niña

Mercedes fue la primera persona que al llegar al edificio de la Calle Arévalo 262 me trató con amabilidad, y me hizo sentir ese calor humano que no pensé poder hallar en la ciudad. Pues la cantidad de gente que vive acá amontonada te lleva a detestarla o cuando menos a esquivarla como si fueran moscas hediondas, y ya me habían advertido al respecto. Me avisaron de que nadie se iba a preocupar por mí, que me habría vuelto invisible como un punto de suciedad en una luna que solo llama la atención de aquellos que quieren removerlo, eliminarlo —aunque no me lo dijeran con estas palabras. Por eso todavía sigo preguntándome si tal vez habría podido hacer algo más por ella y acaso fue mi cobardía que me lo impidió.

Me la encontré en el pasillo del tercer piso mientras jalaba mi maleta roja con ruedas llena de ropa en desfase tanto con el clima del lugar como con las tendencias de la época, pero eso lo descubriría más adelante. Seguía al portero que me abría el paso hacia mi nuevo departamento y me ayudaba cargando las cajas con mi preciada colección de libros (o por lo menos una parte), una en cada brazo. Ella estaba saliendo con un cochecito azul de su departamento que se encontraba al lado opuesto del que yo iba a ocupar. Ni bien percibió mi presencia se me acercó y me dio la bienvenida. Me dijo su nombre y expresó su emoción por convertirnos en vecinas. No parecía hacerlo simplemente por cumplir con insulsas convenciones, su voz sonaba sincera. Yo también me presenté y la agradecí. Le conté que acababa de llegar de mi pueblo para empezar una maestría y que todavía no conocía la ciudad. 

Había algo raro en su manera de actuar que en ese momento no logré identificar. Percibí que tenía prisa, pues tenía movimientos acelerados y vocalizaba las palabras como si quisiera llegar de frente a la última letra, saltándose todas las del medio, pero cuando pensaba que iba a poner el punto final a la conversación, formulaba una nueva pregunta. Era evidente que tenía algún pendiente urgente, pero a la vez sentía que mi llegada la había alegrado y que con gusto habría prolongado ese momento de interacción. O por lo menos yo lo interpreté así; me convencí de que lo hacía por pura amabilidad. Entonces pensé que para devolverle la cortesía me tocaba a mí socorrerla y liberarla de ese contratiempo que era yo misma. 

Me apresuré a despedirla, mencionando que el portero no habría aguantado mucho tiempo más el peso de las cajas. Me agaché para despedirme del bebé, que había completamente ignorado hasta ese momento, y me percaté que el cochecito estaba vacío, solo contenía un sonajero de goma en su interior. Supuse entonces que la razón por la que Mercedes estaba tan apurada era que tenía que ir a recoger a su hija o hijo al nido. 

“Me escapo; mi niña me está esperando!”, me dijo, leyéndome en el pensamiento y aclarando el sexo del bebé. Entró al ascensor, yo por fin abrí la puerta de mi nueva casa y ofrecí un vaso de agua al portero disculpándome por la espera.

La volví a ver el día siguiente, mientras estaba por salir a inspeccionar el barrio y sus principales tiendas y servicios. Quería conocer cuando menos lo básico; dónde poder comprar leche si me daba cuenta a último momento de que se había acabado, dónde se encontraba la farmacia por si necesitaba una aspirina, cuál era el quiosco de revistas más cercano y el paradero del bus que me llevaría a la universidad…Me la crucé en la puerta; ella estaba regresando de algún sitio, y me demostró la misma simpatía del día anterior.

Me invitó a tomar un café en su casa, con calma, cuando tuviera un momento libre. Acepté su invitación con mucho gusto para ese jueves a las cuatro, pues todavía no empezaban las clases hasta la semana siguiente (había decidido llegar antes para poder instalarme tranquilamente, ubicarme y evitar perderme el primer día de clases haciendo el ridículo).

A las cuatro en punto toqué su puerta y le hice una broma tonta sobre el tráfico que por suerte no me había sorprendido en el trayecto. Mercedes me invitó a pasar y me pidió que por favor no hiciera mucho ruido, que su hijita estaba durmiendo. Bajé entonces el volumen de mi voz y entré en punta de pies. Esa tarde, la pasamos charlando frente a una taza de café humeante, comiendo los alfajores que había traído de mi pueblo —ofrecer comida es la manera más efectiva de socializar y de causar una buena impresión, me había insistido mi mamá, mientras metía a la fuerza un gran paquete en la maleta ya repleta— y al lado del walkie talkie conectado al cuarto de la niña. 

