“Tío Gabriel, ¿deseas un pedazo de torta? Es de frutas con chantilly.”
Laura quedó en espera de una respuesta que tardó más de lo que supuso. Gabriel sonreía y mantenía los ojos pegados a la pista de baile, donde los niños de la fiesta estaban jugando y saltando al compás de la voz del animador y de sus indicaciones. Sin embargo, su mirada abstraída parecía traspasar esos pequeños cuerpos en movimiento, y volverse a un lugar mucho más lejano en el tiempo y en el espacio.

“Tío, ¿te sientes bien?” Su sobrina apoyó dócilmente una mano sobre su hombro y Gabriel contestó al fin: “Claro que estoy bien. Me encantaría que me ofrecieras ese pedazo de torta que mencionaste. Si de todas maneras voy a morir, es mejor hacerlo con un sabor dulce en el paladar. Y prefiero mil veces que me mate la glucosa a que lo haga el gran traidor.” Era así cómo definía, rechinando los dientes, el cáncer que estaba devorándolo por adentro subrepticiamente y con el cual convivía desde hacía más de cinco años. De repente tuvo un ataque de tos y se aprestó a sacar el pañuelo desgastado que guardaba en el bolsillo de su camisa.

“El muy pendejo no pierde ocasión de recordarme que no se dará por vencido hasta haberme destruido… Pues tendrá que pasar sobre mi cadáver”. Esta vez su boca emitió una carcajada mezclada con tos que intentó sofocar tras el pedazo de tela salpicado de rojo.
“Tío, por favor. Definitivamente no es gracioso lo que dices. Y te pido el favor de ahorrarnos tus groserías. Esta es una fiesta infantil. Aquí está tu torta, toma.” Laura lo reprendió con un tono perentorio que no llegaba a ser cortante, debido a que escondía torpemente una punta de lástima. Gabriel agradeció a su sobrina y regresó a contemplar la escena que más lo entretenía.

Era el cumpleaños de su sobrina nieta, la hija de Laura. Susy recién cumplía cinco años y era todo un espectáculo en su flamante vestidito rojo. Su cascada de rizos le daba un parecido a Shirley Temple, pero como además de Gabriel nadie habría entendido esa desfasada referencia, solía llamarla simplemente “ricitos de oro”, pese a que su cabello no fuera rubio sino castaño. Su expresión avivada le recordaba mucho a Laura de pequeña, pero aún más sorprendente era su semejanza con Katy, su hermana.

Cuando eran niños, toda su familia estaba convencida de que entre ambos ella fuera la más bonita y él el más inteligente, pero se engañaban. Esa proyección distorsionada era una directa consecuencia de la apariencia compuesta y decorosa que Katy estaba obligada a mantener en público. Era la época en que a las mujeres se les exigía que, al igual que estatuas, fueran agradables a la vista e imperceptibles al oído; y las personas se convencieron, erróneamente, que callaba por escasez de conocimientos y falta de opiniones propias. Sin embargo, con Gabriel era libre de mostrar su verdadera índole y terminaba ganándole en casi todas las disertaciones. Tenía una mente extremadamente curiosa y un fuego en su interior que, si solo alguien más hubiera podido verlo, jamás se habría apagado. De ese inagotable combustible muchas ideas originales se habrían engendrado. Pero en su casa solo había dinero para que uno de los dos pudiera instruirse y decidieron invertir en él. Gabriel supo desde un principio que era un terrible error y, ahora que ya había pasado los setenta años, podía afirmarlo con toda seguridad.

Su existencia había sido en el conjunto placentera, pero mediocre. Siempre respetó a las jerarquías y eso le valió que lograra conservar su puesto de contador en la misma empresa hasta el día de su jubilación, pero nunca tuvo el suficiente ardor para desafiarlas y hacer que lo respetaran a él también, y por tal razón nunca logró escalar la pirámide. Lo más extraordinario que le había ocurrido era, desafortunadamente, que le detectaran el cáncer al pulmón contra el que paraba imprecando. Justo a él que nunca había fumado ni un solo cigarrillo en toda su vida, que siempre dormía a sus horas, tomaba vitaminas como suplementos de la comida y que el único vicio que se concedía era correr tras las faldas de mujeres más jóvenes que él, y que terminaban sucumbiendo ante su infalible sentido del humor.

Recordó el día en que se encontraba sentado en el consultorio del médico que le anunció por primera vez el fatal diagnóstico. Por supuesto luego vio a más doctores, pero solo fue para oír la misma respuesta una y otra vez, la cual se transformó de este modo en un veredicto inapelable y esculpido en la piedra, tan pesado como las tablas de Moisés. Después de haber sido visitado por el médico número cinco, se fumó un paquete entero de cigarrillos y de los más fuertes. Lo más gracioso, o sería más apropiado decir “ridículo”, era que todos sin excepciones habían querido animarlo, diciéndole que debería considerarse afortunado porque “a su edad el cáncer avanza mucho más lentamente que en las personas jóvenes”. Las células malignas (así como las buenas) ya no se reproducen con tanta frecuencia.

Uno de los pocos casos en que ser viejo se convertía en una ventaja, según ellos. Pero él tenía dificultad en mirar el asunto de la misma perspectiva. Creía que el sutil mensaje encerrado en esas palabras era que de nada servía preocuparse, pues si no lo mataba el cáncer, sería la vejez la que lo llevaría a la fosa. Y sabía que una vez enterrado, no lo habrían recordado por haber realizado ningún descubrimiento revolucionario o una obra digna de mención, ni por haber logrado juntar una fortuna o haber sobresalido en algún campo del saber. Sería recordado como el hombre que a pesar de no haber tocado ni un cigarrillo padeció y murió de cáncer. ¡Qué distinto habría sido el caso de Katy!

