televisor antiguo

El general apagó el televisor con una mueca de desaprobación en la cara y un sabor amargo en la boca. La mala noticia era que el mundo iba cada vez peor. La buena que, con un poco de suerte, él no habría sido testigo de su derrumbe. Su hora no tardaría y, pronto, el ángel de la muerte lo llevaría al lado de su amada esposa que, gracias a Dios, fue recogida antes que las feministas pudieran corromper su mente inocente y contagiarla con sus himnos desquiciados.

Cerró los ojos antes de ver un mundo cada vez más lleno de farsantes y saltimbanquis. De mujeres que no son mujeres y hombres que no son hombres. Justo estaban pasando la noticia sobre la propuesta de ley de unos congresistas para que las niñas no estén obligadas a vestir con faldas en los colegios. Quieren que se pongan los pantalones. Y, ¿cuál va a ser el siguiente paso? ¿Permitir a los muchachos usar falda, si así lo desean? Qué tremenda estupidez.

Cuando él era joven todo era tan claro como un cielo despejado. Lo blanco era blanco, lo negro era negro. Punto. Había normas. Ahora la claridad parecía haber dejado el lugar a un caos completo. Quizás ese era el destino de la humanidad, ser devorada por el caos inicial que la había generado. Estamos en los albores de un nuevo Big Bang y al borde de la autodestrucción. En sus recuerdos, si en alguna encuesta te preguntaban qué eras, solo había dos casillas para marcar: la hache y la eme. No te daban a disposición todo el alfabeto. Ahora hasta podrías responder ser un unicornio y nadie te encerraría por demente. Bueno, qué más da… entre un unicornio y un mariposón, no había mucha diferencia.   

La abolición del servicio militar obligatorio. Ese fue el inicio del final. La raíz de la decadencia de la sociedad. El momento en que nos jodimos todos. Ahí murieron los valores del honor, el amor patrio, el respeto a las autoridades, la disciplina, el heroísmo. Ahí el hombre dejó de ser viril, y las mujeres empezaron a reírse de él. Y luego empezaron a pisotearlo. Mientras que los de su sexo se volvieron cada vez más fláccidos y afeminados, y hasta empezaron a marchar por la paz y en contra de los militares.

Empezaron a pintar la guerra como la madre de todas las injusticias. Pero, ¿qué se creen esto niños imberbes? ¿Que los militares están a favor de la guerra? Nadie puede detestar tanto la guerra más que un soldado, que la ha vivido en su piel, que ha sentido sus garras ensangrentadas aferrarlo por el tobillo. Que se ha encarado a la muerte en un campo de batalla. Sin embargo, sabe que es el mal menor. El único modo para defender a su País y a los más débiles que no están en condición de combatir. A ancianos, niños y mujeres. Bueno, pero eso fue en aquellos tiempos. Ahora las mujeres pueden protegerse por sí solas, dicen. Si intentas hacerlo, te tachan de machista.

En su época, felizmente, esos gestos tenían otro nombre. Los llamaban caballerosidad. Martita le repetía constantemente que era un auténtico caballero y que por esa razón se había enamorado de él. En esta época, probablemente nunca habría encontrado a una mujer dispuesta a casarse con él, nadie lo habría correspondido. En vez de morir viudo, habría muerto soltero. Cuando estalle otra guerra, ahí sí se van a acordar de los soldados. No van a mandar a morir a las feministas. ¡Qué va! Los soldados van a ser los chivos expiatorios, una vez más.

A pesar de todo, se daba cuenta de que quedaban cada vez menos personas que compartían su punto de vista. Eran cada vez más una minoría, o quizás fuera él mismo el último de su especie. Por eso odiaba tanto ver algún programa que no fuese el fútbol. Cuando le entraba la curiosidad de cambiar canal, terminaba tan pronto arrepintiéndose y apagando el televisor como aquella vez. Se sentía el último eslabón de un mundo que estaba a punto de extinguirse. Al oír las nuevas generaciones, él parecía ser la encarnación del mal absoluto, y todo lo que creía, una farsa. Era un hombre de raza blanca, militar y conservador. Y para colmo, viejo y casi putrefacto. El diablo en persona. O mejor dicho “el patriarcado”. Así habían rebautizado al diablo, últimamente.

Lo acusan de ser intolerante, de juzgar y discriminar. Y bueno sí, es que él no usa términos medios cuando tocan sus valores y tampoco hace concesiones. Pero, ¿ellos no están siendo tan intolerantes como él? ¿Acaso no lo están juzgando también? ¿No están criticando su entera existencia, todo lo que representa? Si ellos tuvieran razón, eso significaría que el mundo que lo vio nacer y que lo crió era una mentira. Que todo lo que le enseñaron era una mentira. Quieren quemarlo todo, y empezar desde cero. Todo lo que su generación se demoró décadas en construir y luego defender con la misma vida, estaba mal. No hay nada que merezca ser rescatado. Todas sus medallas, al tacho. Sus condecoraciones, que se las den de comer a los perros hambrientos.

Sin embargo, él sentía que había sido un buen ser humano, un hombre correcto y creía haber llevado una buena vida. Había sido leal con sus amistades, obediente hacia sus superiores, reconocido con sus benefactores, un hijo dedicado que cuidó de sus padres hasta el lecho de muerte. Un esposo atento que nunca olvidó una fecha importante, y que jamás le hizo faltar un ramo de flores a su esposa en su aniversario. Ni de viva, y menos de muerta. Todos los años, para ese día, seguía llevando hortensias a la tumba de Martita, sus flores favoritas. La única vez que había sido seducido por una mujer que no fuera su esposa, había tenido la decencia de no hacerse descubrir, y la idea de abandonarla junto con sus tres hijos nunca cruzó por su cabeza.

Ahora, ¿cuántos hombres había que no respetaban el voto matrimonial y que enamorándose de otra mujer, decidían dejarlo todo, tirar la toalla? ¿Cuántos matrimonios terminaban en divorcio por culpa de hombres que eran maricas? ¿Que no tenían el sentido común de respetar su deber de padre y de marido hasta el final de sus días? ¿Que anteponían la lujuria al valor y al honor?

Él había sido un buen padre de familia, y se partió el lomo para que sus hijos se volvieran profesionales. Y fue gracias a ese sacrificio que sus hijos, luego, pudieron hacer estudiar a sus nietos. ¿Y para qué? Para que sus hijos le reprochen que no había sido un padre presente. Para que sus nietos le repitan que es un dinosaurio que no entiende nada de nada. Pero esa era la triste verdad, él ya no entendía nada de nada, y extrañaba aquel día en el que las cosas eran simples. La complejidad actual le daba vértigos.

¡Ay, ángel de la muerte, llévame!

E.

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