Hay una gran lección sobre el amor que aprendí observando, con ojos todavía infantiles, la relación entre un pájaro y una anciana. La anciana en cuestión era mi abuela, y el pájaro su inseparable mascota. Gracias a ellos, con tan solo cinco años, pude comprender un concepto que incluso algunas de las mentes más brillantes demoran mucho más tiempo en asimilar, y otras nunca terminan de hacerlo. Pensándolo bien, no creo que la clave para descifrarlo resida tanto en una mente hábil, sino en un corazón ágil y entrenado. El amor es darle a alguien las alas para volar y dejarlo libre de volver a ti cuando lo elija. Realmente no existe frase más precisa para describir el vínculo entre mi abuela y su simpático lorito. Su relación fue la auténtica materialización de este complicado concepto; incluso la parte que menciona las alas se volvió literal en este estrambótico caso. El lorito —todos le decíamos lorito, pero investigando en internet, descubrí, siendo ya adulto, que se trataba de un periquito— se llamaba Pepe.

Mi abuela, la mamá de mi papá, vivía en una casa de campo que antes de ser suya había pertenecido a su padre, mi bisabuelo, y mucho antes, al padre de su padre. La casa era una mansión gigantesca que casi no guardaba rastro del antiguo esplendor que irradiaba cuando fue inaugurada por mi tatarabuelo, un rico hacendado que no reparaba en gastos. Yo, que era demasiado joven, solo conocía esa época fastuosa mediante las fotos que mi abuela me había enseñado, entre suspiros de añoranza. ¡Qué diferencia! Las paredes de afuera se habían descascarado y el moho se había filtrado hasta en los más recónditos recovecos de las habitaciones, debilitando las tuberías de donde llovía incluso cuando afuera brillaba un sol abrasador. El aire se había vuelto cargado, irrespirable.

La servidumbre terminó marchándose y en la casa solo habían quedado mi abuela y su madre, una anciana señora de más de noventa años cuyo recuerdo no puedo desligar del porche de madera rancia donde paraba sentada, a veces dormitando, otras llamándome con nombres extraídos de su pasado, cuyos dueños desconocía, y gritándome colérica. Detestaba verme correr por el pasto, agitar en el aire como un diestro espadachín las ramas que recuperaba del suelo. Desde que su esposo, mi bisabuelo, había fallecido, al no tener hijos varones, la dirección de la hacienda se trasladó a las manos de su única hija, mi abuela. Ese traspaso constituyó el acta de defunción de la fortuna que mi familia había construido.

En esa época nadie estaba dispuesto a hacer negocios con una mujer, ni mucho menos a seguir sus órdenes, cubriendo un rol de subalterno. Los socios de mi bisabuelo fueron desapareciendo, inventando pretextos para disolver alianzas de décadas que parecían bastante robustas, la servidumbre fue volviéndose más perezosa, el capital que mi bisabuelo había acumulado fue reduciéndose de manera abrupta. El área de las hectáreas cosechadas también fue disminuyendo y, pronto, casi todos los campos fueron abandonados y tomaron la apariencia de una landa desolada. Mi abuela no tuvo otra opción que vender casi todos los terrenos y solo se quedó con la parcela que rodeaba la mansión y con los árboles frutales —higueras, mangueras, bananos, entre otros —que ahí se erguían.

Por supuesto cuando iba a visitar a mi abuela, no estaba al tanto de todas estas historias de conspiraciones, traiciones e ingentes pérdidas económicas que me contaron solo cuando, según ellos, fui lo suficiente maduro para entenderlas. Para mí, el jardín que se extendía alrededor de la casa de la abuela era una inmensa pradera que no tenía punto de comparación con ningún otro espacio verde que hubiese visto o soñado. Ignoraba que no correspondía ni a un décimo de las tierras que mi abuela había heredado. Así que cuando mi papá anunciaba: “Ya es hora de ir a visitar a la abuela”, mi mente no asociaba esa afirmación al hedor que flotaba por la casa, ni al agua que goteaba desde el techo y se quedaba estancada en baldes oportunos. Pensaba que por fin habría sido libre de corretear sin el miedo de que un auto me atropellara a mí, o atropellara mi pelota, fingiéndome sordo a los gritos de la bisabuela senil.

