ópera

La escuché por primera vez un jueves por la mañana tempranito, esperando el ascensor con el cielo gris que anunciaba una lluvia que nunca iba a llegar, y el humor decaído. No hacía mucho que nos habíamos mudado a ese departamento, en un quinto piso de un edificio moderno, cerca del malecón. Todavía no me acostumbraba a esas gotitas de agua imperceptibles que flotaban en el aire por las mañanas, cosquilleando mi nariz y empañándome los lentes. No me había acostumbrado a ese olor a mar y a puerto, que me hacía sentir permanentemente a bordo de una nave, ni a sentirme fastidiosamente mojada sin que lloviera. A respirar agua invisible cuya única prueba de su existencia era el rocío que se formaba en las rejas del pasadizo donde estaba parada.

En ese momento pensé que la alegría del mar en verano es directamente proporcional a la tristeza y melancolía de su atmósfera invernal. Cuando, de pronto, oí una voz y si no fuera porque subió verticalmente a mis oídos desde el fondo de las escaleras, me habría convencido de que descendía de las nubes, un poco por el sopor y un poco porque era una voz realmente afinada y melódica.

Lo primero que pensé fue en cómo me hubiera gustado tener el ánimo de esa persona, a la que incluso el día más sombrío no le impedía cantarle a la vida. Me asomé por las escaleras, quería ver a quién pertenecía esa voz y proclamar su dueña mi héroe del día. Pero no vi a nadie, solo estaba la señora de la limpieza trapeando el primer piso. Bajé en el ascensor y me encontré con su silueta corta y rellenita al frente. La señora tenía unos audífonos de plástico en los oídos y seguía trapeando. Ya la había visto una vez antes, hablando y riendo con el portero, pero no sabía que trabajara como empleada del edificio. La saludé y ella contestó amablemente a mi saludo, pero cuando le di la espalda y me encaminé hacia la salida, volví a sentir nítidamente ese dulce canto.

Ya no cabían dudas, era ella la autora. Pero esta vez pude distinguir claramente que no se trataba de ninguna principiante. La señora era una auténtica virtuosa, tenía una voz de soprano y si en vez de ese pantalón de buzo y un polo blanco corriente hubiera llevado puesto un vestido de gala, fácil la habría podido confundir con una actriz de ópera. Volteé mi mirada pero no crucé sus ojos, estando ella tan concentrada en realizar diligentemente su tarea y entonar esa milagrosa melodía que de pronto había alumbrado mi mañana. Ese día me olvidé del olor a pescado, de la brisa marina que me volvía la piel pegajosa y de la capa espesa que escondía el sol más tímido que nunca, y me fui a trabajar sonriendo.

De ahí en adelante todas la demás veces que volví a cruzarme con Julia, la encontré cantando. Muy rara vez había conocido a alguien que cantara en público espontáneamente y de manera tan natural, sin la mínima vergüenza. Sí había escuchado repetidamente, en los transportes y en otros lugares públicos, gente que tarareaba, que entonaba el coro de alguna canción de moda, o que cantaba bajito, incapaz de resistir a algún ritmo pero con la esperanza de que nadie le prestara atención. Pero Julia cantaba música lírica con voz alta y firme, como si las personas a su alrededor fueran almas atrapadas en otra dimensión espacio-temporal o como si estuviese bajo la ducha del baño de su vivienda.

No era escandalosa, pero conociendo al tipo de vecinos que teníamos no era extraño suponer que alguien habría podido quejarse, invocando un ultraje a la paz y a la decencia del condominio. Pero nunca nadie le hizo llegar ninguna queja. Quizás también se quedaron sorprendidos de hallar ese insospechado talento y se sentían tan afortunados como yo de asistir a ese show musical regularmente y sin tener que pagar la entrada. Era un servicio adicional y atípico que no se podía esperar de la mayoría de las señoras de la limpieza y a nadie se le ocurrió culpar a Julia por eso.

Además, aún así le hubieran intimado que dejara de cantar, no creo que ella habría sido capaz de cumplir con tal requerimiento. Esa era su naturaleza, así como la naturaleza del viento es de soplar y la del fuego de arder y consumir la materia. Julia cantaba desde que había aprendido a hablar, y en realidad, en su familia solían contar que había aprendido a cantar aun antes de que hablara. Que primero sus canciones no tenían sentido, que eran más sonidos que palabras, y que no importaba qué música había de fondo o si no conocía la letra, el poco vocabulario que había adquirido lo ordenaba en estrofas que hacían reír fragorosamente a sus padres. Ella, entonces, cantaba aún más y más fuerte, feliz de verlos tan aligerados.