Su casa era sorprendentemente limpia y ordenada, no me imaginaba así un hogar donde vivieran niños, y la felicité. Descubrí que Mercedes y yo teníamos casi la misma edad, solo me llevaba un par de años. Yo había dado por sentado que fuera mucho mayor, debido a sus aires maternos y el porte seguro que tenía de mujer de ciudad experimentada. Mientras que yo ni me veía como una adulta; más como una simple estudiante que aún tenía que aprender a hacerse cargo de sí misma. Me contó que había estudiado para ser farmacéutica, pero que nunca había ejercido. Luego de terminar la carrera había quedado embarazada y desde que había dado a luz se había dedicado exclusivamente al cuidado de su hija la cual, me contó, se llamaba Verónica y tenía dieciocho meses. Su esposo era el que trabajaba para atender las necesidades de las dos. 

Igual cada mañana la dejaba en el nido unas cinco horas. Creía que los niños tenían que aprender desde temprana edad a relacionarse con otros niños, para que no crecieran consentidos y tuvieran una índole más abierta y apacible. También les formaba el carácter, decía. Yo estaba de acuerdo, le confesé que me parecía una buena idea y que además así podía recortarse un poco de espacio y de tiempo para sí misma. Pero me interrumpió inmediatamente, diciéndome que ella no entendía a esas mujeres que insinuaban que la maternidad las había despojado de una parte de su individualidad, cohibiendo o eclipsando su identidad de mujer. Ella se sentía más completa y más mujer que nunca. Si por ella fuera, no se habría despegado ni un minuto de su adorada Verónica, pero su amor no era egoísta y tenía que sacrificarse por el bien de su hija. Lo peor que podía hacer era convertirse en una de esas madres sobreprotectoras y controladoras.

Luego cambió completamente de tono y volvió a su usual cordialidad. Como Verónica todavía no daba señales de querer despertarse, me quiso enseñar unas fotos de la niña que tenía guardadas en su celular. Encontré un cierto parecido con ella, en la forma de los ojos y en la luz que emanaban. No sabía si fuera una característica innata o si así se manifestaba el poderoso vínculo que las unía. Si esos eran los ojos de una hija que se siente amada y de una madre que ama con devoción. Verónica realmente parecía una niña feliz. También parecía ser muy lista; en las fotos siempre estaba realizando algún tipo de acción o travesura, como ensuciar de jabón todo el piso del baño. 

Mercedes me comentó que ya sabía caminar. Incluso quería correr, pero aún no tenía muy buen equilibrio y paraba aterrizando en su trasero felizmente forrado por un pañal. No sé porqué, pero me puse a pensar que era una suerte que los seres humanos aprendan a caminar cuando miden poco más que cincuenta centímetros, pues desde esa altura las caídas no tenían que ser tan dolorosas. Había otra foto muy graciosa en la que su cara, sus manos y sus brazos estaban embarrados de una mezcla licuada verde y su babero, sorprendentemente, había quedado inmaculado. Me preguntaba cómo lo había logrado.

La voz de Mercedes que me narraba las peripecias de Verónica tenía tintes de dulzura pero también de añoranza. Por momentos notaba que parecía hablar de ella como si fuera destinada a perderla, como si estuviera proyectándose desde tan pronto al momento en que habría tenido que construir una personalidad en oposición a la suya, o más sencillamente ir a la universidad, trabajar, formar su propia familia. Hablaba de la niña pequeña que dormía en el cuarto de al lado con maravilla, como si no acabara de creerse que su corazoncito latiera a tan pocos metros del suyo, y a la vez con la nostalgia por un ser amado que se alejaba inexorablemente.

Yo de bebés no sabía casi nada, cuando era adolescente había cuidado un par de veces a mis sobrinos pero ese era el contacto más próximo que había tenido. Así que no intervenía mucho en la conversación, más que nada escuchaba. A cuántos meses empiezan a crecerle los dientes o cuál es la señal de alerta, supuestamente un llanto distinto a los otros, de que están sufriendo cólicos… para mí todavía eran misterios insondables. Me sentía una alumna indisciplinada que no había estudiado para la clase, lo cual me creaba un poco de incomodidad. 

De pronto ambas miramos el reloj, ya había pasado hora y media desde que estábamos conversando. Dije a Mercedes que me tenía que ir; quería aprovechar de hacer las compras para la semana, pues estaba un poco cansada de comer solo sándwiches —lo que tenía en la nevera a las justas me alcanzaba para prepararme eso. Ella también me dijo que seguro Verónica estaba por despertarse y que iba a tener que cocinarle su comida y luego bañarla, aunque por el walkie talkie todavía no se oía ningún sonido y la respiración de la niña seguía siendo delicada, casi imperceptible. 

