pareja de ancianos

La clara luz del tibio sol de abril se desenrollaba sobre el parque como una alfombra amarilla sobre la cual se disponía a hacer su entrada triunfal la primavera. Las violetas empezaban a vencer su proverbial timidez y a mostrarse cada vez más coquetas y las golondrinas, de vuelta desde el fin del mundo, abrían oficialmente la temporada de las serenatas mañaneras. La estación en que la naturaleza conspira contra el hielo de los corazones más reacios y logra derretirlos, así como hace con la nieve, estaba de regreso. Pronto los niños se regalarían románticas margaritas de colores, los jóvenes que antes odiaban el colegio no verían la hora de ir a clases para ver el objeto de sus suspiros y cruzar aunque sea un saludo de cuatro letras. Sus rodillas temblarían al caminar sobre ese nuevo sentimiento como sobre una cuerda floja. Parejas de novios descansando a la sombra de sicomoros, se perderían en fantasías sobre el color del cabello que tendría su futuro hijo, la forma de su nariz o el tamaño de sus orejas. Y los ancianos volverían a pensar nostálgicamente en alguna pasada primavera como si tan solo hubieran pasado pocos meses, días o semanas.

Esto a excepción de algunos para los que la memoria se había vuelto una pesada locomotora que se arrastraba en los carriles del pasado cada vez más lenta, cada vez más parecida a un cúmulo de fierros inservibles. Los ancianos de la casa de reposo de la Plaza Francia se encontraban casi todos en esta misma condición y, hundidos en su soledad en la que incluso eran privados de la compañía de sus recuerdos, se daban a ese espectáculo con el corazón inmaculado y festivo de un niño que presencia su primera primavera.

Esa mañana corría una fresca briza, prueba de que el invierno todavía se oponía a dejarle el trono a la reina de las estaciones, pero la Srta. Miriam había arropado bien a Luis de modo que el frío no penetrara en sus huesos, cada vez más evidentes a los ojos y al tacto debajo de su sutil piel morena. Una bufanda roja protegía su cuello largo y sus orejas, un gorro negro se ajustaba a la forma de su cráneo y tapaba su pelo completamente encanecido, y una colcha de lana abrigaba sus piernas delgadas. La Srta. Miriam lo empujaba en su silla de ruedas por los senderos pedrosos del jardín de la residencia. La enfermera intentaba entablar una conversación de las más banales con el anciano, pero Luis solo contestaba con monosílabos. Lo que entraba y salía de su boca se habían reducido simultáneamente.

Desde hacía unas semanas ingería cada vez menos alimentos y menos eran las palabras que soltaba. Después de tan solo dos cucharadas se cansaba de comer y aventaba el plato y los cubiertos al piso si insistían en darle más. De la misma manera, se había encerrado en silencios cada vez más prolongados. Los doctores sostenían que ese cambio en la actitud de Luis se debía a que su cuerpo se iba debilitando, pero las enfermeras estaban convencidas de que la conciencia de Luis, enterrada quién sabe a qué profundidad de su mente, estaba renunciando deliberadamente al órgano que simboliza la vida y junto con él a la vida misma. Todas, incluida la Srta. Miriam, se empeñaban en hacerlo desistir de su terco propósito.

—Mira, Luis. ¡Qué sol más generoso tenemos hoy! Escucha cómo cantan los pajaritos. ¿Reconoces alguno? Yo a las justas sé cómo luce una gaviota. Pero acá estamos lejos del mar, ¿no es cierto? ­

