ingreso de edificio

Muchas son las cosas que nuestro portero sabe sobre nosotros, los inquilinos, y muy pocas las que nosotros sabemos acerca de nuestro portero. Gregorio conocía los nombres y apellidos de las cuarenta y dos personas distribuidas en los cuatro pisos del edificio que vigilaba. Sabía en qué piso vivían, si solían tomar el ascensor o preferían ir por las escaleras. Cuántas personas se concentraban en cada departamento, si eran familias, parejas jóvenes, solteros, viudos o divorciados. Lo que comúnmente todos los porteros saben sobre las personas que habitan su lugar de trabajo. Sin embargo, Gregorio, que era muy observador y tomaba su labor extremadamente en serio, también conocía todas sus pequeñas costumbres, rituales y vicios; como si de eso dependiera brindar un mejor servicio o apagar un incendio prontamente al presentarse la necesidad.

Sabía con exactitud la hora a la que cada persona dejaba el edificio para ir a trabajar, y a qué hora estaría de regreso. Cuál era el medio de transporte qué preferían. El horario en que sacaban a las mascotas y cuántas veces por día. Por la forma de arreglarse, adivinaba si el inquilino o la inquilina salían a hacer compras al supermercado o a una cita y, por la intensidad del olor a colonia que desprendían, si se encontrarían con su cónyuge legítimo o un amante. Sabía quiénes eran los deportistas, y la hora a la que salían a correr por el malecón, y quiénes los ociosos que hasta para ir a la esquina preferían llamar un taxi. Quiénes los vanidosos que hasta para bajar a recoger el correo tenían que asearse y ponerse ropa perfectamente planchada, y los distraídos que a veces incluso se olvidaban peinarse. Por los restaurantes que les llevaban los pedidos de delivery, sabía cuáles eran sus comidas favoritas, si la japonesa, la italiana, la hindú o la mexicana. Por los modales de los niños y su forma de saludarlo, si los padres eran personas de bien o fanfarrones pomposos. Por la sonrisa o la mueca de insatisfacción en los rostros, al salir o al regresar, si habían peleado con su pareja o si su jefe acababa de regañarlos. Estas son algunas de las cosas que Gregorio sabía y que guardaba para sí solo, como si fueran secretos profesionales que sus “clientes”, los inquilinos, le hubiesen confiado en un dado momento.

Nunca se le pasó por la cabeza utilizar esa “información confidencial” para esparcir chismes, ya que creía que estos son como bolas de nieve y una vez que empiezan a circular no hay manera de detenerlos y él mismo podía verse envuelto. Pero sí la aprovechaba para cumplir con altos estándares de eficiencia. Si veía, por ejemplo, que la Señora Lombardi del segundo piso a las ocho en punto aún no había cruzado la puerta del ascensor, sabía que bajaría en seguida, de prisa y alborotada. Entonces se iba alistando y se mantenía alerta para poder precipitarse a abrirle la puerta de vidrio que daba a la calle y dejarla salir embalada a tomar su taxi. En invierno, cuando el Señor Meléndez del cuarto piso salía a pasear sus dos perritos, se aseguraba de secar minuciosamente las escaleras de la entrada del rocío matutino. Las mascotas siempre lo jalaban con fuerza, impacientes de saborear su breve momento de libertad o más sencillamente de hacer sus necesidades, y si se hubiera resbalado a su veneranda edad habría podido fracturarse el fémur o alguno otro hueso. Habiendo notado todos los esfuerzos que hacía el Señor Jara, del segundo piso, por levantarse cada mañana a las seis y salir a correr, intentaba motivarlo y animarlo diciéndole que cada día lo veía más delgado y rejuvenecido. Cuando la Señorita Margarita, del primer piso, regresaba en la madrugada tambaleando y con el maquillaje derretido, sabía que tenía que acompañarla hasta su departamento para ayudarla a meter la llave en el ojo de la cerradura. Y al igual tenía muchos otros detalles con todo el resto de inquilinos que demostraban apreciarlos, pero que ignoraban en absoluto la preparación y atención que requerían.

