río amazonía

Poco ha cambiado desde la época de la colonización. El metal que provocó el exterminio de los pueblos indígenas en América latina durante la invasión del continente por mano de los españoles, hoy sigue causando miles de muertes. Por el oro, los españoles mataron a los antepasados de los peruanos; hoy los peruanos se matan entre mismísimos hermanos. Ahí donde la frondosa vegetación exhala el aliento que da vida al mundo, la Amazonía se vuelve el teatro de una lucha apocalíptica entre la vida y la muerte. Entre los ríos, los valles, la flora, la fauna y el vacío, el desierto, la roca excavada, el agua envenenada, la nada.

El bosque cede el paso a un paisaje infernal, donde bien entendido el soberano es el único imaginable: el diablo. Pero este diablo no tiene rostro humano ni de fiera feroz, no tiene rabo, ni cuernos, ni tridente. Este diablo es una ínfima piedrecita que por su brillo sobresalió de la noche del anonimato, cuando el mundo le atribuyó el valor de cambiar su destino. El valor de quitarle valor a la vida humana. Una piedrecita codiciada que, como cualquier diablo, corrompe corazones y compra almas que se vuelven sus fieles servidoras.

En el corazón de la selva amazónica la gente lo sabe y lo susurra, el oro es el diablo y para hallarlo hay que excavar. No estaban tan equivocadas las leyendas populares que narran sobre cómo el infierno se encuentra en las entrañas de la tierra. En la famosa Pampa, entre el km 102 y el km 110 de la carretera interoceánica, no gobiernan ni los militares, ni los alcaldes, ni los jueces, ni su excelencia el Presidente de la República. El diablo no admite competidores. En el infierno, no hay ningún culpable que no sea también una víctima. Aunque bien no se entiende si fue el cordero que se convirtió en verdugo o si el verdugo siempre fue cordero.

Todos descuentan alguna condena aunque no lo tengan bien claro. Todos violentan y son violentados. Todos los opresores también son oprimidos. El hombre explota la tierra, el hombre explota al hombre, el hombre explota a la mujer, el oro explota al hombre. La banalidad del mal, decía Hanna Arendt. En el círculo de la explotación es difícil no sentir náuseas y lástima a la vez. El mal actúa fríamente, sutilmente, utilizando peones que luchan por la sobrevivencia y que se destruyen el uno con el otro. Que avanzan mecánicamente hacia su objetivo, ignorando el rastro de la sangre derramada.

En la Pampa, hectáreas y hectáreas de suelo deforestado van aumentando cada día tanto como los cadáveres de muchachos, adolescentes, niñas que esconde y que nunca más podrán volver a abrazar a sus familias. En la placita de un pueblo de los alrededores, me encuentro con Elisa que está sentada en una banca haciendo lo que de costumbre se hace en las bancas: esperar. Elisa vive en la capital, pero se encuentra ahí de visita. Tiene una gorrita de deporte para que el sol del mediodía no le pegue en la cara y me cuenta que su hermano no tardará en recogerla. Para Elisa, su hermano es un honrado trabajador que se saca el ancho para ofrecer a su familia lo mejor.

Gracias a sus esfuerzos, hace estudiar a sus hijos y le permite a su esposa quedarse en casa para cuidar el hogar. Para trabajar tiene que irse lejos, en un lugar desolado donde todo es desierto, lodo y una profunda ausencia. Pero existe el oro, el mismo oro que necesita para hacer vivir a su esposa como una princesa y regalar a sus hijos la mejor educación; la que él nunca tuvo. El monto que gana en tres días de trabajo no podría igualarlo ni en un mes trabajando en los campos, o de carpintero, o de obrero, o en cualquier otro oficio por el estilo. Y por eso mismo, se va hasta allá, hacia esa tierra de nadie.

Cuenta Elisa que ahí no se encuentran tiendas, no hay nada que hacer, ningún tipo de diversión. Trabaja veinte horas al día sin descanso, sin una sola queja. Su vida es dura, cada centímetro de piel permanentemente quemado por el sol, sus manos negras y su espalda encorvada. Lo obligan a trabajar desnudo, con tan solo su ropa interior, para que pueda moverse liviano y zambullirse en la cuenca donde busca el oro. O para que su estado más animal pueda sobresalir de a pocos y tomar el control de su mente y de su cuerpo; y se parezca cada vez más a una bestia fácil de amaestrar y dominar. Tácito está.

Pero, Elisa no sabe −o no cuenta− que de vez en cuando él también tiene derecho a un poco de diversión. Después de un largo día de trabajo, la cerveza y las mujeres son su mejor recompensa. La única distracción que se encuentra por ahí. ¿Y por qué él no debería de aprovecharla? Algunas de esas mujeres han sido desarraigadas de sus pueblos, persuadidas con el engaño y la traición, algunas tienen que drogarlas para que no huyan, otras ni son mujeres porque siguen siendo niñas. Pero el hermano de Elisa no piensa en eso, y si lo piensa se emborracha para dejar de pensarlo. Ahí quien no se adapta, muere, y al último que quiso levantar la cabeza le han volado los sesos.

¿Y de quién es la culpa?

¿Del hermano de Elisa que viola y explota a las mujeres? De los otros 59.999 pequeños mineros que como él explotan la tierra y a más mujeres? Del dueño de la mina que explota a los mineros y que algún día fue un pequeño e insignificante minero tanto como ellos? ¿De las empresas que le venden las maquinarias? ¿Del Estado que otorga concesiones a los dueños de las minas y permite a las empresas venderles maquinarias? ¿De las constructoras que han asfaltado las carreteras mortíferas que conectan islas y conectan gentes? ¿De las tiendas que compran y venden oro? ¿De las bolsas que colocan un precio al oro −el precio de la vida humana? ¿De lo enamorados que se regalan joyas? ¿De las parejas que se casan e intercambian aros ensangrentados −y que Dios bendice para lavar la culpa?

El mal más despiadado es banal, no se nutre de odio sino de egoísmos y de apatía y, si nos miramos bien en el espejo, podremos ver su guiño.

E.

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