Luis seguía callando, pero daba muestra de entender lo que la enfermera le decía. A la palabra “sol”, volvió lentamente sus ojos hacia el cielo, y a la palabra “pajaritos” empezó a mover su cabeza de izquierda a derecha para lograr atrapar con la mirada esos fugaces movimientos de alas. Eran palabras familiares para él, pero nuevos eran los ojos con los que miraba las cosas que designaban, así como nuevos eran el panorama que se estallaba frente a él y la sensación de encanto que crecía en sus adentros. No parecía entusiasmarse, eso habría sido mucho pedir, pero por lo menos su expresión no era la que todos los días solía tener durante el paseo mañanero, con la cabeza agachada y la mirada distraída. Parecía más atento, como si hubiese despertado de un sueño profundo. Las ruedas de la silla crujían encima de las piedritas del sendero y a veces la Srta. Miriam tenía que ejercer un poco más de fuerza para sobrepasar las más grandes y seguir avanzando. Las blancas nubes encima de ellos parecían perseguirlos. Al final, la Srta. Miriam se cansó de tanto empujar. Luis se había adelgazado y ya era solo una montaña de huesos, pero sus huesos eran los de un hombre que toda su vida había sido alto y robusto, y una carga de todo respeto.

—¿Qué te parece, Luis? ¿Nos sentamos un momento a disfrutar de este bonito día? Bueno, yo de todas maneras necesito sentarme, así que me acompañarás un poco. Vamos hacia esa banquita.

Avanzaron unos metros más hacia una banquita de madera color plomo. La Srta. Miriam se sentó e instaló la silla de ruedas con Luis encima a su costado. La mirada de Luis seguía deambulando infatigable por el parque, recorriendo cada pequeño cambio en la naturaleza, algo que sus piernas débiles ya no le permitían hacer. Luego sus ojos azules, casi blancos, fueron atraídos por el temblor de las ramas del manzano en flor, sacudido por alguna fuerza oscura. Unas sombras, cuyos contornos Luis no lograba apreciar, parecían penar en el manzano, mientras que los pétalos de sus flores recién nacidas nevaban encima de sus raíces. Su mirada se volvió nerviosa, su corazón palpitante.

—Luis, ¿qué te pasa?, le preguntó la Srta. Miriam. No tengas miedo. Son solo dos ardillas que juegan.

Las ardillas dejaron de saltar como si hubieran escuchado que alguien las estaba llamando, y Luis pudo ver sus simpáticos hocicos de roedores y sus colas voluminosas señalando alguna nube. Una lágrima de pronto se derramó por su ojo izquierdo y se le incrustó en el extremo del bigote blanco, indecisa si aventarse o no al vacío.

—¿Qué tienes, Luis? ¿El viento te está dando frío? ¿Quieres volver adentro?

La Srta. Miriam agarró las manos que Luis guardaba debajo de la colcha. Incontables venas las surcaban como afluentes de un río color esmeralda.  

—Qué raro. Tus manos están calientes. No creo que tengas frío.

Luis volvió a mirar el manzano, las ardillas ya habían desaparecido, continuando su persecución en arboles más altos, invisibles a la vista precaria del anciano.

—¿Qué estás mirando, Luis? ¿Quieres que te traiga una flor de ese árbol?

La enfermera se levantó y cogió una de las flores que habían aterrizado en el pasto. Se la entregó a Luis. Su rosado vivaz atrapó la atención de Luis magnéticamente, el cual empezó a acariciarla como si pudiera oír su secreta respiración. En la palma ancha del anciano, la flor se veía aún más pequeña, indefensa. Rozó uno a uno todos sus pétalos con la punta de su índice, luego cosquilleó las pestañas que sobresalían de su centro parecido a un pequeño ojo amarillo. Luis se miró el dedo quizás preocupado de habérselo teñido y luego se dispuso a acercar la pequeña flor a sus labios.

—No, Luis. ¿Qué haces? La flor no se come. Pero puedes olerla, estoy segura de que tiene un aroma delicioso.

Luis cambió la dirección de su mano y llevó la flor a su olfato y sus ojos se cerraron de reflejo. De bajo del bigote parecía haber dibujado una sonrisa. Ese era el olor que lo había inebriado desde que habían salido al jardín, el olor que impregnaba todo el aire. Luego se quedó un momento así, con los ojos cerrados, disfrutando del sol cuyo calor ya no recordaba.

