carpeta escolar

Se quedó inmóvil frente a esa puerta ancha color crema un largo rato, antes de tener el valor de tocar. Escuchaba las voces agudas de los niños y la voz autoritaria de la maestra que intentaba callarlos, pero no podía distinguir ninguna palabra familiar. Trataba de separar algunos sonidos de esa bulla amorfa y atribuirles algún significado, aunque sea uno que le demostrara que esforzándose podía llegar a entenderlos y así se animara a ingresar. Pero no lo encontraba. Se concentraba tanto que el sudor empezó a formarse en el borde de su frente y por instantes se le iba la respiración.

¿Cuánto habrá pasado? ¿Cinco minutos? ¿Diez? ¿Veinte? Había estudiado todas las vetas y marcas del tiempo sobre esa puerta que más le parecía un muro altísimo e infranqueable, como las partes en que la pintura se había deteriorado dejando descubierta la madera en su estado natural. Las voces que provenían desde el interior se apagaron, como si alguien hubiese cortado bruscamente los cables que le pasaban la corriente. Y en ese silencio que era universal su mente por fin pudo descansar de las especulaciones y vanas interpretaciones. Tocó la puerta. 

“¡Adelante!” dijo una voz de mujer adulta. Rachel asumió que esa era la señal para que pasara y obedeció. Abrió la puerta despacio, como si del otro lado la esperara un emboscada o la bruja malvada que la perseguía en sus pesadillas. La recibieron la cálida sonrisa de la mujer que le había concedido el permiso de entrar y una cincuentena de ojos curiosos que voltearon a mirarla con tal sincronía que parecían pertenecer a un solo cuerpo. La maestra, que estaba sentada en un escritorio frente a los alumnos, se paró para agarrarla de un hombro y conducirla hacia el medio del salón. “¡Te estábamos esperando!”, dijo mientras las mejillas de Rachel tomaban gradualmente el color del suéter que llevaba puesto y, al darse cuenta de que todos los demás vestían un uniforme, hasta superaron en intensidad la tonalidad de su prenda.

“Niñas y niños, les presento a Rachel, su nueva compañera”, dijo la maestra. “Yo soy la maestra Hanna, querida, y estos son tus compañeros…”. “¡Hola, Rachel! ¡Bienvenida!”, respondieron en coro los alumnos. Ella se limitó a sonreír avergonzada a todos esos nuevos rostros. El semestre ya había empezado hacía tres meses y Rachel no imaginaba que su llegada sería el acontecimiento del año, ni que los niños la estaban esperando desde hacía una semana con tanta ansiedad. En un pueblo tan chico, donde todas las familias eran vecinas, el hecho que llegara una niña desde tan lejos, de otro país, era una novedad que no podía dejarlos indiferentes. Rachel no lo sabía, pero ella era la causa del clamor que esa mañana la había intimidado, de las voces estridentes que en realidad solo estaban manifestando todo su entusiasmo.

“¡Seguramente es negra!” decía un niño. “Hablas sandeces; los negros viven en África y ella no viene de África!”, le contestaba una niña que adoraba la geografía. “Yo les digo que va a ser verde”, exclamó otro que había visto demasiadas películas de ciencia ficción. “¡Espero que sea bonita!” afirmó uno que tenía un futuro prometedor de Don Juan. “¡Mi mamá me dijo que nos va a contagiar los piojos!” sentenció una niña de rulos largos y dorados. Ahora que Rachel se encontraba frente a ellos y que ya no podían jugar a imaginarla, la realidad resultó ser ligeramente decepcionante. Rachel tenía un aspecto común, era de un tamaño regular, de piel trigueña y ojos marrones, y lo más anómalo de su persona era que no había dicho ni una sola palabra en todo ese tiempo.