Mi abuela siempre nos esperaba lista, parada en las escaleras del porche, con Pepe indefectiblemente colgado de su hombro izquierdo. A menos que no hubiese pasado horas inmóvil en esa posición, suponía que por alguna razón conocía de antemano la hora de nuestra llegada. Lo que hasta ahora sigo ignorando es cómo. Todavía no existían los celulares y mi papá no podía llamarla ni enviarle mensajes de texto para comunicarle nuestra ubicación. Quizás oía a lo lejos el rugido del motor de nuestro antiguo Toyota… es la explicación más sensata que se me ocurre hoy, pensándolo racionalmente. Pero de niño estaba convencido de que mandaba a Pepe a sobrevolar la zona y que él regresaba a avisarle ni bien su radar de volátil nos identificaba en los alrededores. Nada como la rara amistad entre un ave y una abuela para desencadenar los engranajes que hacen funcionar la imaginación de un niño.

Me entristece nunca haberle preguntado a mi abuela, mientras estaba con vida, cómo fue que había encontrado a Pepe y cómo había logrado domesticarlo, volverlo su fiel mascota. Desde que tengo memoria, los recuerdo como si fueran una unidad indivisible, de modo que intentar imaginar un pasado anterior a esos recuerdos, se me hace tan difícil como visualizar la prehistoria y sus feroces habitantes. Incluso mis recuerdos de niño se vuelven cada vez más lábiles y no logro muy bien separar las impresiones originarias de las que fui elaborando en el transcurso de los años, nutridas de sensaciones y juicios de valores posteriores, y que han contaminado su pureza primordial irremediablemente.

Por ejemplo, no logro recordar qué opinaba sobre la amistad, que hoy considero peculiar, entre mi abuela y Pepe. ¿Me sorprendía o me dejaba totalmente indiferente, como si eso fuera lo más natural de mundo? En ese entonces ya conocía muchas historias de piratas que suelen acompañarse por loros o papagayos en sus navegaciones hacia islas exóticas. Pero mi abuelita no se parecía en nada a un pirata. No tenía dientes de oro, ni garfios en lugar de manos, ni parches que le taparan los ojos (o lo que quedaba de ellos). Era tranquila, pacífica, y pegada a su rutina, todo lo contrario de una aventurera. ¿Cómo era posible que un loro pudiese ser un animal de compañía apropiado tanto para una indefensa abuelita, como para los espantosos piratas que poblaban mis libros de cuentos de las buenas noches? ¿Cómo se superponían esas imágenes tan opuestas e incongruentes en mi mente infantil? ¿Son inquietudes que remontan a ese entonces o las formulé más tarde, atribuyéndolas al niño de cinco años que había sido?

Lo que sí me dejaba maravillado, y esto sí lo recuerdo con claridad, era cómo Pepe siempre encontraba la ruta para volver a casa, donde mi abuela. A pesar de que fueran tan unidos y le gustara descansar sobre su hombro, deslizar sus patitas por la pendiente de su brazo o colocarse a su costado cuando ella necesitaba concentrarse en sus ocupaciones domésticas, había momentos en que simplemente se iba, volaba hacia metas desconocidas. Pasadas unas horas, si no regresaba por sí solo, mi abuelita lo llamaba: “¡Peeeepeeee! ¡Pepitoooo!” y él, que podía estar escondido entre la copa de un árbol cercano, picoteando la miel de algún higo maduro, o quién sabe en qué otros misteriosos escondites, aparecía de la nada revoloteando a su alrededor y desprendiendo sus plumas verdes por el aire. No hubo ni una sola vez que no regresara, en un abrir y cerrar de ojos, obedeciendo a la llamada de mi abuela, y eso siempre me dejó estupefacto. Una vez, recuerdo que le propuse a mi abuela, firmemente convencido de la necesidad y de la bondad de mi intuición, de encerrar a Pepe en una jaula. El diálogo se desarrolló aproximadamente de la siguiente forma:

— Oye, abuela. ¿No tienes miedo de que algún día se te escape el Pepe y ya no regrese?

—No, él siempre vuelve a casa. Y no lo hace porque alguien lo obliga, sino porque él quiere.

—¿Y si le pasara algo feo, algo que le impidiera volver? Yo creo que deberías ponerlo en una jaula, para protegerlo. Para que no le pase nunca nada malo.   

