niña triste

           De Daisy me impresionó su alegría y su cariño. Cuando volví a verla por segunda vez me llamó por mi nombre y, con tal felicidad, que intuí que había estado esperando mi regreso. Me sentí mal por no acordarme el suyo, pero en seguida lo aprendí de una forma en que creo que jamás se me va a olvidar. De Laura me impactó su madurez y su lógica. Le gustan las matemáticas y dar buenos consejos a las personas que saben escucharlos. De Roberta su inocencia y su talento para el perdón. El ser que más quiere es el que alguna vez la defraudó y no creyó en sus ojos limpios. De Elena, la fe que tiene en sí misma, la lucidez con la que protege sus sentimientos. De Esther fue su sinceridad y su franqueza. En un tono muy ponderado me reveló que alguna vez pensó en escaparse. Felizmente no lo hizo.

            Maltrato, abandono, abusos, violencia. Son algunas de las causas por las que estas adolescentes se encuentran entre las cuatro paredes de un albergue, lejos de sus familias, de las familias que no supieron cómo protegerlas. Hasta que un día el Estado decidió que cuidarlas era su deber. Cuando por primera vez pisas un albergue, sospechas que las chicas estén expiando alguna culpa. Por un largo tiempo es lo que ellas también creen. No se entiende si las rejas que las apartan del mundo sirven para impedir a alguien de entrar o de huir. Si son para protegerlas de lo que hay afuera o de ellas mismas.

            Si perdieron su vida de antes, fue porque no supieron valorar lo que tenían, dicen. Ninguna que diga que si está ahí es porque fue ella la que no fue querida y valorada como merecía. Quizás sea muy pronto para aceptarlo. Quizás les resulte más fácil pensar que, si esta vez se portan bien, si lo hacen todo como debe ser, nunca más tendrán que volver a pasar por el dolor y la soledad.

            Estas chicas que tienen todas las razones del mundo para estar enojadas con la vida, siempre te reciben con mucha alegría. Si tu tez es clara y tu cabello castaño, te preguntarán si eres extranjera y se entusiasmarán aún más. De donde vienen, las personas que ellas conocen se les parecen: son trigueñas, tienen el pelo negro y lacio y ojos oscuros. Porque la pobreza no solo es un estatus social sino que tiene color de piel y domicilio. Si eres extranjero, empezarán a fantasear sobre el lugar de donde vienes. Lo más lejos, mejor. Querrán saber cómo se habla, cómo se come y cómo se vive allá. En ese momento, tú no eres solo su contacto con la realidad externa, sino que una ventana sobre un mundo paralelo en el que, imaginan, habrían sido más felices. O en el que podrían tener un nuevo inicio. Y cuando se lo describes y les dices que ese mundo también está fregado, pero no tanto, ellas exclaman: “¡Cómo me gustaría vivir allá!”

Se interesan por ti y buscan en ti todo el cariño que puedas dar, porque el que recibieron nunca fue suficiente. Y si tú te interesas por ellas, se vuelven voraces, casi angurrientas. Abren los ojos, las manos y los brazos lo más que puedan para que quepa todo el cariño que estés dispuesta a entregarles. Te piden lo que sea: un abrazo, un beso, un anillo, para que puedan quedarse con algo tuyo en el momento en que te irás. Y cada persona es para ellas una estrella fugaz que alumbra su rutina. Una persona más que quizás sea capaz de amarlas.

            Asombra pensar que estas chicas puedan necesitar tanto algo que casi no conocen, algo como el amor. Roberta dice que los problemas en su vida empezaron cuando su padrastro se enamoró de ella. Solo tenía doce años. Y ahora que tiene quince no acaba de entender que la cama en donde se le robó su niñez fue la escena de un crimen.

A estas chicas las llaman “de la calle”. Pues es aberrante que siendo niñas llegaran a pensar que la calle podía ser un lugar más seguro, o menos peligroso, que su misma casa. Esa casa que ahora extrañan, porque se conformarían con el espectro del amor de una familia, con las migas que se deslizan de la mesa. Se aferran a algunos pocos recuerdos de caricias y olvidan los golpes de los que llevan las secuelas. El dolor de espalda, por ejemplo, más visible, y más soportable, que su alma maltratada. Prefieren recordar las veces que se iban a mirar el mar. Daisy lo hacía cada fin de semana, junto con su mamá. El mar quedaba a unas cuadras de su casa, y es lo que más extraña. Ahora el mar lo tiene aún más cerca, puede oír sus cantos, pero no puede ver sus olas.

            Pero el pasado no las reconforta. De los sueños ellas traen las fuerzas para vivir el presente. La única razón por la cual no se escapan, por la que Esther, cuando estuvo a punto de saltar del otro lado del muro, decidió detenerse. El mismo motivo por el que aceptan comer hígado, aunque tapándose la nariz. Y un millón de otras reglas a las que se adaptan para poder seguir ejerciendo derechos que afuera no tendrían, como el de ir al colegio o de ser curadas cuando se enferman. Son agradecidas e intentan ver su vida sin libertad como una oportunidad. La oportunidad de florecer el día que salgan de ahí, cuando cumplan los dieciocho. Esperando que esa fecha tan deseada y temida no llegue demasiado pronto, que les dé el tiempo de por lo menos alcanzar su diploma. O saber bajo qué techo van a vivir. Si alguien más se preocupará por ellas.

E.

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