Cuando volví a mi departamento me quedé pensando sobre ese nuevo encuentro que me parecía tan afortunado. Mercedes y yo no teníamos muchas cosas en común, pero parecía ser una buena vecina, disponible, alguien a quien podía acudir si tenía algún problema en esa ciudad deshumanizante; o por lo menos alguien a quien pedirle un poco de arroz en caso de emergencia. Incluso podía ser el principio de una desinteresada amistad. 

Sin embargo, esta vez también me había dejado la sensación extraña de que había algo que no cuadraba. Era como un pensamiento que paraba golpeando la puerta de mi conciencia, pero cuando iba a abrir ya había desaparecido, lo cual me volvía inquieta. Asumí que posiblemente eso se debiera a que me había costado tanto hacerme a la idea de que la ciudad era un lugar malo y peligroso que su comportamiento afable no encajaba con la imagen que ya se me había grabado —a duros gritos, de mi mamá y mi abuela— en la cabeza.

Metí en la cartera la bolsa de tela que colgaba del pomo de la puerta de la cocina y me encaminé. Al pasar por el ingreso del edificio el portero me pidió el permiso de detenerme, solo un par de minutos, que tenía algo que contarme. Le dije que por supuesto, pues no tenía prisa. 

“Señorita, usted verá. Cuando llegó y la ayudé a subir sus paquetes no tuve el valor de decirle nada, no quería perturbarla ni bien llegaba”, empezó. Lo que siguió me escarapeló la piel, sentí una fría sombra apoderarse de mi cuerpo.

Mercedes había perdido a su hija hacía casi un año, justo en esa calle, frente a la puerta de vidrio que estaba contemplando incrédula. Estaban caminando de la mano cuando de pronto Verónica la soltó y se puso a correr hacia la pista. Fue un relámpago. Una moto que estaba llegando a toda velocidad no pudo girar a tiempo y la atropelló. El sonajero de goma que apretaba en la otra mano, no se sabe cómo, salió intacto, sin ningún rasguño. El portero contó que nunca había escuchado un grito más visceral del que pegó Mercedes cuando vio el cuerpecito de la niña inerte.

Ya ningún vecino la veía salir, todos pensaban que nunca se iba a recuperar del duelo.  Pero a los pocos meses salió de su aislamiento y milagrosamente parecía haber regresado a la normalidad. Más tarde se darían cuenta de que era porque parecía no acordarse nada. Se acordaba de la niña, pero no se acordaba de su muerte. Según ella seguía viva. Su esposo cogió las maletas y se fue ese mismo día. De todas maneras seguía pagándole el alquiler, probablemente por lástima o por limpiar su conciencia sucia. 

Mercedes continuó con la misma vida que había llevado hasta ese fatídico día. Llevaba un cochecito vacío al nido y regresaba a la casa con ese mismo cochecito solitario. A veces salía y volvía con bolsas de tiendas infantiles, le seguía comprando vestidos, zapatos y juguetes. La escuchaban licuarle la comida y en las noches poner canciones de cuna para adormecerla. Había trasformado la tragedia más cruel de su vida en una comedia macabra que no se cansaba de actuar, día tras día. Perder la cordura era lo más razonable que pudiera hacer en esas circunstancias. Nunca sales íntegra de un dolor como ese, es el precio de seguir con vida. 

Desde ese día cuando nos cruzábamos por el pasillo, nos saludábamos, a veces hablábamos del tiempo, pero no me volvió a invitar a su casa y yo tampoco la invité a la mía. Era como si intuyera que yo sabía, y que mi conocimiento fuera una amenaza para la creencia que necesitaba defender.

Pasaron unos meses más, yo ya estaba en exámenes, y llegó una nueva inquilina al edificio. Una mañana, al salir de mi departamento, veo a Mercedes que está hablando con ella. No tiene cochecito. Mientras espero el ascensor la escucho decir que vivía sola, que tenía una pareja pero que todavía no se sentía lista para convivir. No quería casarse ni tener hijos, era muy pronto para eso. Era joven y tenía que enfocarse en su carrera. 

Lisa, así se llamaba la nueva vecina, era su nueva pizarra en blanco. Conmigo había escrito un final distinto, uno en el que su hija nunca había muerto, con ella estaba escribiendo un nuevo inicio en el que su hija no existía y nunca había existido. Para matar al fantasma decidió matar el recuerdo. Y lo hundió tan profundamente en la tumba que era su memoria para que fuera imposible desenterrarlo. 

Había borrado a Verónica. 

El año siguiente no renové mi contrato de alquiler; los precios habían subido y ya no estaba en la condición de pagarlo. En mi trabajo de mesera a medio tiempo no ganaba lo suficiente. Me mudé a un departamento más barato y más cercano de la universidad. No volví a ver a Mercedes nunca más. 

E.

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