—Qué buena idea, Luis. Tomemos un poco de sol, nuestra piel lo necesita.

La enfermera dejó caer su cuerpo regordete contra el respaldar y lo imitó. Naranja, rosado, amarillo, dorado, naranja. Se escuchaban unas voces a lo lejos que poco a poco iban avecinándose. Se hacían cada vez más nítidas. Luis abrió los ojos. Reconoció las siluetas de un hombre y una mujer mayor. El hombre era Gaspar, un enfermero de la residencia, un buen tipo. La mujer era una huésped que Luis jamás había visto. El Sr. Gaspar la iba sosteniendo del brazo y esperaba pacientemente a que ella avanzara, según su ritmo, ayudándose con un bastón de madera de roble. Estaba vestida con colores encendidos que resaltaban aún más al lado del uniforme aséptico del Sr. Gaspar. A los ojos de Luis se veía como una flor sin raíces.

Cuando estuvieron lo suficiente cerca, el hombre habló:

—Miriam, cuidado que te quedas dormida ah…dijo riéndose sin malicia. Luego refiriéndose a él:

—Hola, Luis. ¿Cómo estás?

Miriam abrió los ojos sin apuro y contestó:

—No te preocupes. Luis está cuidando de mí. ¿Verdad, Luis? Pero quién es tu nueva amiguita, qué lindo vestido tiene. Es del color de la flor de Luis. Enséñasela, Luis.

Luis empezó a agitarse. Su corazón latía como las alas de un colibrí y la sangre afluyó a sus mejillas, coloreándolas. Abrió el puño donde tenía encerrada la flor cuya existencia había olvidado por un par de segundos. Así como había olvidado dónde se encontraba, y las pocas informaciones que la senilidad todavía no le había arrancado.

—Adelante, Luis. No seas tímido —lo animó la Srta. Miriam—. Luis llevó la flor hacia la señora que le sonreía con expectativas y se la ofreció.

—Mi amiguita se llama Magdalena. Su familia la ha traído acá ayer por la tarde. Está en perfecta salud, pero ella ha preferido venir aquí para hacer vida social, ¿no es cierto? Preguntó mirándola.

Magdalena rio fragorosamente como si esa fuera su principal afición, como si en vez de llorar, eso hubiera hecho al llegar al mundo. Ese parecía ser su propósito en la vida. Su risa se clavó en el pecho de Luis, justo a unos centímetros de su marcapasos.  

Es notorio que en el momento en que te enamoras de alguien parece que todo fluye en cámara lenta. Pero las vidas de los ancianos de por sí transcurren lentamente y lo que el amor hace con ellos es sacudirlos de pies a cabeza. Hacerles sentir que han recuperado el vigor y la rapidez de antaño. Eso sintió Luis, que estuvo a punto de levantarse creyéndose de la nada capaz de caminar, bailar el claqué e incluso correr un maratón.

—¿Qué haces, Luis? Se asustó la Srta. Miriam. Sabes que no puedes levantarte. Magdalena no se irá a ningún lado. Magdalena, evidentemente a Luis le agrada mucho su compañía. ¿Por qué no se sienta, un momento?

—Claro, con mucho gusto. El Sr. Gaspar la ayudó a sentarse en la banquita y finalmente Luis se incorporó.

—Muchas gracias por la flor, Luis. Está muy bonita­, le dijo Magdalena. Luis no sabía a dónde mirar y luego de un breve silencio embarazoso, sobre todo para la Srta. Miriam y el Sr. Gaspar que se sentían intrusos en esa conversación, Luis dijo su primera oración en meses:

—Hoy es primavera.

Nadie sabía si se refería al clima o a algo más, pero todos asintieron.

