recién nacida

Le habían puesto ese nombre para que fuera claro y unánime que ella no era una indígena más del montón. El apellido, ese ya lo habían perdido hace cuatro generaciones, pero el nombre habría sido suficiente para reivindicar los orígenes europeos y ocultar esa piel que, generación tras generación, habiendo perdido su candor, gritaba todo su contraste. Heydy Germhana. Más alemana, imposible. Lástima que sus padres no se dieron la molestia de revisar la ortografía y que, en la duda, optaron por la i más extranjera y, encima, abundaron en su uso. Más letras extranjeras, mejor debe ser, se dijeron. Y como en Germana no había íes, decidieron agregarle una hache al medio que, al ser muda, no podía ocasionar ningún daño, y más bien servía para resaltar su forastera procedencia. 

Heydy nació con mejillas rojas como dos cerezas maduras y su mamá, al verlas, se emocionó como pocas veces en su vida. “¡Es roja como su tatarabuelo!” le dijo a su esposo triunfante, recordando la única foto que aún conservaba del ancestro. Pero con el pasar de las horas, Heydy se recuperó del vital esfuerzo y su tez se volvió cada vez más bronceada, a pesar de que, todavía, nunca había sido rozada por el sol. De hecho habría sido algo extraño e improbable que el tatarabuelo le transmitiera el rubor que la devoción por la cerveza le había impreso.

Pero su mamá no perdió las esperanzas. Puede que su hija no fuera blanquita, pero era muy temprano para determinar el color de su pelo y de sus ojos. Varios nacimientos se habían sucedido y el abuelo difunto parecía ser tan celoso de sus cabellos rubios y de sus ojos celestes que estaba decidido a no compartir con ningún descendiente sus preciados genes. Sin embargo, ella sabía que no hay manera de detener las leyes biológicas y que, tarde o temprano, esos genes tenían que reaparecer. Con un poco de suerte, lo habrían hecho a través del cuerpo de su pequeña Heydy.

Lamentablemente, de nuevo la naturaleza le hizo una mala jugada. Los ojos de la bebé, de grises cambiaron a negros. No eran pardos, ni castaños, sino negros como el rostro de un minero. ¡Qué mala suerte! Por unos meses se consoló de que por lo menos los cabellos parecían ser rubiecitos, cuando de pronto se volvieron tan oscuros y gruesos como los suyos, como el pelo de cualquier indio ordinario. Esos inconvenientes no la detuvieron de inculcar a su hija la superioridad de sus raíces. 

Una de las primeras cosas que aprendió Heydi fue que purísimas gotas de sangre alemana corrían por sus venas mestizas, heredadas gracias a su tatarabuelo que había llegado en barco desde Fráncfort para ampliar su negocio de salchichas famosas en toda Alemania. Y esas gotas valían y pesaban más que toda la sangre de toda la realeza incaica. Así como la grandeza y el esplendor de un imperio se miden por cuán épico es su mito fundador, la familia de Heydy depositaba todo su orgullo en la historia del tatarabuelo alemán que había cruzado mares y tempestades para hacer crecer su fortuna y alcanzar la gloria gracias a sus salchichas. Los vacíos y los misterios que envolvían su personaje, las múltiples versiones que se narraban, en vez de hacerla vacilar, la volvieron aún más legendaria. Y todos saben que no existe nada más duradero que una fascinante leyenda capaz de apaciguar nuestro ego. 

Según algunos parientes, al tatarabuelo le habían salido mal los cálculos y, al poco tiempo de haber llegado a Latinoamérica, llegó a la conclusión de que le costaría tremendo sacrificio acostumbrar el paladar ignorante de los indígenas al sabor fuerte y decidido de sus amadas salchichas. De hecho, murió en el intento; pero no antes de haberse casado con una joven exótica quince años menor, y de haberse bebido hasta el último centavo. Otros añadían que el viejo no se había esperado, al desembarcar en esta ciudad desértica, encontrar chanchos tan flacos que no servían ni para el pellejo de la salchicha. Resultó inútil embutirlos con toneladas de maíz. El bochorno y las elevadas temperaturas no permitían que su carne se volviera lo suficiente tierna ni que creciera en volumen. La calidad de sus salchichas empeoró inexorablemente y su negocio se fue a la quiebra en poco tiempo. Se volvió un vulgar criador de cerdos, y hasta el último no dejó de maltratarlos y desahogar toda su frustración sobre esos pobres animales que solo tenían la culpa de no ser tan opulentos como sus primos alemanes. 

