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Ese enano había acertado en todo. Mi vida había sido un mar de lágrimas y había conocido el rostro escuálido y despiadado de la pobreza. Y no solo su rostro. De la pobreza conocía cada recoveco, me encontraba a su merced, envuelta entre su brazos delgados y podía contarle todos los huesos. Me abrazaba como una madre, una madre egoísta que se niega a aceptar que sus hijos crezcan y busquen lejos su felicidad. Absorbió mi energía vital y dejó un profundo invierno en mi corazón que sepultó bajo su hielo todas las esperanzas de mi juventud. Cuando aún era una chica de cabellos largos y ganas infinitas de morder la vida como si fuera una sabrosa manzana. Cuando me escapaba a escondidas y bailaba toda la noche hasta que me dolieran los pies, y me acostaba medio mareada viendo las estrellas en el techo, pero con una enorme sonrisa dibujada.

En ese entonces los chicos se contendían mi interés, hasta llegaron a los golpes por mí. Mientras que ahora, me miro al espejo y no logro encontrar ni siquiera un solo detalle que pueda haber pertenecido a esa joven hermosa y un poco loca. Ni un solo indicio que me conecte con ella, o que por lo menos pueda probar que haya existido y no sea el fruto de mi industriosa imaginación. La busco y no la encuentro; no está en mis ojos apagados y perennemente hinchados por todas las noches que pasé en llantos. No está en mi piel manchada y áspera, surcada por arrugas que aparecieron con una prisa cruel. No la encuentro en mi boca que se ha empobrecido por todas las veces que no pude recurrir al dentista a tiempo. Mis labios los veo más delgados, desgastados; los consumí de tanto mordérmelos en el esfuerzo de ahogar mis sollozos. Hasta la protuberancia que se encuentra en medio de mi rostro no se parece en nada a la nariz finita que todas me admiraban.

Nadie te dice que con la edad los lineamientos pueden mutar y hasta doblar de talla, cuando se refieren a los cambios físicos. Para mí, en todos casos, fue una sorpresa. Te avisan que se te cuelga la piel, que puedes subir de peso, que el pelo se te blanquea y que tu espalda se encoge, pero nadie nunca menciona ni orejas ni narices. La gente suele aumentarme mínimo quince años de edad, y eso que mis cabellos todavía no han cambiado color. Pues al parecer mi familia no me transmitió el gen de las canas, junto con el gen de la desgracia. 

Y lo peor de todo es que creo que todo fue mi culpa, yo soy la responsable de mis miserias. Hasta ese enano me lo había advertido. A no ser que en realidad sus palabras hayan ocultado una maldición. Quizás fuese el diablo en persona quien tomó el aspecto de un ser inocuo y grotesco para disimular sus intenciones. Eso es lo que me digo cuando quiero sentirme mejor y pensar que no he sido ninguna bruta, solo una pobre mujer destinada a la infelicidad. Pero en el fondo sé que es una fantasía que invento para reconfortarme.

Caminábamos por la calle principal del pueblo junto con mi prima, tan libres y despreocupadas que parecíamos flotar. Nos reíamos con frescura y sin vergüenza, pues era la edad en que uno no piensa que su alegría impúdica pueda ofender a nadie. Se vive todo de forma desmedida y se suele creer que solo puede ser así. Se avanza por el mundo a paso de gigante, arrollando todo lo que encuentras. No se habla, se grita. Uno no se enoja, enfurece. Y no se ríe solo con la boca sino que con toda la cara y todo el cuerpo. Pasábamos por ahí, cuando ese hombrecito chistoso se nos acerca, sucio y atrevido. Nos dice que es vidente, que puede leer el futuro en nuestras palmas.

Yo estaba a punto de casarme con Pablo, solo faltaban pocas semanas para la boda y mi prima me insistió en preguntarle acerca de mi venturo matrimonio. Al final me convenció y dejé que ese personaje de cuentos de hadas tomara mi mano con sus dedos gordos y mugrientos. Escudriñó todos los pliegues de mi palma izquierda, la palma del corazón, y al final emitió su veredicto: “Si te casas con ese hombre, vas a sufrir. Vas a derramar incontables lágrimas, como las gotas del mar. Vas a perderlo todo y vas a ser muy pobre…”.

Yo y mi prima nos reímos, eran pocas las cosas que solíamos tomarnos en serio y las palabras de un enano estaban al fondo de la lista por obvias razones. Con esa risa pensábamos exorcizar cada pequeña sombra que amenazara nuestra felicidad y barrer todas las malas vibras que se interpusieran en nuestro camino. ¡Qué ingenuas! “Fuera de acá, enano malo. Es usted un mentiroso”. Fue solo por pena que terminé dándole esa moneda que era el precio de su premonición. A los quince días me casé con Pablo y todo se degeneró con una velocidad espantosa.

