La disposición de las casas que observo desde mi escritorio me hace pensar en un Tetris gigante. Ese videojuego –no sé si lo recordarán– que venía incorporado en las primeras computadoras y que consistía en colocar las formas geométricas que iban descolgándose del margen superior, de distinto color y tamaño, de modo que ocupasen el menor volumen posible. Los edificios, altos y cortos, de cinco o veinte pisos, cuadrados o rectangulares, parecen enclavijarse y querer cubrir toda la superficie visible; son las piezas de una construcción más amplia que sobresale del telón morado del cielo y concebida por un anónimo arquitecto con acentuados rasgos de esquizofrenia. Cada ladrillo de la obra alberga un sinnúmero de vidas, adivino sus presencias por los cuadrados luminosos que van multiplicándose y que parecen orejas, bocas y narices. Están llegando desde sus trabajos, otros han sido retenidos por jefes excesivamente demandantes o, en la mejor de las hipótesis, por reuniones improvisadas en algún bar no lejano de sus oficinas. Yo, al vivir en mi lugar de trabajo –o al trabajar en el lugar donde vivo, ¿cómo es más apropiado decir?– soy inmune a cualquiera de estos riesgos.

Lo curioso de las ventanas, de estos cuadrados luminosos que van tiñendo la ciudad de amarillo, es que se han creado con la función de mirar hacia afuera, dándonos la insensata ilusión, refugiados tras la sutil lámina de vidrio transparente, de no ser vistos. Pero dependiendo de dónde nos situemos, toda entrada es también una salida y, por lógica pura y dura, todo lo que puede salir de una ventana también puede ingresar. Tal como las partículas de polvo, las notas de una sinfonía y, por supuesto, las miradas indiscretas. En su mayoría, las ventanas que me rodean son cuadros que retratan a mis vecinos en sus actividades cotidianas. Tanto así que parecen todas copias de un original cuyos lugar y fecha de reproducción se han perdido en archivos no identificados. Rituales aburridos, desde hornear la cena hasta prender la televisión para ver las noticias, sobre los que se rige la vida acomodada de las familias pequeñoburguesas. Está de más decir que tales imágenes no llegan a entretenerme más que durante unos breves segundos. Otro es el objeto de mi atención, otra es la ventana cuya luz me seduce y embrutece, todos los días a esta misma hora, como si fuera una polilla indefensa, y cuya obscuridad hoy me inquieta.

Nuestros edificios se miran,
y yo te miro a ti
por la ventana
que dibujo en mi mente.

¿Qué la habrá atrasado? ¿Por qué no se asoma todavía? Las otras habitaciones están iluminadas, vislumbro sombras detrás de las cortinas y creo distinguir una que le pertenece. Se mueve lentamente, casi arrastrando los pies, y la silueta perfilada parece corresponder. ¡Sí! Debe de ser ella. Se está acomodando el pelo con una mano, como siempre lo hace. No con la intención de peinarse, pues claramente obtiene el resultado opuesto, sino para ayudarse a pensar. Como si las yemas de sus dedos pudieran exhortar sus ideas a compactarse y a emerger del magma de su pensamiento al igual que pequeños islotes flotantes. Balancea su cabeza hacia atrás y sus cabellos se liberan de su sombra. Es ella. Se dirige hacia su habitación; el lugar de nuestra cita diaria. Prende la luz. Su cuarto se encuentra justo en mi trayectoria visual, en el piso dieciocho del rascacielos que se yergue frente al mío. Siento que tal vez si estirara un poco más el brazo podría tocar su piel de matiz lunar. A veces rozo su imagen a través del vidrio y me pregunto si llega a percibirlo. La Rapunzel del piso dieciocho.

Qué bien te queda
la pálida luz de la luna
Qué bien te queda
ese halo de tristeza
que te hace suspirar
esa punta de angustia
que muestran tus manos
al navegar
entre las ondas
de tu cabello despeinado
encallándose en los nudos
de tu pensamiento.

Se asoma con voluptuosidad, respirando todo el aire que sus pulmones puedan abarcar, se infla como un globo que desea perderse en el firmamento. Luego, suspira resignada. Ese es el máximo grado de libertad al que puede aspirar. Se sienta sobre el alféizar y recoge sus piernas contra su pecho fatigado. Apoya la cabeza contra la pared y sus ojos empiezan a deambular por la ciudad con lasitud, conscientes de que su salvación no se esconde por las calles oscuras. La altura no le da vértigos, no obstante, trata de bajar apenas la mirada, atraída y aterrada por la posibilidad de que el abismo se abra debajo de sus pies para engullir sus huesos, como si fuesen de plomo o de cualquier otro metal pesado.

Tus ojos se pierden
no en el espacio exterior
sino en la inmensidad del
espacio que es solo tuyo
y contemplas tus heridas 
como hoyos en la noche
como hoyos donde temes
precipitarte
sin que nadie pueda
salvarte.

Parece un gato en una jaula, pero sin su agilidad ni las seis vidas adicionales. Los ruidos que suben hasta nuestros oídos no la desconcentran, no logran alcanzarla donde sea que se encuentre en este momento. ¿En un crucero en el medio del Caribe? ¿Por los Campos Elíseos de París? ¿Bajo algún rascacielos neoyorquino? ¿Sobrevolando las pirámides de Egipto? ¿Está reviviendo momentos de su pasado o proyectando las vivencias que más quisiera recordar en un futuro? No, nada de esto. No tiene pensamientos felices, sus pensamientos son opacos como el cielo que se va ennegreciendo encima nuestro y envueltos por una densa neblina que ni ella es capaz de disipar. ¿Por qué ese aire acongojado? ¿Qué le desplace de la torre sobre la que se eleva y que la acerca a Dios y a los pájaros? ¿De qué más la está alejando? A la princesa no le interesa estar viviendo en un palacio, si pudiera se evaporaría como sal marina. ¿A dónde? No lo sé. Sabe que no es feliz y que no existe ningún lugar en la tierra donde podría sentirse un poco más feliz.