También había tíos que murmuraban que la verdadera razón por la que el tatarabuelo despilfarró todo su dinero, dejando que toda su descendencia simplemente se joda, fue su adicción al juego, a la cerveza y a las faldas de las indígenas. Pero según la mamá de Heydy esos solo eran rumores de lenguas resentidas. Ellas, a cambio, tenían que mostrar gratitud porque el tatarabuelo les había dejado algo mucho más valioso que la plata. La plata va y viene, pero la sangre nunca muere. Esa sangre, era garantía que algún día de repente habrían podido recuperar el éxito que correspondía a los de su raza.

“Míralos, le decía su madre, vivimos como ellos y sufrimos las mismas escaseces, pero no somos iguales. Estos cholos siempre serán sumisos, porque más se aparentan a burritos de carga incapaces de rebelarse a la mano que les ofrece comida. Sin dueños, estarían perdidos. Nosotros en cambio pertenecemos a una estirpe de caudillos, líderes y emprendedores. Nuestro destino es triunfar sobre todos ellos.”

Llegó el otoño, los primeros estornudos, los suspiros mezclados con nostalgia por el verano que acababa de marcharse, y el sol cedió su lugar a una neblina tan espesa que parecía querer aplastar la ciudad contra sus vísceras, como la suela de la bota de un gigante. Era el primer año de colegio de Heydy, que estaba tan impaciente por contar a todos sus nuevos compañeros la historia del tatarabuelo. ¡Cómo habría sido fácil hacerse amigos y ser querida por todo el salón! Pero sus ilusiones se chocaron contra la letal inocencia de los niños, que a veces los lleva a ser pérfidos pero nunca hipócritas, y se partieron en mil pedazos. Revirtiendo cada pronóstico, Heydy se volvió el blanco de los despechos de sus compañeros, junto con la china y la zamba. 

Al presentarse, Heydy estrenó la frase que había entrenado innumerables veces con sus padres: “Me llamo Heydy. Mi nombre es alemán porque mi tatarabuelo era originario de Fráncfort”. Los niños, que no eran demasiado jóvenes para saber que todos los gringos son blancos, exclamaron estupefactos: “¡Pero si tienes cara de huaco!”. Luego hasta le chantaron el apodo de la “alemana”, y a ella le habría encantado, si la intención no fuera claramente la de burlarse ya que lo pronunciaban entre risitas y con una punta de desprecio.

Por supuesto, nadie creyó la historia de Heydy, y le reprochaban haber inventado ese cuento para querer aparentar lo que no era. Esos orígenes que según lo que le habían contado la hacían diferente, especial, se habían vuelto un fardel, una fuente de angustias y de problemas. Su fisionomía era muy parecida a la de los demás niños, y nunca habría sido objeto de burlas si no hubiera querido ostentarlas. Su tez habría pasado desapercibida, y lo peor que le hubiera pasado, habría sido no sobresalir del anonimato, ser inofensivamente ignorada. Pero al querer aparentarse a los gringos, había desencadenado un efecto inesperado y, mágicamente, el color de su piel pasó a existir como prueba flagrante de sus inventos. Se encontraba completamente aislada, ya que su madre nunca habría aceptado que se rebajara jugando con una zamba. ¡Se habría convertido en la vergüenza de la familia! 

Luego de años de humillaciones y hostigamientos, Heydy se dio cuenta de que la única solución que tenía para salir de ese lío y recobrar su dignidad era la de completar la metamorfosis. Su aspecto era un obstáculo y siempre habría eclipsado sus nobles orígenes. Y tal como el zambo del cuento de Ribeyro intentó deslopizarse, Heydy emprendió la monumental tarea de müllerizarse. 

Continuará…

E.

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