ventana de avión

No hay nada más natural para una hija adoptada de ir en búsqueda de sus padres carnales. Cuando los padres adoptivos deciden adoptar a un niño o una niña ya saben en el fondo, aunque no quieran admitirlo, que de ninguna manera podrán detenerlo. Algunos crían a esos niños con el miedo de que un día no muy lejano se vuelvan adultos capaces de tomar sus propias decisiones y que esas decisiones podrían alejarlos de ellos irremediablemente. Pero se están engañando, porque esa eventualidad es en realidad algo que ocurrirá de todas maneras, y de nada sirve temer ese momento, intentar postergarlo o incluso obstaculizarlo.

Mis padres adoptivos nunca me dieron la impresión de querer evitarlo. Es más; siempre me ofrecieron todas las facilidades para que el día que me sintiera lista para empezar la búsqueda supiera claramente cómo hacerlo. Nunca me ocultaron ninguna información, ningún dato que pudiera servirme para completar ese rompecabezas que eran mis primeros meses de vida y, por lo tanto, mi vida entera.

Todas las historias de los hijos adoptivos que son criados amorosamente por una familia con la que no comparten vínculos sanguíneos, hasta el momento en que sienten el imperativo de rastrear sus orígenes, se asemejan. El conflicto interior que los atormenta durante mucho tiempo, la sensación de estar haciendo algo condenable, también nos une a todos. Es lo que hallamos al decidir empezar la búsqueda que nos diferencia. Así que esta es mi historia; la historia de lo que yo encontré. Por lo menos el principio.

Mi mamá…mi mamá me da una ternura incontenible. Es una mujer fuerte, brillante, tiene un código moral que respeta rígidamente en las pequeñas y en las grandes circunstancias. Siempre hace lo que es correcto, incluso cuando le es doloroso. Ella nunca lo dudó. El día en que me mostró mis documentos de adopción habló con una voz firme, despejada, la mirada decidida, los gestos parecían los de un sacerdote que oficia la misma misa de todos los días; la misma resolución, el mismo aire acostumbrado. No temblaba, sus manos sabían perfectamente cuál cajón abrir, cuál carpeta sacar, qué papeles entregarme y cómo tocarme la espalda para hacerme entender que no me habría guardado resentimiento, que respetaba sea cual fuere mi voluntad. Los ojos en ningún momento se le humedecieron.

Me pongo a pensar en cuántas veces habrá tenido que ensayar la misma escena antes de hablarme solemnemente aquella vez, hasta estar completamente segura de estar en pleno control de sus emociones y no dejar que estas la dominen a ella. Cuántas veces se le habrá quebrado la voz sin que yo estuviera a su lado para abrazarla. Me dejó sola en su cuarto con las pruebas irrefutables de que yo no era su hija natural, que no había nacido de su cuerpo. Puedo imaginar cuántas veces habrá querido quemarlas, hacer como si nunca hubiesen existido y, sin embargo, las conservó todos esos años porque sabía que yo las habría necesitado. Se fue con un paso sordo, con la convicción y la pesadez de quien siempre toma la dirección correcta, la decisión correcta, dejándome con la cabeza llena de preguntas cuyas respuestas mi mamá no conocía, no podía dármelas aun así fuera lo que más quería en este mundo, con toda su alma. Por lo menos, no esta mamá. Era otra a la que tenía que dirigirme. Esa noche la escuché, a través de la pared fría que separaba mi cuarto del de mis padres, derramar las lágrimas que se había aguantado hasta ese minuto y deseé con todas mis fuerzas que la tierra me tragara y me escupiera en una isla desierta donde sería incapaz de lastimar a quien sea. Acababa de cumplir dieciocho años.