Magdalena y Luis se volvieron inseparables y el personal tomó la costumbre de llamarlos “la parejita”. “Ahí viene la parejita…” decían. Magdalena insistió en ser ella quien le diera de comer a Luis y él, poco a poco, fue retomando el apetito y el color. No se volvió un gran orador del día a la mañana, además que nunca lo había sido, pero parecía entretenerse escuchando las historias que le leía Magdalena, y a veces incluso hacía comentarios sensatos. Era muy gracioso observarlos, pues a veces ninguno de los dos sabía de qué trataba la narración y cada frase era un golpe de efecto. “Todo había sucedido en unos segundos…Bobby soltó el arma…Pero, espera, ¿quién es Bobby? ¿De dónde salió?” Luis no sabía contestar a preguntas de ese tipo y los dos se reían al unísono, como si alguien hubiese contado una broma que solo ellos podían entender. No importaba quién fuera Bobby, de qué trataba la lectura. Ya no más.

Los días se hacían cada vez más cálidos y podían pasar más tiempo afuera, dar largos paseos o sentarse simplemente a descansar tomados de la mano. Luis sobaba las manos de Magdalena entre las suyas y ella que siempre había tenido las manos frías, no volvió a necesitar guantes. La Srta. Miriam que era la que más se había alegrado de tal unión, se preguntaba si se pudiera amar a alguien sin tener plena conciencia de sí mismo. Pero ¿por qué no?, se decía.  Debe de ser más fácil dejarse amar cuando no se tienen pecados que ocultar, y más fácil amar cuando el sentimiento no es estropeado por el pensamiento, cuando no es contaminado por un pasado que todavía duele y amenazado por un futuro que podría aniquilarlo todo. Es más fácil amar cuando el solo tiempo que se conoce es el aquí y ahora.

Se podría hacer una comparación con los niños más pequeños. Los bebés no conocen a sus padres… claro, conocen su perfil, sus voces, su manera de cargarlos o tranquilizarlos. Sin embargo, no saben nada de sus vidas. No saben si han ido a la universidad, si son obtusos o inteligentes, si tienen sentido del humor o una índole severa, si les gusta viajar, leer, ir a pescar o qué se yo. Tampoco saben quiénes son ellos mismos, pues todavía no han tenido el tiempo de descubrirse, ni de forjar su personalidad. A las justas han aprendido su nombre y alguna palabra más que les es vital. No saben quiénes son, ni cómo serán algún día. Simplemente son, sin más predicados, y simplemente aman sin herencias ni legados. ¿Podríamos acaso dudar de que las sonrisas llenas de sol que regalan a sus padres son una señal de amor?

Había pasado ya casi un mes desde que Magdalena había llegado a la residencia y conocido a Luis, aunque ellos creían que estaban viviendo un mismo largo día que jamás llegaría a su fin. Estaban sentados en el sillón de la sala de recreo viendo un programa de bromas canadiense. Mi hermana y yo habíamos viajado para cerciorarnos de que mi mamá se sintiera cómoda en su nuevo hogar y ese día fuimos a visitarla. Los vimos sentados en el sofá, ella tenía la cabecita blanca de pelo muy corto apoyada en su hombro. Parecían absorbidos por las imágenes de la pantalla y relajados como si estuviesen en el salón de su casa. La Srta. Miriam distribuía la merienda de las cinco a todos los huéspedes: una infusión y pan con jamón y queso.   

—Disculpe, señorita. ¿Me puede decir qué hacen mi papá y mi mamá juntos? Pregunté entonces a la enfermera.

La Srta. Miriam no sabía a qué me estaba refiriendo. La vi un poco confundida así que le indiqué a los dos ancianos sentados en el sofá: “la parejita”. Ella se llevó una mano a la boca que entreabrió al mismo tiempo.

—¿Quiere decir que Luis y Magdalena ya se conocían?

—Claro. De otra manera ni yo ni mi hermana estaríamos aquí frente a usted.

Mis papás habían llevado juntos casi veinte años de casados. Tras un borrascoso divorcio, se habían perdido el rastro. Se conocieron en primavera, y en primavera se volvieron a enamorar como la primera vez.

E.

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