salón de clase

Antes de pasar a secundaria, aprovechó las vacaciones de verano para ejecutar su plan infalible. La primera fase consistió en volar a la piscina pública cada vez que podía. Se quedaba horas remojándose, hasta que sus labios se volvían morados y sus manos bien arrugadas. Había oído, en algún sitio, que el cloro de la piscina blanquea la piel y estaba determinada a absorber hasta el último gramo. Mientras tanto, se bañaba en protector solar, y nunca olvidaba llevar con ella un paraguas, no para protegerse de la lluvia que a lo mejor le habría ayudado a desteñirse, sino para evitar que ni siquiera un delgadito rayo de sol la tocara. 

Sin embargo, llegó febrero y todavía no vislumbraba los resultados que tanto anhelaba. El cloro actuaba demasiado lentamente y ella necesitaba apurar las cosas. Se fue a una cabina y buscó en la Internet todopoderosa algún producto para esclarecer la piel y lo encontró. Era el mismo que utilizaban las afroamericanas y, si funcionaba con ellas, su eficacia estaba asegurada. Tuvo que ahorrar durante semanas porque tenían que enviárselo desde los Estados Unidos. Cuando al fin lo obtuvo, siguió la instrucciones y empezó a utilizarlo todas las noches. A pesar de unas pequeñas ronchas que empezaron a decorarle el cuello y los brazos, efectivamente su piel estaba evolucionando desde una tonalidad café hacia un crema un poco amarillento. Heydy estaba más que satisfecha. 

Para culminar su plan, tuvo que juntar más dinero. Marzo ya había empezado y el calendario amenazaba con derrotarla. Ese verano ayudaba a su mamá con la venta de refrescos de maracuyá en la esquina de la quinta donde vivían, y gracias a ese negocio tenían entradas adicionales. A una semana del inicio de las clases, la metamorfosis ya estaba completa. Heydy se había teñido el pelo de rubio y se había comprado unos lentes de contacto azules. Tenía un aire a un canario con ojos de vidrio y algo enfermizo, pero nunca se sintió más atractiva. Se miraba en el espejo, y reveía a las antepasadas que nunca había conocido. Daba por cumplida la misión.

Ese año, en el colegio empezaron a mirarla distinto. Los compañeros entrecerraban los ojos incrédulos y parecían preguntarse: « Y si, al final de cuentas, de verdad tiene sangre alemana? ». De todos modos, no perdieron la costumbre de llamarla por su apodo, pues les resultaba demasiado natural y la mayoría tampoco conocía su verdadero nombre. Pero, a veces, se olvidaban de acompañarlo con la dosis habitual de ironía, remplazándola por una especie de deferencia. Por fin, Heydy sentía que algo empezaba a cambiar. Lástima que ese rescate que veía acercarse cada vez más, de pronto se volatilizó, dejándola sin esperanzas de volverlo a aferrar jamás.

Todo ocurrió a causa de una tarea que les asignó la profesora de inglés para la casa. Tenían que dibujar su árbol genealógico, adornarlo con fotos de familia y enseñarlo a toda la clase, obviamente en inglés. Heydy se alegró muchísimo. La simple idea de realizar el árbol no la entusiasmaba, lo que la animaba era colocar una única y precisa foto que por fin habría fugado cualquier rastro de duda sobre la historia de su familia. Eso era justo lo que necesitaba; la suerte estaba al fin de su lado y pronto todo el salón habría tenido que rendirse a la verdad.

Esa tarde regresó a casa desbordante de energías y se fue directa a rebuscar entre armarios y cajones para juntar todo el material que necesitaba para su árbol, y, sobre todo, esa foto que representaba su escapatoria de las injusticias que había experimentado; un nuevo comienzo. La halló por fin debajo de una pila de revistas polvorientas. Unas cuantas manchas amarillas se habían incrustado en la superficie del papel, pero aún se podía distinguir nítidamente el sujeto. Al medio, destacaba el rostro rubicundo de un gringo cincuentón de ojos claros. Dos bigotes rubios y pesados caían como cortinas sobre su sonrisa forzada escondiéndole los dientes. Su mano empuñaba un tenedor con el que pinchaba una salchicha y parecía querer embocar a la cámara. Era perfecto.

La semana pasó y Heydy no veía la hora de rastrear esa foto en la cara de todos los que le habían acusado por años de ser una embustera. Cuando por fin le tocó exponer su tarea frente a todo el salón, liquidó en pocas palabras todos los demás familiares del árbol y se detuvo por fin en el único que le interesaba. « Aquí está mi mamá Carla, mi papá Rodrigo, la abuela Paulina, el tío Camilo, etcétera, etcétera, pero sigamos…». Repitió la historia que todos ya conocían pero esta vez sin titubear, fuerte de la evidencia que tenía bajo los ojos.

Terminando su exposición, su teacher la agradeció sonriendo de manera incómoda y sospechosamente nerviosa. De pronto le dijo, con las palabras más gentiles que encontró, que la imagen que había mostrado del tatarabuelo no era una foto sino una postal. Heydy se quedó mirándola perpleja y con la boca semiabierta, como si no supiera muy bien lo que había acabado de oír ni lo que tenía que decir. Pero nada se le ocurrió en el instante, pues su silencio cedió el paso a las tímidas risas de sus compañeros que gradualmente se convirtieron en estrepitosas carcajadas.

Así fue destrozado para siempre el mito del tatarabuelo alemán, y Heydy se desmoronó como el Sacro Imperio Romano Germánico o como algún día lo haría el capitalismo. En la escala de popularidad del colegio, hasta fue superada por la zamba, la cual, rebuscando información para su árbol genealógico se encontró con que una de sus bisabuelas era francesa y ya nadie se atrevió a invitarle plátanos imaginarios.

FIN

E.

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