Desde muy temprana edad, mis papás me hablaron con la mayor sinceridad y naturalidad de cómo me habían elegido entre docenas de niños para que fuera su hija. No me enteré de forma abrupta, dramática, el mío no fue ningún descubrimiento traumático. Crecí siendo consciente de la verdad y por eso, por más que lo intente, no logro recuperar en el vertiginoso pozo de mi memoria, el recuerdo de la primera vez en que mis padres me hablaron del tema. Puede porque en realidad nunca hubo ese momento fatídico, no hubo una “revelación”. Es como si siempre lo hubiera sabido. Y saberlo no me creó ningún complejo de inferioridad. No me sentía menos afortunada en comparación con mis amigos. Quizá puede que me sintiera incluso privilegiada. Pues ellos no habían tenido la suerte de ser elegidos, algo que mis padres solían resaltar con orgullo. Nunca podré agradecerles lo suficiente por no haberme encapsulado en una mentira de cristal que terminaría derrumbándose y cuyos añicos todavía llevaría clavados en el pecho; con el frívolo pretexto de protegerme.

Solo puedo imaginar cuánta confusión habría podido probar al mirarme en el espejo y no encontrar ni un remoto parecido con ninguno de los dos. Habría vivido invadida por las dudas, rondada por una inquietud que solo la verdad habría podido disipar, pero ¿a qué precio? Quizás habría crecido rechazando mi propio cuerpo, por ser distinto al de mis padres, habría creído que fuera anormal y lo habría detestado violentamente. Mientras que ellos me enseñaron a amarlo, a quererme y aceptarme. A amar mis ojos levemente achinados, mi nariz que no es tan perfilada como la de ellos, mi cabellera negra, mi piel color canela. Me enseñaron que en el país donde nací hay cantidad de gente parecida a mí. Y me alentaron a que aprendiera su lengua, a que estudiara su historia, me interesara en su cultura. A cultivar ese vínculo que tenía con él debido a la sangre que corre en mis venas, la sangre de un pueblo que radica en un territorio donde descansan los huesos de las generaciones que me han precedido, que han tenido que nacer, vivir y por último morir para que yo esté aquí respirando este aire. La vastedad del océano me separaba de ese país, que hasta ahora me cuesta reconocer como mío. Hasta que, dos años después del día en que mi mamá me habló y me entregó la documentación, decidí cruzarlo.

Emprendí el viaje que me llevó acá, a este oasis rodeado por miles de dunas atestadas de gente que en cualquier momento podrían ser succionadas por el inmenso arenal. Digeridas hasta las entrañas de la tierra. Mi gente. Fueron necesarios dos años para madurar la decisión que siempre llevé conmigo, para que pudiera sujetarse sobre piernas fuertes, echarse a andar. Fueron necesarios dos años para superar la culpabilidad y perdonarme por lo que iba a hacer, por lo que siempre supe que iba a hacer algún día. En esos dos años no volví a tocar el tema tan sensible del viaje con mis padres. No quise remover el dedo en la llaga que con impotencia había visto brotar en el corazón de mi mamá, por lo menos no hasta que se acercara el día de mi partida.

Estuve evaluando cuál sería la mejor forma de viajar. No quería hacerlo como turista, me habría sentido una impostora. Lo que deseaba era tener el tiempo suficiente para tener una visión más o menos fiel de la realidad de este país, vivir el día a día, conversar con las personas, conocer sus costumbres, establecer con ellos una conexión profunda, aprender de ellos. Quería quedarme el tiempo necesario para llegar a sentirme cómoda, a perder el miedo a sus calles y a sus habitantes y dejar de sentirme extranjera. Así que averigüé sobre programas de voluntariado de seis meses a un año de duración. La idea me pareció perfecta. Además de poder quedarme el tiempo que deseaba, podría ayudar a la población que de alguna manera había abandonado al salir del país recién nacida. Hacer lo mínimo, aunque sea, lo que en veinte años de vida no había tenido la oportunidad de hacer. Compensar el vacío de mi ausencia, la lejanía a la que había sido obligada y que seguiría manteniendo una vez que mi voluntariado llegase al término. La lejanía de su gente, sus necesidades, sus miserias.