De la vida de Gregorio, en realidad, ignoraban casi todo. No sabían que para llegar a esa zona, uno de los barrios más acomodados y turísticos de la ciudad, se quedaba más de dos horas atrapado entre una multitud de vehículos y bocinas que eran las fieles representaciones de la cólera de los conductores. Ni que, sin embargo, él hacía ese tramo contento, por lo que prefería trabajar lejos del antro donde vivía y cerca del mar. El punzante olor que penetraba por las ventanas del edificio y que le recordaba el pequeño pueblo de pescadores donde había nacido, era lo más familiar y reconfortante de esa metrópoli en la que, de otra manera, se sentiría perdido y ajeno. Claro que nunca habría podido pagarse un alquiler en ese distrito, esas eran fantasías que nunca se daba el lujo de tener. Pero con solo trabajar a unos cientos de metros de donde se extendía el océano, tan gris como el cielo que reflejaba, el mismo que bañaba las costas de su pueblo, era suficiente para hacerle valorar esa vida monótona que llevaba desde hace más de quince años.

Todos los días, menos el domingo, se levantaba a las cinco de la mañana para plancharse devotamente la camisa, la única que tenía, y el terno que había pertenecido a un tío difunto y cuyo pantalón le quedaba suelto en las caderas, abultándose como un atuendo circense. Luego se anudaba la corbata azul al cuello mientras se miraba en el espejo del baño, viendo cómo el reflejo de su sonrisa era atravesado por una grieta provocada por un temblor de hacía años. Pues la pobreza se ríe en la cara de los supersticiosos. Ponía su almuerzo en su mochila, casi siempre arroz con algún guiso, y se iba a coger el primer bus. Estaba conforme con lo que tenía, consideraba que nada le faltaba para sentirse satisfecho de su existencia sin pretensiones, de la estabilidad que había conseguido. O casi.

Gregorio nunca había deseado nada que no le perteneciera, la envidia era un sentimiento que desconocía, no formaba parte de su simplona naturaleza. Sin embargo, en más de una ocasión, mirando a las familias alegres que cruzaban el ingreso, se había sorprendido fantaseando sobre tener una esposa que lo besara cuando volviera exhausto del trabajo, y niños que llevaría a jugar al parque los domingos. Suspiraba decepcionado al darse cuenta de que esas imágenes solo eran proyecciones de su cabeza. Nunca había compartido esos pensamientos con ningún otro ser vivo, por el temor que al hacerlo se habría burlado de los anhelos de su insensato corazón, y los inquilinos nada sospechaban al respecto. Al haberlo sabido, habrían quizá sentido lástima por ese sueño que les sonaría tan inverosímil como el de que sea repentinamente nombrado embajador de España. Pues su aspecto exterior era un obstáculo considerable.

Su rostro era feo, pero no de ese tipo de fealdad que asusta a la gente. La fealdad que asusta es el resultado de un conjunto de elementos ordinarios de los que de pronto te percatas que hay uno que contrasta quebrando la armonía. No se puede calificar de “defecto”, por lo que ese mismo elemento en otros rostros tal vez no suscitaría el mismo efecto de repulsión. Es un atributo raro, extraño, que te hace dudar de la realidad de ese rostro, de su carnalidad. Eso es lo que asusta; tener la impresión de que una máquina con aspecto humano esté caminando entre nosotros con quién sabe cuáles turbios objetivos. El miedo proviene de ese sentimiento de no poder predecir sus actos, del recelo que emana esa nariz que cuelga demasiado y recuerda un trampolín, o el garfio de un pirata, esos ojos que quieren fundirse en una hazaña ciclópea, esos labios demasiado finos que parecen callar los peores tormentos, o esa piel que parece cera a punto de derretirse sin que puedas intuir qué aflorará desde atrás, desde quién sabe cuáles abismos. Detalles anómalos en rostros perfectamente comunes que los vuelven curiosamente espantosos. Detalles que como una ruidosa sirena sobresalen y nos señalan: cuidado, esta apariencia oculta secretos inconfesables.

Pero su rostro no; su fealdad podía calificarse de reconfortante, incluso estremecedora. Su cara parecía una luna llena por su redondez y los cráteres que la ornamentaban, vestigios de una ansiosa adolescencia. Su nariz ancha se asomaba encima de una boca casi siempre estirada en una torpe sonrisa, dejando que sus dientes prominentes se lucieran aún más. Sus ojos eran dos arvejas negras y brillaban de un infantil estupor. Todos esos detalles que tomados separadamente eran horribles, en la composición se volvían irremplazables. Las curvas eran las líneas que más se repetían, desde los lóbulos de sus orejas hasta su calva perfectamente ovalada y la sinuosa barriga, confiriéndole la dulzura de las pendientes y de los nevados. Su apariencia lo asemejaba a un enorme juguete con el que los niños podrían entretenerse largas horas sin correr el riesgo de hacerse daño. Justamente era ese tipo de feo, el que lejos de hacer huir a las personas, atrae los abrazos de los niños.