¿Puede que fuera mudita, y que la maestra había olvidado de mencionarlo? Pero, de pronto, la voz de la maestra Hanna desmintió esas dudas. “Rachel no habla nuestro idioma, todavía. Pero denle un poco de tiempo y verán que lo hablará mejor que ustedes!”, dijo en tono burlón. “No va a ser solo mi tarea enseñarle a hablar nuestra lengua, ustedes también van a tener que poner de su parte, conversándole y tratando de pronunciar las palabras lentamente. Si ven que no les entiende también pueden hacerles dibujos, ya que todos son muy buenos artistas!”, agregó para alentarlos.

Mientras tanto Rachel se había ensimismado; se sentía como cuando se hundía en apnea dentro del mar y las voces llegaban a sus oídos como sonidos distantes amortiguados por el colchón de agua que tenían que atravesar. Observaba las paredes blancas del salón que estaban tapizadas de dibujos de animales, niños y criaturas mágicas en fondos de colores vivos e hipnotizantes, y carteles con palabras en una letra cursiva redondeada e infantil. Podía reconocer algunas letras, la mayoría en realidad, que eran las mismas que formaban el abecedario de su lengua, pero había otras que nunca había visto. Por ejemplo una con un raro sombrero en forma de ola. 

Barrió con la mirada cada punto del espacio, con la esperanza de que dejara de infundirle tanto miedo y que sus piernas ya no siguieran temblando. Luego volvió a mirar la puerta por donde había entrado con la tentación de salir corriendo a los brazos de sus padres que quizás estarían esperando por ella. Sin embargo, recordó todo el esfuerzo que le había costado lograr cruzarla y se dirigió con decisión hacia la carpeta vacía que le estaba indicando con el dedo la maestra Hanna. Se sentó, colocó su mochila a los pies de la silla, y empezó su primera hora en el tercero B de la escuela primaria Palomino Juárez. 

El primer día de escuela le pareció interminable. Rachel se la pasó copiando en su cuaderno la sucesión de palabras que la maestra escribía en la pizarra, sin saber por qué lo hacía ni de qué le habrían servido. Miraba el reloj cada dos segundos para verificar si mágicamente las agujas habían avanzado hasta las doce, señalando la hora de su salvación. Sentada en su sitio, trataba de moverse lo menos posible y no cruzar la mirada con nadie. Imaginaba que su carpeta delimitaba su área de seguridad y que si no sobrepasaba su perímetro nada malo podía ocurrirle. Se concentraba únicamente en la pizarra y en el reloj, y apenas movía su muñeca derecha para sostener el lápiz, teniendo cuidado que sus codos no sobrepasaran el borde de la madera.

Con los nervios a flor de piel, estaba segura de que si se distraía aunque sea un segundo, si salía de la cápsula invisible que se había construido, podía romper en llantos. Si se daba cuenta, por ejemplo, que sus compañeros seguían mirándola fijamente como si fuera un objeto extraño, o que estaban murmullando, posiblemente burlándose de su estúpido flequillo —que ella nunca había querido, y que su mamá le había impuesto— o de su suéter rojo. De lo necia que era por no haberse puesto el uniforme del colegio en su primer día de clases. Y si lloraba, eso habría decretado el fracaso irreversible de cualquiera posibilidad de integración, habría seguido siendo la niña rara, “la extranjera” hasta el día de su diploma.

De pronto el sonido trémulo de la campanita la hizo sobresaltar y reventó su burbuja. Por suerte, como todos los niños estaban ocupados en gritar, levantarse de sus pequeñas sillas y correr hacia el jardín de manera compacta, como un huracán, nadie le hizo caso. Podía por fin respirar de alivio y estirar sus articulaciones entumecidas. Cuando, improvisamente, desde atrás se le acercó una niña de trenzas que le habló: “Mucho gusto, Rachel, me llamo Leila.” Rachel sonrío a esa niña que parecía inocua y cuyo nombre le sonaba melodioso. “¿Quieres venir a jugar conmigo?”, le preguntó. Rachel miraba perpleja el movimiento de sus labios, incapaz de aferrar su sentido. Entonces Leila la agarró impetuosamente de una mano para llevarla al jardín, pero Rachel, muerta de miedo, se escapó y regresó a su cápsula invisible. Intervino entonces la maestra Hanna que había estado observando toda la escena: “Déjala, Leila. Jugará contigo otro día. Anda con tus compañeros”. Leila se fue con los hombros caídos.