Elegí entonces una asociación de cooperación que tenía proyectos sociales en la capital y postulé al puesto de voluntaria. Todo lo hice a oscuras de mis padres, de nada servía hacerles preocupar sin tener la certeza de que me habrían contratado. Pero el destino empezó a mover sus hilos invisibles de inmediato y no tardé mucho en recibir una respuesta positiva de la asociación. Un par de semanas luego del envío de mi candidatura ya estaba planeando mi viaje al otro lado del Atlántico, y al culminar el verano ya estaba volando sobre él.

Es indescriptible la sensación que me embargó al encontrarme arriba, en el cielo. Iba controlando de a pocos las millas que me separaban de la tierra firme a través de la pantalla instalada en el asiento frente al mío. Y mientras el ícono del avión se iba moviendo de a pocos, mi corazón también se iba acelerando. Mi vecino seguramente se habrá sentido confundido viendo que prefería mirar la trayectoria del vuelo antes que las últimas películas en cartelera. En realidad, mi vida había superado cualquier película, cualquier ficción, pero esto nadie podía sospecharlo. Luego me puse a admirar las nubes por la ventanilla y temí que en cualquier momento podía despertar de ese sueño. Me sentía una de esas nubes, rarificada, precaria, fluctuante. Y cuando las ruedas del avión por fin tocaron el suelo, sentí que esa era mi ocasión para asumir una nueva forma, mayor consistencia. Ser un cuerpo sólido al fin. Saber de dónde venía para saber a dónde ir. Siempre he tenido la impresión de ser una obra inconclusa, interrumpida, como si me hubiesen pintado de manera perezosa y soñolienta. Al fin yo también tendría contornos delineados. Encontraría el pedazo que siempre sentí que me faltaba.

Sin embargo, al bajar del avión y al perderme entre la muchedumbre del aeropuerto no fue como lo esperaba. Era un lugar completamente desconocido para mí. Tenía la esperanza de reconocer algún detalle, sentir una súbita sensación de familiaridad. Pero solo sentí extrañamiento. No hubo ningún déjà-vu, ninguna epifanía. Sé que cuando me fui era demasiado pequeña para grabar recuerdos de largo plazo. Aun así, había pensado, ingenuamente, que mi cuerpo entendería, entendería de haber llegado al lugar de donde fue desarraigado a su pesar. Cuestioné mi decisión por primera vez, de pronto me pareció que me habría causado más decepciones de las que podía tolerar.

En el taxi en dirección del departamento donde me quedaría doce meses me puse a contemplar el paisaje por el vidrio. Debido a la hora temprana la ruta estaba todavía libre. Fuimos todo de frente, casi no encontramos curvas y no tomamos desvíos. Al margen de la autopista se erigían viviendas como jamás había visto. Se extendían hasta muy adentro, se perdían en el horizonte. Todas las viviendas se parecían, tenían un techo plano, parecido a una terraza, donde ponían a secar la ropa recién lavada, y desde el cual algunos perros asomaban el hocico para ladrarle a los carros. Se veían letreros de cartón que señalaban la presencia de comercios: peluquerías, lavado de autos, estudios de dentistas, tiendas de comida, etc. En varios letreros aparecían imágenes de mujeres con cuerpos voluptuosos comprimidos en prendas demasiado estrechas, a pesar de no tener ninguna relación con el producto o el servicio que ofrecían. Fuera de algunas casas descansaban bolsas de basura amontonadas desde no sé hacía cuántos días y un polvo muy sutil lo envolvía todo como si no hubiese llovido en años, lo cual le entregaba una apariencia desolada y descuidada. De no haber sido por las personas que circulaban desordenadamente por la vereda habría parecido un pueblo fantasma. Pero acercándonos al mar el panorama empezó a cambiar.

