periódicos

Cada mañana la encuentro en el mismo lugar, sentada en su banquito colocado en el mismo punto, ni un centímetro más allá, vendiendo periódicos y revistas a la gente de la residencial. Ella está ahí, todos los días, desde hace muchos años, tantos como los que se leen en el mapa de su rostro y se cuentan en su pelo gris y otoñal. Es por eso que ya todo el barrio la conoce, y aunque no viva en uno de esos altos edificios que se yerguen sobre ella, haciéndola ver incluso más pequeña, se ha vuelto una vecina más. Yo también, que hago esa ruta todas las mañanas, me he acostumbrado a su presencia. Primero a intercambiarnos sonrisas, luego a su habitual “Hola niña” y, por último, a saber cómo está y qué cuentan las noticias. A esta última pregunta, ella casi siempre responde que andamos mal y me enseña alguna imagen catastrófica o algún titular apocalíptico de algún periódico que tenga a la vista.

En el colegio apenas tuvo el tiempo de aprender a leer. Un día un ratero la paró en la calle y se llevó su libro, sus cuadernos y sus útiles. Por el susto, la señora Teresa decidió no regresar a la escuela nunca más. Es lo que me cuenta, y yo no sé si esa historia sea cierta o si esconda una verdad más monótona aunque mucho más triste. Quizás no se trate de un bandido en carne y hueso, y ese eufemismo se refiera a las desgracias y golpes de la vida que le fueron robando lo más valioso que tenía. Sin embargo, cuando me comenta acerca de alguna noticia mostrándome la imagen de portada, me recuerda cuando aún no tenía ni cinco años y había aprendido a reconocer una marca por su logotipo.

Yo veía ese símbolo y las letras que lo seguían, pero no distinguía los sonidos encerrados en cada letra. No sabía leer, pero estaba muy impaciente por hacerlo. Así que cada vez que veía ese logo en presencia de mis padres, articulaba lentamente el nombre de la marca. Mis padres me felicitaban y se prestaban con gusto a ese juego inocente que me hacía sentir un poco más grande. No parecían dudar mínimamente de mi capacidad, aunque sabían que aún no había empezado la escuela, que desconocía el alfabeto, y que su hija no había nacido con talentos fuera de lo común. Así yo me limitaba a asentir y a comentar sorprendida el breve boletín informativo presentado por la señora Teresa.

Me pregunto cómo habrá sido, todos esos años, estar rodeada por algo que para ella no deja de ser papel manchado con tinta, de todos esos signos mancos de significado y que podrían colocarse en cualquier otro orden, pues qué más da, a ella le daría igual. Pienso qué lástima, de las siete de la mañana hasta las doce del día, en vez de estar sentada, esperando, podría leerse la mitad de los periódicos expuestos. Que si en su lugar hubiesen hortalizas o zapatos viejos de nada cambiaría, por lo que solo puede mirarlos incapaz de desvelar ese eterno secreto que guardan en su interior.

Llegó a la capital cuando tenía catorce años y empezó a trabajar vendiendo periódicos casi de inmediato. Nunca perdió la costumbre de vestirse con mil capas, como una cebolla, sea invierno, sea verano. Como si repentinamente fuera a bajar muchísimo la temperatura o a estallar un sol tropical. Una vez, me vio según ella muy destapada y me dijo que tenía que cuidarme y abrigarme. Para hacerme entender el sentido de “cuidarse” me enseñó, mirándome con sus ojos que parecían dos puntos, uno a uno todos los polos que llevaba debajo de su chompa roja. Las dos nos reímos, yo como una niña y ella como una bebé a la que aún no le han crecido los dientes. Eso me confirmó que, bajo esa montaña de ropa, la señora Teresa es tan delgada como lo había intuido por las piernas huesudas que sobresalen de su falda, fajadas con medias de color beige.

Parece tan frágil como si fuera hecha por maderas secas y fuera a romperse de un momento a otro, por el soplo del viento o el vuelo de un pájaro distraído. A veces me pongo a pensar, qué haría si pasando por ahí ya no la encontrase, y así el día siguiente, y el siguiente aún. Me entristezco pensando que de un momento a otro pueda faltar, porque tengo el presentimiento de que se estaría llevando consigo una gran cantidad de historias sin contar, pero que, quizás, aún así me las contase, yo no sabría entender. Pues las palabras salen de su boca muy mascadas y me cuesta dar un sentido a sus oraciones que se comen entre ellas y que solo son separadas por el sonido nítido de su risa cristalina.

¿Cómo reaccionaría la gente del barrio al dejar de verla ahí? Creo que de la misma manera en que si un día amanecieran, verían que el árbol más alto de todo el jardín ha sido tumbado. Su ausencia pasaría tan apercibida como la de ese árbol, porque aunque ella no mida más que su cúspide, tiene el alma de un gigante. El día en que ya no se encuentre vendiendo noticias, ella se convertirá en noticia. Estoy segura.

Pero pasa al revés y soy yo la desertora, la que deja de tomar esa misma ruta y que no volverá a verla tan seguido. Regresando de un viaje lejano voy a buscarla, casi cierta de poderla encontrar, pero siempre con el miedo de que sea demasiado tarde. La percibo desde lejos, con su típica vestimenta y su cabello delgado amarrado en un moño y suspiro de alivio. La saludo, y siento que le debo explicaciones. Que ella es la guardiana de la memoria de ese lugar, y que tiene el deber de registrar cada movimiento o pequeño cambio que ocurra en ese territorio, como si fuese un sismógrafo.

Le cuento que había estado afuera, que había viajado por largo tiempo y ella, por supuesto, lo había ya notado. “Ay hija, ¡qué lindo es viajar!” me dice ella que tiene las raíces bien plantadas al suelo de la residencial. Y en esa exclamación, por el tono de su voz, leo el deseo oculto de querer ser un ave en su próxima vida. Le informo de que ese día voy a presentar mi renuncia en el trabajo y que ya no tendré muchas ocasiones de pasar por aquel caminito. Le regalo un chocolate y ella me regala una revista de las que se ofrecen como insertos especiales en los periódicos. Me despido, triste por las historias que nunca sabré, pero con la esperanza de que sus hijos y nietos, sus legítimos oyentes, no las hagan morir. Yo me conformo con mi fotografía en blanco y negro, y con el consuelo de que si algún día volviese a pasar por ahí nunca me faltará una sonrisa benigna y una palabra llena de humanidad.

Doy algunos pasos para alejarme y la sigo saludando con la mano, cuando de repente me grita: “Chau hija, ¡cuídate de los rateros!”. En ese momento, se manifiesta ante mí la analogía más acertada de todas y la veo como una dulce abuela con amor y ternura de sobra.  La abuela de la residencial.

E.

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