—Miguelito, escúchame bien. Nada de lo que pudiera pasarle afuera sería tan terrible como el hecho de encerrarlo en una mezquina jaula. No lo estaría protegiendo a él, estaría protegiéndome a mí del dolor de perderlo. El día que Pepe no responda a mis llamadas, significará que ya no es feliz conmigo o que es más feliz en otro lugar. Yo tendré que aceptarlo.

Esas palabras, que en ese momento no comprendí, fueron abriéndose el camino en mi interior a puñetazos. Como lo hacen todas las palabras que implican un sacrificio del ego, su dolorosa retirada. Miré a mi abuela que me estaba sonriendo blandamente y asentí con la cabeza, aunque seguía pensando que la jaula fuese la mejor solución.

A veces, mientras jugaba solo en el jardín, sin nadie que complaciera mis fantasías sobre caballeros y espadachines, nacía en mí un sentimiento parecido a la envidia. Yo también quería a alguien que me siguiera, que me acompañara y que reconociera mi voz entre millones. Remonto a esos instantes, la primera vez que me descubrí portador del anhelo más atávico del ser humano, el de ser amados. Claro que tenía a mis padres, y claro que sabía que ellos me amaban. Pero ellos no me habían elegido. No importaba cuáles habían sido sus deseos, de que mi pelo fuera menos ondulado, mis ojos menos distanciados, mi piel más pálida, mi carácter más extrovertido. Incluso mi sexo no había dependido de sus preferencias. Ellos no habían podido elegir nada de mí, yo había llegado tal como era y me amaban por el simple hecho de ser su hijo.

Así que cuando sentía que los celos me embargaban, presa del impulsivo frenesí de la infancia, iba donde mi abuela e intentaba coger a Pepito, quería forzarlo a ser mi amigo. Pero él se escurría entre mis manos y, cuando no lo lograba, me picoteaba la mano, no lo suficiente para hacerme llorar, pero bastante para hacerme retroceder alarmado. Mi abuela nos miraba y se reía hasta las lágrimas. Luego, recobrando la compostura me decía: “No puedes forzarlo, tienes que dejar que él te busque. Que él vaya hacia ti.” Yo volvía a mis juegos solitarios, malhumorado, resentido. Fue así como aún siendo una personita poco más alta de un metro, me percaté de que podía albergar un orgullo que me doblaba en talla y podía lastimarse fácilmente. Creo que nunca me quedé el tiempo suficiente para que Pepito me buscara espontáneamente. Generalmente solo íbamos un par de días, durante el fin de semana, en seguida regresábamos a la ciudad. Hasta que nos llevamos a la abuela y ya no volvimos; ni nosotros, ni ella.

La mamá de mi abuela acababa de fallecer y mi padre detestaba la idea de dejarla sola en una casa que amenazaba con desplomarse encima suyo de un momento a otro. Claro, tenía la compañía de Pepe…pero no podía compararse con la de su único hijo y la de su nieto. Así que fuimos a recogerla para que viviera con nosotros. La noté muy triste, pero el luto la había golpeado tan fuerte que no le sobraban fuerzas para discutir con su hijo, oponerse a esa decisión improvisa. Aceptó su voluntad, armó sus maletas y se marchó con nosotros. También se llevó a Pepito. Aunque siempre había resaltado que no era su dueña, que él no le pertenecía, decidió desarraigarlo de su hábitat natural, de los árboles entre los que había aprendido a volar, y llevárselo. Creo que, tras la muerte de su madre, su corazón no podía soportar una separación más.

Pronto Pepito, que estaba acostumbrado a sobrevolar espacios ilimitados, se encontró encerrado en un patio angosto, donde podía recorrer todo en un par de aletazos y la reja lo separaba de la carretera y de miles de insidias que acechaban en cada rincón de la ciudad. No era exactamente una jaula, pero muchas eran las semejanzas. Dentro de la casa también podía desplazarse libremente y, como de costumbre, pasaba mucho tiempo al lado de mi abuela, su vieja amiga cada día más cansada y apagada. Fue en aquel entonces que la piel de mi abuela se volvió del color de las cenizas, presagiando su destino final, y nunca recuperó su natural brillo. Pareciera que la vejez la hubiese asaltado repentinamente, porque desde ahí fue que perdió su vitalidad y empezó a deambular por la casa como un espíritu, sin hacer ruido, casi sin respirar.