Y pensar que lo tenía todo, que Diosito había sido tan bondadoso conmigo. A pesar de que naciera en una familia humilde, tuve una niñez feliz, rodeada por el amor de las Madres que me dieron un techo, comida, y sabios consejos que no supe valorar. Fue la mejor etapa de mi vida. Éramos seis hermanos y nuestros padres prefirieron dejarnos, a mi hermana y a mí, bajo la custodia de las monjitas del pueblo, para que nos cuidaran y no nos faltara nada. Fue la mejor elección. Fui a la escuela, terminé mis estudios de secundaria y hasta estuve a punto de graduarme de enfermera, tener una profesión, ser alguien respetable para mi hijos que, ahora, estarían orgullosos.

Al salir del hogar, seguí la sugerencia de las Madres, me mudé a la capital e ingresé como novicia en la congregación de las Carmelitas. Fue al poco tiempo que me di cuenta de que esa vida religiosa y austera no era para mí. Levantarme en plena madrugada para rezar el rosario y luego volver a rezar horas y horas a lo largo del día, lo consideraba sumamente aburrido. Habría preferido adorar al Señor con bailes alegres, cantos y risas, pero el reglamento no lo permitía. La Iglesia se encargaba de financiar los estudios a todas las monjas, así que las Hermanas que me criaron insistieron para que aprovechara esa oportunidad irrepetible, y que no me preocupara, una vez obtenido mi título de enfermera nada me impediría salirme del convento. Era un plan muy sensato, y todo habría salido bien si no hubiese sido yo una niña insensata. Conocí a un chico y caí rendida ante su sonrisa coqueta y sus palabras de halago. Me enamoré, y lo dejé todo para irme con él.

No tardó mucho en ponerme la mano encima por primera vez. En aquel entonces, había aceptado salir con un ex enamoradito del colegio y mientras estábamos conversando, Pablo apareció de la nada, me jaló de los pelos y me arrastró por el piso, en medio de la plaza, frente a una multitud de ojos morbosos y desconocidos. “¡Eres una mentirosa!”, me gritó. Yo lloré porque el piso era muy duro y me sangraba la rodilla, pero aún más porque se me estaba condenando frente a toda esa gente extraña sin tener la posibilidad de probar mi inocencia. El otro chico trató de defenderme, pero al final asumí mi culpa y me fui con Pablo, mientras me empujaba y me seguía gritando insultos irrepetibles. Pensé que de alguna manera lo había merecido y que si no volvía a mentirle, no me pegaría nunca más. Pero me equivoqué.

Él se reveló ser el más mentiroso, pero por cada mentira que le descubría, paradójicamente, yo seguía siendo la que terminaba tirada en el suelo, tragándome el dolor que como una roca oprimía mis pulmones y mi esófago, impidiéndome respirar, todo en el desesperado intento de dejar de llorar. Cualquier lamento, lo habría hecho recomenzar. Perdí la cuenta de todas las infidelidades, y de los moretones con los que amanecí tantos días de mi vida, echada a su costado. Todos esos días en que hubiera preferido no volver a despertar y en que las voces de mis niños reclamándome el desayuno me devolvían a la vida, a mi pesar.

Pero esto es nada comparado con el suplicio que me espera. Prefiero vivir diez vidas hundida en la pobreza y soportar que me rompan el corazón cien veces más, antes que eso. A lo largo de mi vida, cada pena, cada sufrimiento fue amplificado por la perspectiva de lo que estaba cada vez más cerca de ocurrir. Cada pena confirmaba esa última amenaza que parecía cada vez más inevitable y acortaba los días que me separaban de su cumplimiento. Siempre que se me abría una grieta en el corazón, sentía el eco de esas palabras malditas que retumbaban en mis oídos y que me causaban más dolor que el dolor mismo. No hay manera de escaparme de ellas. Han pasado muchos años, y he dejado de sufrir por mi marido, pobre diablo, su vida se podría acabar mañana y me tendría sin cuidado. Me acostumbré a la pobreza, a su tiranía.

Hay días en que hasta creo alcanzar la felicidad, la sorprendo en el rostro sonriente de mi nieta, y me sorprendo. Sin embargo, esa tragedia inminente que reposa en una esquina de mi cabeza se asoma de repente y me paraliza. Y de nuevo esas palabras que dan vueltas por mi mente, se han vuelto una piedrita en el zapato, minúscula pero puntiaguda, y no me dejan avanzar. Vivo constantemente con esta espada de Damocles suspendida sobre mi cuello, y lo que más me aterra es no saber en qué momento caerá encima mío.

Las palabras del enano más terribles, las que me hacen esperar, no sin una pizca de culpabilidad, que ya se encuentre varios metros bajo tierra y su muerte haya sido suficiente para revertir la profecía. Y es así que además de infeliz y pobre, también me siento podrida. “Si te casas con ese hombre, vas a sufrir. Vas a derramar incontables lágrimas, como las gotas del mar. Vas a perderlo todo y vas a ser muy pobre. Y, un día, tu hijo morirá siendo aún joven”. Ya van casi treinta años que, para mí, todos los días son ese día.

E.

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