Pero Gregorio no tenía niños que lo abrazaran, y tal vez nunca los tendría, puesto que ya se acercaba a la cincuentena y no había conocido a ninguna mujer que desease tener hijos con él, por lo que inevitablemente algo habrían heredado de los rasgos paternos. Ninguna mujer se atrevía a mezclar su sangre con la suya, ninguna quería la responsabilidad de entregar al mundo pequeños Gregorios, ni tener que oír que pequeños Gregorios la llamasen “mamá”. Se rehusaban a poner sus firmas sobre esas obras de dudosa procedencia. Y Gregorio lo intuía, sentía el efecto de repulsión que desencadenaba en las mujeres, lo adivinaba por su sonrisa crispada, por su prisa cuando se detenía a hablarles, por las miradas furtivas que lanzaban a su alrededor y que gritaban entrelíneas: ¡Auxilio! ¡Qué alguien me salve!

Pero si con las damas no tenía éxito, los niños del edificio sí solían corresponderlo y hasta se le pegaban como moscos. Le mostraban sus dibujos y se alegraban de oír cómo Gregorio elogiaba su estupenda imaginación. Gregorio también dibujaba muy bien; se trataba de un don innato que en sus años de servicio le había servido para llenar los tiempos muertos, sobre todo antes de que inventaran los smartphones, pero que más allá no le había producido ningún beneficio económico ni se había revelado de ninguna utilidad. Así fue como él también empezó a compartir con los niños sus obras, si así se pueden definir los garabatos con los que llenaba cualquier tipo de papel, desde servilletas a hojas arrancadas de periódicos y revistas, y ejecutados con grande maestría. Los niños quedaron tan impresionados por su arte que empezaron a pedirles consejos. Si bien Gregorio seguía ostentando gran admiración por los dibujos que le mostraban orgullosos, no podían evitar hacer comparaciones y en ellos crecía una inevitable sensación de frustración. Los halagos ya no eran suficientes, deseaban aprender a dibujar tal como lo hacía el portero.

Así fue como los niños del edificio crearon una especie de club de dibujo a escondidas de sus padres, al que a veces dejaban que participaran sus amigos del vecindario. La vida de Gregorio dio un giro de 360 grados, aunque ni él mismo estuviese enterado. Un discreto número de niños, habrán sido unos seis u ocho, de los siete a los once años, empezó a acudir al portero con frecuencia, y aunque algunos adultos hubieran podido sentirse fastidiados por su insistencia, este no era el caso de Gregorio. Este último nunca había impartido ninguna clase ni tenía la costumbre de dispensar enseñanzas de ningún género, pero se acomodó muy rápido en su nuevo papel de profesor. Le gustaba, por ejemplo, fijar un tema para los dibujos que los niños tendrían que realizar: una vez fue un personaje de un dibujo animado, otra un paisaje veraniego, una torta de cumpleaños, una criatura mágica, una familia celebrando la Navidad, etcétera. Luego, un día, dio como consigna dibujar a la persona a la que más admiraban.

Todos los niños habían elegido a sujetos muy similares; las niñas habían mayormente retratado a sus madres y los niños a sus padres, aunque hubo dos excepciones. Un niño presentó el retrato del Hombre Araña –no estaba todavía completamente convencido de que los superhéroes fueran personajes de fantasía– y otro, Juanito, uno de los mayores, mostró ante las demás caras estupefactas un hermoso retrato del mismo Gregorio. Juanito era uno de los niños más talentosos, su técnica necesitaba ser pulida todavía y a veces el trazo de su lápiz era un poco tosco, pero sus dibujos nunca carecían de una marcada originalidad. Siendo tan joven ya parecía estar encaminándose hacia desarrollar un estilo propio. Juanito era un amigo y vecinito del niño Jaime que vivía en el cuarto piso y fue gracias a él que se enteró del club, volviéndose uno de los alumnos más afanosos.

