tienes los ojos de papá qué encanto es París qué linda es tu casa cómo están todos por allá qué increíble es verte en persona etcétera. Cuando por fin se amortiguó la atmósfera de alegría y celebración, la tía preguntó a Patricia si tenía hambre y deseaba comer algo. Para esto, el estomago de Patricia nunca había dejado de aguijonearla, pero su timidez y el temor de resultar acaparadora lo pusieron a callar brutalmente. Además, ya eran más de las doce y muy tarde para que su tía se pusiera a cocinar. “Ya comí, tía, gracias”. El tono de su voz no debió sonar lo suficiente convencedor, por lo que su tía le insistió que, si no quería comer una cena completa, por lo menos un sándwich. Patricia cedió y aceptó educadamente. Fue el mejor jambon beurre de su vida –aunque también fue el primero, a decir verdad–, lo devoró en un par de mordiscos y se alistó para ir a descansar, por fin con la barriga llena y el corazón (casi) contento. La mañana siguiente habrían ido con el tío Henri a Saint-Maur-des-Fossés donde buscarían a Antonio en su residencia estudiantil. Patricia había tenido el reflejo de llevar consigo la dirección, aunque no era consciente de que la habría necesitado.

Después de un sueño largo y reconfortante, estaba lista para reencontrarse con su amor, y ahuyentar a todas las insolentes que podrían querer atraparlo. Su tía le preparó otro jambon beurre para el viaje, pues nunca había visto a nadie saborearlo con tanto regocijo. Cuando por fin llegaron a su destino, preguntaron en la recepción por el estudiante Antonio Méndez, y les indicaron en qué piso y en qué dormitorio podían encontrarlo. Frente a la puerta del cuarto de Antonio, Patricia se irguió digna y derecha, preparada para encararse con la realidad, sea la que fuere. Se persignó y tocó. Antonio abrió e inmediatamente agrandó los ojos como si no creyera la imagen que le mostraban, luego estiró los brazos como si quisiera ceñir la circunferencia del globo terráqueo y no simplemente la fina cadera de su esposa.

 Se abrazaron durante por lo menos unos cinco minutos, pero, mientras estaban amarrados y ahogándose uno en el cuello de la otra, Patricia no pudo resistir el impulso de empujar un poco más la puerta para despejar la visión del interior del dormitorio. La silla del escritorio estaba arrimada, como si acabaran de levantarse, y encima de la mesa se encontraba un libro abierto, un cuaderno con varias anotaciones, un bolígrafo, y una foto de ellos dos en el día de su boda enmarcada. Patricia cerró los ojos y se dejó llevar por una sensación de paz y quietud que no sentía en meses, por el amor de Antonio que sentía más vivo que nunca, y pulsante en la parte delantera de sus pantalones.

Como ya resultará claro, Antonio nunca recibió la carta de Patricia en la que le comunicaba la fecha de su inminente viaje. Esa sorpresa fue el mejor regalo que podía pedir, luego de noches insomnes de estudio, y bueno, también de fiestas, pero muy esporádicas, como le resaltó repetidamente a Patricia. Aquel día, Patricia y Antonio tuvieron una segunda noche de bodas, volvieron a sentirse nerviosos y voraces tal como la primera vez. Se desearon con una tal pasión que solo la nostalgia, un buen disco de Édith Piaf, y unas cuantas copas de “chardoné”, podían avivar. Esa fue la noche en que me concibieron –lo sé, les mentí: les dije que no era mi historia, pero de alguna forma sí lo es. Definitivamente Patricia consiguió marcar su territorio y, al despedirse de Antonio, lucía la sonrisa de la Mona Lisa.

E.

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