Espío tus movimientos,
en la penumbra.
Tú no me ves,
pero tu boca sigilada
me está pidiendo ayuda. 
Me gustaría obsequiarte
tus lágrimas, ensartarlas
como perlas
en una pulsera
que te recuerde
lo hermosa que eres.
Para saberlo no necesitarás
de espejos,
solo tendrás que mirarte
el pulso.
El pulso donde
brillan tus lágrimas,
el pulso donde
fluye la vida.

Una ráfaga de viento la sacude repentinamente y sus cabellos negros se pegan a sus labios húmedos. Logra domar su mechón, lo cohíbe con resolución tras su oreja izquierda. Entrecierra los párpados. Empieza a cavilar sobre esa sensación de insatisfacción y le irrita no conocer el origen. Se tapa el rostro con una mano; incluso en ausencia de testigos siente vergüenza. ¿De qué? Es obvio; de ella misma. Seguro está nuevamente pensando que termina estropeando todo lo que se encuentra a su alcance. ¿Ha tenido una vida triste? Triste y feliz. ¿Ha sido abusada? ¿Maltratada? No más que otras. ¿Se siente amada? Sí, tanto como ella nunca sabrá hacerlo. Entonces no se conforma. Es su culpa. Dice que sí, se lo dice a sí misma. Detesta que se le imponga actuar como una adulta, cuando se siente todavía una niña asustada, pero también que se le trate como una cría cuando su cuerpo bien formado no deja duda de que es una mujer. Frunce el ceño, empezó la guerra.

Quisieras transformarte
en una pluma,
lo sé.
Dejarte caer, arrullar
por el viento y aterrizar
sin que puedan rastrear
el sonido de tus
zapatos.

Tú eres
la Rapunzel del piso dieciocho
y tu pelo es tan fino
que no puedo treparlo.
Es tan suave que mis manos
se deslizarían,
es tan débil que
no soportaría
mi pesadumbre.

Yo no puedo ayudarte.

Su cuerpo es un campo de batalla. Es una y muchas. Las mujeres que la conforman se agitan, se empujan, se amotinan. Todo para invadir, aunque sea un centímetro más del espacio que a ninguna le sobra. Son hermanas y como hermanas se pelean. Y cuando complace a una, la otra llora. Entonces a veces no hace nada; ni para una, ni para la otra. Se estanca. Sería más fácil si se separaran, si cada una pudiera seguir su camino, pero en esta única vida que le ha tocado ella debe aprender a contenerlas. A sofocarlas un tantito, tal vez, pero sin dejar que se les acabe el aliento. ¡Ay, Rapunzel, cómo pesa la mortalidad sobre el vientre que engendra la vida! Necesitaría de una vida para ser la más bella, de otra para ser la más sofisticada, otra una ilustre intelectual, otra una indetenible viajera, otra una lideresa que inspira las masas. Otra más para ser la hija más atenta, la esposa más sensual, la madre más entregada. ¿La habilidad que tienen las hijas de Eva de hacer más cosas a la vez no ha surgido acaso para compensar su incapacidad de ser más cosas a la vez? Todos los sueños incumplidos, las vidas fallidas, solo son las sombras de la eternidad a la que fue destinada desde el día de su nacimiento.

Sé que estás atrapada
que te sientes aplastada
entre las nubes y las flores
que te han confinado
en contornos
donde no caben
las mujeres que cohabitan
dentro de ti.
Amorfas, desordenadas, caóticas
y hermanas
incluso si
a veces
se hacen la guerra.

Cada día debe hacer malabares, para mantenerse entera, y su esfuerzo titánico pasa desapercibido. Pues no puede ir gritando por ahí: “¡Ayúdenme, siento que me disgrego!”. ¿Quién la comprendería si ni ella se comprende? La tomarían por loca, y sí, efectivamente entre sus múltiples facetas también hay una que ha perdido el juicio –o quizá nunca lo tuvo. Pero si quisieran encerrar a la loca, la cuerda también terminaría en el calabozo. Son indisolubles.

No se puede ordenar el caos,
el caos
está hecho para estallar.
Para arrasar todo
hasta que nada
quede igual.

Alguien llega por detrás de sus espaldas, le habla, pero parece no oírlo. Entonces le acaricia la nuca y ella se gira de golpe. Lo mira y se ríe, liberándose de la tensión que había estado gestando. Se levanta del alféizar y se recompone en su abrazo. Vuelve entera por un tiempo todavía indefinido.

Rapunzel, es pronto, todavía,
para saltar.
Deja que el caos
que acrecientas
derribe la torre
que te aprisiona,
como si fuese papel.

Sin que se oiga
ni un solo grito.

Él sale del cuarto, asumiendo que ella irá detrás y ella da un paso para seguirlo cuando de repente se bloquea y se voltea despacio, titubeante, exacerbando mi angustia. Clava sus ojos en los míos como puñales que me excavan por dentro. Me ve. La veo. Me veo a través del vidrio que no era más que un espejo empañado.

E.

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3 thoughts on “La Rapunzel del piso dieciocho”

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