Su salud física estaba impecable, pero una parte de ella, una que no puede verse ni auscultarse, estaba enfermando. Creo que, de alguna manera, ella sentía que Pepe compartía su mismo malestar, aunque no hubiera señales visibles. Ambos eran animales de campo, difícilmente podían sobrevivir en cautiverio. Se habían criado en la naturaleza donde todos los días transcurrían plácidamente y cada hilo de hierba se les hacía familiar. El ruido de los carros los aterrorizaba, la vista de los altos edificios donde se atestaban multitudes de desconocidos los turbaba, y los escasos árboles que adornaban las carreteras les procuraba nostalgia, los deprimía.

Ignoro cuándo mi abuelita tomó la decisión de liberar a Pepe. Solo recuerdo que, un día, mientras estábamos en la cocina —mi papá acababa de volver del trabajo— mi abuelita nos contó que Pepito se había escapado. Ambos nos apenamos mucho; mi papá le aseguró que lo iría a buscar y que lo traería de vuelta. Mi abuelita no gastó muchas más palabras, solo se limitó a comunicar la noticia. No la vi llorar, ni desesperarse, y tampoco nos dio detalles sobre cómo había ocurrido el accidente. A mí todo me parecía muy extraño. Había pasado toda la tarde en mi cuarto, jugando, y no había oído ni una sola vez que mi abuelita pronunciara el nombre de Pepe, que lo llamara con cariño como cuando se alejaba. Además, ya había pasado que las ventanas se quedaran abiertas y Pepe jamás se había atrevido a escapar. Todos creíamos que el miedo a la jungla de cemento lo detuviera.

Nadie me saca de la cabeza que la desaparición de Pepe no fue accidental, que existe otra versión que se ajusta más a los hechos. Mi abuela lo llevó en su palma hasta la ventana y ambos se asomaron con una mezcla de excitación y reticencia. Él tenía alas, pero ella no. Ella tenía que quedarse, pero no él. Con un pequeño empujoncito, lo animó a desplegar las alas y a tomar el vuelo. Él entonces se elevó en el cielo gris y, sin mirar atrás, se dirigió hacia el azul de las tierras donde habían vivido felices. Mi abuela siguió lánguidamente con sus pupilas el plumaje color absenta de su amigo hasta que, finalmente, se volvió un faro en el horizonte.

E.

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2 thoughts on “La lección más difícil”

  1. Feliz de volver a encontrarme aquí, en tu biblioteca de historias maravillosas. Hoy me dediqué a comentarte allá del otro lado, pero también quería venir por aquí, porque te debía unas cuantas visitas.
    Te soy sincero de que me apena la escasa acogida que tienen las líneas largas en aquella casa. Si supieran el tesoro maravilloso que guardan tus letras, las devorarían…
    Pero no importa, los poquitos que amamos las prosas, entendemos y valoramos.
    Yo he disfrutado al máximo esta obra. Excelente calidad, maravilloso mensaje, enseñanza profunda, bien ilustrada. Perfecta narración, atrapante, emotiva… qué más se puede pedir?
    Te aplaudo, amiga E, feliz de volver a visitarte en tu home.

    Abrazos fuertes.

    Hulussi_Ñe’êpoty®

  2. Qué gran honor volver a recibirte por aquí. Ya leí tus comentarios en el foro y bueno…siempre me regalan una sonrisa que me dura todo un día! Yo tampoco te voy a mentir; cuando exteriorizo mis palabras, mis historias, es también para que otros las puedan leer. Si no, las guardaría en algún rincón de mi cabeza y no dejaría que se separen de mí. Sí deseo que me lean, que me lean cuantas más personas. Sin embargo, no es solo para complacer mi ego, aunque admito que es una componente que también influye, sino que acaricio la ilusión de que mis palabras puedan ser utiles y llegar a quienes las necesiten. Que se injerten en sus corazones y actúen como una medicina. Siento que, en cierta medida, justificarían mi presencia en este mundo.
    Gracias, querido colega de letras. Gracias por mantener viva mi ilusión.
    Un abrazo,
    E.

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