Cuando ya había crecido, habrá tenido unos siete u ocho años, estaba mirando junto a su mamá un programa presentado por una conductora famosa de la época que su madre veneraba. En esa precisa ocasión hospedó en el estudio a una cantante sueca de ópera que se encontraba de paso por la ciudad en pleno tour mundial. Era una diosa con un vestido negro de lentejuelas que ocultaba sus pies y barría el piso con un velo de novia en duelo. Su pelo era tan rubio que más parecía plateado, y lo tenía recogido en un moño parecido a una corona, y sus ojos de un azul profundo como el cielo. Una mujer tan hermosa solo podía cantar hermoso. Pero cuando abrió la boca fue aún más asombroso de lo que Julia se imaginaba; las notas que esa cantante era capaz de emitir no las había escuchado nunca antes por ningunos labios humanos.

Fue la única vez que Julia se quedó tan impresionada, que en vez de apresurarse a reproducir la melodía escuchada, como solía hacer, enmudeció por completo. Fue tanta la emoción que sus ojos se humedecieron y su mamá, que no había entendido nada de lo que estaba pasando, y confundiendo su conmoción con tristeza, le preguntó si acaso no quería cambiar de canal para ver dibujos animados. Por suerte Julia reaccionó a tiempo y contestó que no, no tenía que cambiar de canal por nada en el mundo.

¿Cómo explicarle a su madre que nunca había oído nada tan bello? ¿Cómo explicarle su incredulidad ante esas notas que eran lo más cercano a los sonidos exasperados de los pájaros antes de una tormenta? Desde ese episodio en adelante, Julia entendió que ese era el tipo de música que deseaba cantar. Cada día, al regresar de clases, corría a la radio y giraba la perilla hasta sintonizar la única emisora que pasaba ópera. No siempre ese viejo aparato captaba la señal, pero cuando lo lograba, Julia era invadida por una explosión de euforia y todo el día se lo pasaba entrenando y tratando de llegar a las notas más elevadas. Sus padres y sus hermanos no compartían en nada sus gustos musicales, para ellos la ópera era un aburrimiento tremendo, pero entre un bostezo y otro preferían no decirle nada a Julia por miedo a quebrar su entusiasmo.

Conforme fue creciendo, Julia seguía perfeccionando su técnica y sus papás se sentían cada vez más orgullosos. En todas las fiestas familiares, bautismos, cumpleaños, matrimonios y polladas diversas, le insistían para que cantara en público. Julia entonces calentaba sus cuerdas vocales y empezaba a cantar alguna ópera de Rossini, Verdi o Puccini. Primero un profundo silencio envolvía toda la audiencia, luego el más temerario se armaba de valor y empezaba a reclamar “¡Que cante salsa!” y luego se unían todos los demás en coro: “¡Sal-sa! ¡Sal-sa! ¡Sal-sa!”. Luego Julia se callaba y, rendida, se ponía a cantar alguna canción de Gilberto Santa Rosa entre el alivio y la admiración generales.

Casi siempre se repetía la misma escena, hasta de adolescente. Julia tenía la ilusión de que por fin captarían el encanto de esos cantos maravillosamente desgarradores para así penetrar en el misterio del Arte. Esos cantos eran, según ella, lo más cercano que los mortales podían llegar de la beatitud, de la contemplación del rostro divino. Pero tampoco les podía reprochar nada. El sentido artístico es una habilidad que se desarrolla desde pequeños; hay que educar a los niños el Arte como se les educa los buenos modales. A no limpiarse con el mantel y a comer con la boca cerrada. Si los padres omiten de hacerlo, entonces serán muy pocos los adultos capaces de reconocer y apreciar el Arte. Solo los que fueron bendecidos con un don innato, como Julia.