Luego la maestra Hanna le dijo a Rachel que se acercara, llamándola con la mano. Viendo que no tenía nada para comer le invitó la mitad de su sándwich: “Rachel, has sido valiente hasta ahora. Eres una niña muy valiente —dijo. Yo no puedo volver a empezar las clases desde cero porque tus compañeros necesitan seguir avanzando. Pero he pensado que, quizás, te gustaría venir a mi casa por las tardes y revisar juntas lo que tus compañeros ya estudiaron”. Se ayudaba con gestos para que la niña la entendiera, pero sin tener mucho éxito. Sin embargo, Rachel notó que la profesora que habrá tenido la edad de su abuela —¡cómo la extrañaba!— se estaba preocupando por ella, y lo apreció. Le caía bien esa maestra.

Al terminar las clases, la maestra Hanna repitió pacientemente su propuesta frente a la mamá de Rachel que había ido a recogerla, y desde esa misma tarde, Rachel empezó sus clases particulares. Se reunían todos los días a las tres. Rachel llegaba puntual frente a la casita de ladrillos rojos, se ponía de puntas para tocar el timbre, y su maestra siempre la recibía con té y galletas. Al principio, como todavía Rachel no podía conversar mucho, la maestra le enseñaba sus álbumes de foto: de su juventud, del día de su boda, de sus hermanos y sobrinos. Lo que no pudo mostrarle fueron las fotos de los hijos que tanto habría querido pero que nunca llegaron.

Una vez, Rachel también le enseñó las pocas fotos de su tierra que habían llevado arrugadas en la única maleta con la que habían viajado sus padres y ella. Le enseñó el azul dorado del mar que bañaba su ciudad, y rotando los brazos como si fueran una hélice le explicaba que extrañaba nadar. Le mostró la foto de sus abuelos mientras posaban abrazados y otra en la que aparecía ella vestida de varón junto con sus primos, todos sudados y embarrados después de haber jugado a las chapadas una mañana entera. Terminada la merienda, se ponían a trabajar hasta las cinco. Al finalizar la clase, a veces Rachel se quedaba un poco más para mirar los dibujos animados ya que en su casa no tenían televisor.

“Rachel, concéntrate. Tú puedes hacerlo. Lee el párrafo.” Rachel estaba sentada con la cabeza inclinada en dirección de su libro. Sentía las miradas de todo el salón que la presionaban. Había pasado casi un mes desde aquel primer día de clase y había realizado progresos enormes. La maestra Hanna estaba orgullosa de todo lo que había aprendido en pocas semanas, y creía que había llegado la hora de que Rachel volviera a ser la niña exuberante que era en su tierra y abandonara la capa de timidez con la que se protegía tercamente y que no le pertenecía.

Rachel vio cómo le sonreían los ojos celestes de la maestra Hanna, su primera amiga en ese país extranjero, vio a Leila, la que se convertiría en su mejor amiga de por vida, que apretaba sus pequeños puños como si estuviera haciendo barra por ella. Vio la puerta color crema, su amiga y enemiga, y se convenció de que era el momento de dejar afuera sus temores. Decidió no volver a pensar en lo que había dejado atrás suyo y centrarse en lo que había encontrado de este lado de la pared y del mar, luchar para ocupar un nuevo lugar y sentirse nuevamente en casa. Se aclaró la garganta y leyó sin miedo y sin pausas: “El-sol-bri-lla-ba-so-bre-toda-la-lla-nura.Era-el-día-per-fec-to-para-orga-nizar-un-lindo picnic.”

E.

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