Frente al dibujo de Juanito, los niños quedaron boquiabiertos, pero no por la calidad de la ejecución –hemos dicho que Juanito ya había dado prueba de su talento– sino porque el sujeto del dibujo era Gregorio y a la vez no. Que fuera Gregorio era innegable, y todos al mirarlo la primera vez lo habían reconocido de inmediato. Sin embargo, era muy distinto al Gregorio de carne y hueso que en ese momento se encontraba sentado en su silla giratoria como de costumbre. Su dibujo era diferente del Gregorio original, pero no por eso dejaba de ser realista y cómo lo había logrado era un misterio que nadie podría resolver. Pareciera que el pequeño Juanito hubiera transformado en cualidades físicas, las cualidades interiores de Gregorio, como su nobleza, y el resultado fue una copia que lo superaba en belleza estética y que, a pesar de todo, no dejaba de ser fiel al original. Gregorio quedó sin palabras; se sentía profundamente conmovido y no sería excesivo pensar que ese fuese el día más feliz de su vida. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no dejó que ni una sola se cayera hasta que los niños se hubiesen retirado.

Resulta que Juanito era huérfano de padre y que solo vivía con su madre a un par de cuadras. Desde la súbita muerte de su papá, cuando él solo tenía cuatro añitos, su mamá no volvió a casarse. Había salido con unos pretendientes en raras ocasiones, pero la relación nunca se puso tan seria para invitarles a la casa y presentarles a Juanito. Así que cuando el niño conoció al portero, no tenía ningún modelo masculino con el que identificarse, y al ver que ambos compartían los mismos intereses y que Gregorio le tenía mucha más paciencia que cualquier otro adulto terminó con elegirlo a él de modelo. Sus títulos, su oficio, su apariencia eran lo que menos le importaba. Cuando los niños se hubieron ido –pues pronto sería hora de cenar y no querían ser castigados por no aparecer a tiempo– Juanito se quedó unos minutos más. Su mamá le había dado un mensaje para transmitir al Señor Gregorio. Se trataba de una invitación a cenar para el día siguiente. Al encontrar el dibujo de un extraño que no tenía la menor idea de dónde había salido y con cuál propósito se acercaba a su hijo, pidió explicaciones a Juanito. Entonces el niño le contó sobre el club de dibujo y habló de Gregorio con tanto énfasis que delató de inmediato toda la adulación y el cariño que le guardaba. La madre pensó que invitarle a cenar sería una buena idea, de tal manera podría cerciorarse si ese tal Gregorio era alguien del que podía fiarse, y a la vez hacer feliz a su hijo, que parecía entusiasmado de pasar cuanto más tiempo en su compañía. Además, por el retrato, parecía ser un galán encantador.

Gregorio creía estar soñando, no podía recordar la última vez que había recibido una invitación para cenar. Claro que a veces los inquilinos le llevaban algún contenedor con comida recalentada, pero nunca se había sentado con ellos a su mesa y entró en un estado de puro frenesí. La noche siguiente acudió a la cita con su traje habitual y un pantalón de su talla que había comprado exclusivamente para esa ocasión. Cuando Gregorio cruzó la puerta de su departamento, la mamá de Juanito no pudo reprimir un grito interior que llegó a sacudirla por fuera. Con aire de gato arrinconado, miró a su alrededor para identificar alguna salida de emergencia, pero luego se acordó de que esa era su casa y no tenía a dónde más escaparse. Además, ella misma era la autora de la invitación y retractarse a último momento habría sido una grosería imperdonable. Así que se recompuso rápidamente, se secó en el mandil la mano con la que acababa de cortar la lechuga fresquita y la tendió tímidamente a Gregorio: “Encantada de conocerla, Señor Gregorio. Juanito no deja de hablarme de usted.”

La cena fue de las más exquisitas: asado de res al vino, pastel de papa, ensalada mixta y para culminar una tarta de fresas que era idéntica a las que exponían en las vitrinas de las pastelerías finas que Gregorio contemplaba mientras se le hacía agua la boca. Pero, subrepticiamente, algo extraño iba ocurriendo. Mientras Gregorio y Juanito conversaban animadamente sobre la escuela, la pintura, el club de dibujo, y más temas que parecían inagotables, la imagen del portero iba transformándose a los ojos de la viuda. Como por arte de magia y sin una razón evidente iba pareciéndose cada vez menos al hombre que había cruzado la puerta de su casa unas horas antes, y más al dibujo que su hijo le había enseñado.

E.

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