Por supuesto Julia soñaba con tomar clases de canto con una profesora profesional, pero sus padres a las justas tenían dinero para pagarle sus estudios. Nunca les habría exigido un sacrificio tan grande, y ellos, aunque apreciaran el talento de la hija menor, nunca creyeron que fuera una inversión necesaria. Lo veían más como un hobby. A ellos les gustaba el baile y la juerga, mientras que Julia prefería cantar ópera. Cada uno con sus aficiones. Obviamente esa no era la vida real. Simplemente eran pequeñas diversiones que por momentos les ofrecían una tregua del duro trabajo y de las preocupaciones. Los callos en las manos del papá soldador, los reumatismos de la mamá debidos a décadas pasadas lavando con agua fría la vajillas finas de las casonas donde servía. Eso era concreto, eso era tangible. Lo demás eran agradables pormenores.

Así que Julia nunca se atrevió a soñar con ser cantante, y nunca les contó a sus padres sobre esa remota ilusión porque el simple hecho de materializarla en palabras habría podido ofenderlos y manifestarse ante ellos como una burla infeliz de sus vidas. A pesar de que el canto y la ópera seguían siendo la razón de vida de Julia, nunca llegó a considerarlos un posible oficio. El trabajo, tal como el ejemplo de sus padres le había enseñado, era fatiga y estaba finalizado exclusivamente a la cruda supervivencia, mientras que el placer que ella encontraba en la música nada tenía que ver con eso.

Cuando Julia terminó la escuela secundaria, sabía que había llegado la hora de saldar su deuda y dijo a su mamá que por fin podía dedicarse a descansar, mientras que ella se iba a hacer cargo de la limpieza de los hogares de sus clientes. Fue así como tomó el lugar de la madre en las casas y en el mundo. Fue así como se encontró viviendo, y sigue actualmente viviendo, una vida que posiblemente no le era destinada. Cualquiera pensaría que con el pasar de los años, y más ahora que rozaba los cincuenta, Julia podría hundirse y deprimirse. Sin embargo, fue precisamente la música que la salvó. Trapear el piso, quitar el polvo de los muebles, planchar la ropa, eran todas actividades que no le impedían seguir cantando y hasta que tuviera voz, esa vida no le parecería insufrible, incluso todo lo contrario.

Ella no busca halagos, ni reconocimientos, canta para sí sola y nadie más. Eso entiendo cuando al cruzármela una segunda vez, me acerco y exclamo entusiasta: “¡Usted debería exhibirse en el Teatro Nacional!”. Ella me contesta orgullosa que ya lo hacía, que ya se exhibía, que participaba del coro de su parroquia y justo el día siguiente les tocaba reunirse. Por eso estaba ensayando las últimas nuevas canciones, para aprenderlas sin errores. Un día que había regresado a la iglesia después de un largo tiempo (no por una crisis de fe, sino que justo los domingos había empezado a servir en una nueva familia), había un nuevo cura. El clérigo era un apasionado de música y una de sus primeras disposiciones había sido de formar un coro para animar las misas.

Durante la misa de ese domingo, Julia estaba sentada a unas cinco filas del púlpito y cuando entonaron el Magnificat de Johann Bach, debido a que se sabía la letra de memoria, empezó a cantarla. Para el cura fue una especie de epifanía, solo faltaba que una luz repentina se filtrara por el vitral principal. Casi se tira de rodillas pensando que esa era la señal por la que tanto había elevado a Dios sus plegarias, y por fin dejaría de sentirse como un embustero. Pero luego se percató de que los cielos no se habían apartado; esa voz provenía de un cuerpo al que le sobraban las carnes. Al terminar la misa se acercó a Julia y le propuso integrar el coro cuyo Maestro era él mismo, y ella se convirtió en la voz principal. Por fin tomaba las clases de canto que tanto había anhelado de niña.

Me alegro por ella, le digo que le deseo muchos éxitos, y no sé porqué solo logro dibujar una sonrisa algo torcida que espero no haya notado. No le digo que, en la próxima vida, no debería conformarse con cantar en el coro de una parroquia, a menos que la iglesia sea el Duomo de Milán. Tampoco le digo que quizás en esta vida aún le queda tiempo; el telón todavía no ha bajado. Mientras me alejo con un nudo en la garganta, la escucho que sigue practicando como una alumna aplicada, y no como la diva que debió ser y, por alguna vil razón, tal vez nunca será.

E.

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2 thoughts on “La diva”

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