El viento engendrado por las corrientes marinas y que soplaba hasta ahí se llevó el polvo, limpió las calles de la suciedad y la incuria. Los letreros iban disminuyendo y los edificios se volvían más altos y dignos. A medida que avanzábamos hacía la zona donde residiría, se empezaba a vislumbrar algún toque de vegetación. Se multiplicaron los pastos verdes y los árboles. El desierto abrió el paso al oasis. Me pareció haber llegado a una segunda ciudad. De pronto sentí que eso, de alguna manera, estaba relacionado con mi abandono. Sin querer, estaba ya empezando a responder las primeras preguntas. Intuí inmediata y dolorosamente a cuál de las dos ciudades pertenecía. Si hubiese nacido en la de rascacielos y vegetación frondosa, probablemente seguiría ahí todavía. Otra hubiese sido la historia. Me identifiqué con mi madre, tuve la corazonada de que en su lugar habría actuado igual. Entender sus razones fue hasta demasiado fácil, desde la ventana de ese auto en movimiento. Le agradecí silenciosamente.

La asociación me dejó la primera semana para aclimatarme, conocer el resto del equipo y los nuevos voluntarios jóvenes que habían llegado de diferentes partes del mundo. Los colegas de la oficina eran muy amables, pero no hubo forma de ocultarles que teníamos unos cuantos genes en común. Al escuchar mi historia quedaban sorprendidos, y al contarla yo también me sorprendía. Después de veinte años viviendo en otro continente, había dejado todas mis comodidades, los afectos que he cultivado, mi familia, mis amigos y ¿para encontrar qué?, ¿con cuáles expectativas? Hay veces en que me sentía muy valiente, otras muy boba. Más lo contaba y menos me lo creía.

Fue una semana larga, intensa, extenuante. Todas las noches acababa mojando mi almohada por el miedo a descubrir algo que no me gustara. O peor, a no descubrir nada, al tener que regresarme con esa misma sensación de vacío con la que pensaba de estar condenada a convivir por el resto de mi vida, a no sentirme entera jamás. Entonces llamaba a mi mamá y ella era la que me motivaba. Habría sido muy simple para ella decirme: “Luz, nadie te obliga a hacer esto. Coge el primer vuelo y vuelve a casa. Tu papá y yo te esperamos.” Estoy segura de que, si en un momento de debilidad me lo hubiese dicho, yo habría cedido. Habría comprado el primer pasaje de vuelta, pues tan fuerte era el deseo de encontrar una escapatoria a ese caos que me perturbaba. Quizás fuera eso lo que quería oír una parte de mí. Una parte de mí se moría por escuchar esas palabras que sabía tenían el poder de librarme como una fórmula mágica, pero mi mamá se mordió la lengua antes que pronunciarlas. Y al fin, fue lo que pasó la semana siguiente que disipó mis miedos por completo y que me inyectó de una energía renovada. Es algo que escapa a mi razón y a mi entendimiento… ni sé muy bien cómo explicarlo.

Mi asociación tenía proyectos de acompañamiento social en distintos sectores periféricos de la ciudad. Nuestro rol como voluntarios no se limitaba a quedarnos en la oficina realizando las tareas administrativas, para eso ya tenía suficiente personal. Nosotros teníamos que dividirnos por zonas y trabajar en el campo, codo a codo con la población de los distritos en proyectos de higiene y saneamiento, educación y emprendimiento. A mí y a otro par de voluntarios nos asignaron un sector cuyo nombre me sonaba conocido, Villa del Carmen, para asistir un grupo de niños con sus deberes escolares y organizar actividades recreacionales junto a ellos. Villa del Carmen, Villa del Carmen…No tuve que pensar mucho para acordarme dónde había visto ese nombre, pues había leído esos documentos tantas veces que se me quedaron impresos en la retina.

Justo ahí, en ese barrio que no figura ni entre los más poblados ni entre los más extensos, se encuentra el hospital público donde nací, donde fue firmada la autorización para darme en adopción. Ese era el nombre que estaba estampado en el papel que guardaba al fondo de mi maleta. De pronto las chances de encontrar lo que estaba buscando subieron de una a un millón. O por lo menos, así fue como yo interpreté esa señal. Fue el principio de una serie de eventos que algunos podrían llamar “coincidencias”, pero sin duda yo no. Ahora menos que nunca.

E.

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