El animador vestido de gato con un gran sombrero en la cabeza se había retirado, y en su cara de felino bigotudo no había logrado disimular una media sonrisa de alivio. Los niños menores de seis años empachados de golosinas son reconocidamente una de las especies más salvajes del reino animal, y él había logrado domarlos con éxito durante un par de horas. Los dos grandes parlantes ubicados a ambos lados de la pista de baile pasaron de tocar canciones con onomatopeyas a música bailable variada: boleros, cumbias, salsas y bachatas. Eso no había detenido a Susy que seguía correteando por la pista como si fuese la dueña de la fiesta –y efectivamente lo era–, rodeada por cada vez menos niños. La pobrecilla había esperado ese día con mucha ansiedad y ahora se rehusaba a dejarlo acabar. Desde que habían entrado al mes de su cumpleaños, para ella había empezado la cuenta regresiva… aun si no supiera contar más que hasta veinte. No solo porque estaría al centro de la atención, porque le regalarían juguetes, adornarían la casa con globos o le permitirían acostarse más tarde que las ocho. De alguna manera ese sentimiento era fomentado por su percepción dilatada del tiempo.

Su vida era un regalo que recién había comenzado a desenvolver y de esa caja honda incontables sorpresas empezarían a brotar una tras otra. La tentación para Susy, así como para los demás niños, es de lanzarse sobre la caja y empezar a sacar su contenido con impaciencia y avidez. Ignoran que por más honda que sea, también tiene fondo. Eso normalmente lo descubren cuando ya van por la mitad y al llegar a la edad de Gabriel el fondo ya casi anda vacío. De nada serviría ponerse a raspar hasta que se desgasten las uñas; ese habría sido el fin. Gabriel ya había vivido los momentos más felices de su vida y la felicidad que aún podía saborear derivaba en gran parte del recuerdo de esos momentos que, por más vívidos que fueran, no eran más que sombras cuya energía originaria se había difuminado como la luz en el crepúsculo. Así que si para Susy el cumpleaños simbolizaba un paso más en un recorrido cuyo horizonte lejano no podía vislumbrar, para Gabriel era un paso menos que lo separaba de la temida meta.

Resulta extraño, sin embargo, el hecho de que en la mirada de Gabriel no podía distinguirse ni el menor rastro de envidia, más bien un observador atento habría podido hallar en ella gratitud. Pues Gabriel no solo estaba viendo a Susy bailar, sino que estaba siendo testigo de cómo el germen de la vida fuese imparable, de cómo podía resistir tercamente ante cualquiera adversidad. Veía a Susy y veía a Katy. La llama de su hermana no estaba apagada, a través de la pequeña Susy tenía una segunda oportunidad de arder por el mundo. Susy lograría lo que a ella le había sido negado.

Luego de que Gabriel se metiera una última cucharada de pastel a la boca, la voz de una joven Isabel Pantoja empezó a entonar uno de sus boleros favoritos. Laura, que había estado bailando con su esposo hasta ese momento, corrió a agarrar las manos de Gabriel efusivamente.

“Tío, si ya te cansaste de refunfuñar, baila conmigo… ¡Vamos!” Pero Gabriel, que en el auge de su juventud solía dejar al público pasmado con sus dotes de bailarín y que siempre era rodeado por filas de chicas ansiosas de lucirse junto a él, había renunciado ya hacía mucho tiempo a someter su cuerpo a inútiles factores de estrés. Sus extremidades respondían con cada vez mayor lentitud a las órdenes de su cerebro. ¿Qué sentido tenía oponerse al ciclo de la vida, al declive inevitable de la materia?

“No, Laurita… Mira, te lo agradezco. Me hubiera encantado ser tu caballero, pero ya no estoy para estas cosas. No te preocupes por mí, aquí tranquilo estoy bien.”

“¡Pero si a mamá y a ti les encantaba Isabel Pantoja!”

“Por supuesto, y todavía me encanta. Pero puedo disfrutarla perfectamente desde aquí sentado.”

Laura se rindió y volvió entre los brazos de su marido con aire descontento. Gabriel clavó nuevamente la mirada sobre la pequeña Susy que esta vez también lo estaba mirando detenidamente. Ostentaba una sonrisa traviesa y poquito a poco sus piecitos fueron encaminándose hacía la silla del anciano. Imitó a su mamá y cogió las manos del tío, pero a diferencia de ella no hubiera aceptado un no por respuesta.

“¡Tío, ven a bailar!” gritó con su voz aguda para elevar su petición por encima de las notas de la canción. Gabriel, tomado por sorpresa, replicó con voz temblorosa: “Bueno. ¿Cómo poder decirle que no a la cumpleañera? Vamos, ricitos de oro.” Agarrado de la manita de Susy, se levantó y la siguió al centro de la pista de baile. Empezaron a girar ligeros al compás de la música, iluminados por una luz anaranjada. Susy acababa de cumplir cinco años y Gabriel había dejado de ser el hombre de setenta y pico años con cáncer. Tenía siete años y solamente era el hermano de Katy. Ambos tenían toda la vida por delante.

E.

¡Me gustó! Lo comparto.
Share on Facebook
Facebook
Pin on Pinterest
Pinterest
Share on Tumblr
Tumblr

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.