Crecí en una familia como muchas más, compuesta por mi madre, mi padre y yo. Digo que se trataba de una familia típica porque hoy sé que las familias disfuncionales son numerosas y no esporádicas excepciones. En realidad, cuando era pequeña, no creía que la mía fuese una familia común y no pasaba noche sin que empapara la almohada, convencida de que era la única niña en el mundo a la que le fuese negado el calor de un nido donde reinaran la armonía y la serenidad. Disfuncional. Es un término que aprendí muchos años después, cuando me aprestaba a formar una familia mía, con mi esposo y los hijos que pronto, según nuestros planes, habrían correteado entre las paredes frescas de pintura de nuestro nuevo departamento.

Lo leí en un manual para padres noveles que había comprado con la ilusión de prepararme adecuadamente a ese gran empeño, a cuidar de vidas que no nos pertenecían, pero cuyos últimos responsables, para bien y para mal, seríamos nosotros. Sin embargo, también lo hice con la idea ni tan inconsciente de evitar repetir los errores cometidos por mis padres en el transcurso de su matrimonio y cuya principal víctima colateral fui yo. Ofrecer a mis hijos una familia diametralmente opuesta a la que me había tocado a mí y de la que no había heredado ningún baúl de recuerdos felices, más bien un ajuar de complejos del que hubiese prescindido con gusto. Entonces, como suelo hacer cuando me propongo un objetivo cuyas coordenadas desconozco, fui a buscar las respuestas a mis inquietudes en los libros.

Disfuncional. Es un concepto que a lo mejor han acuñado recientemente, pero el objeto que designa es mucho más antiguo, lo demuestran las canas que ya ni me molesto en ocultar. Más leía el recuadro que encerraba su definición y más crecían las inquietantes similitudes que iba encontrando con mi propia vivencia. Palabra tras palabra, me percaté de que estaban describiendo con extraordinaria precisión mi infancia y mi adolescencia. ¿Acaso conocer la palabra adecuada para referirnos a nuestra realidad habría cambiado el curso de los acontecimientos? Para todas las partes interesadas era evidente que, en las relaciones que entreteníamos, no había gran cosa que “funcionara” y no servía una palabra que lo certificara. Pero, pensándolo mejor, llamar las cosas por su nombre habría marcado por lo menos una liviana diferencia.

Saber que no éramos los únicos atrapados en aquel infierno nos habría de alguna forma reconfortado. Saber que habían creado esa precisa categoría para incluir multitudes de casos que presentaban las mismas lamentables características, y no solo el nuestro, quizá nos habría hecho sentir menos culpables de nuestra infelicidad. Nos habría desatado de un hipotético deber de escondernos tras una apariencia de normalidad ante los ojos de las personas que considerábamos más felices y razonables que nosotros. La infelicidad familiar era un delito que no se perdonaba y nosotros nos encontrábamos aplastados entre el peso de la violencia, que era el único lenguaje hablado en nuestra casa, y el de la mentira que teníamos que actuar diariamente. Frustrados por la idea de que la imagen que proyectábamos era un ideal que nunca habríamos alcanzado, pero no por tal razón dispuestos a despojarnos de las máscaras de esposa servicial, marido premuroso e hija modelo. Es agotador tener que fingir ser una hija mimada y motivada a enorgullecer sus propios padres cuando se es en realidad una niña llena de heridas y de miedos.

La abundancia de riquezas y comodidades que nos brindaba nuestro estatus social jugaba a nuestro favor, facilitándonos la tarea de presumir de un bienestar real en el plan material, pero falso en todos los demás aspectos. La pátina de frivolidad que envolvía nuestra vida desviaba las miradas de los curiosos de la substancia y llamaba su atención teñida de envidia sobre la forma, sobre el tulle y el satín que la ornamentaban sin jamás nutrirla. Nuestra condición era muy privilegiada en años en los que no se percibía la pobreza como un problema para solucionar, sino como una de las declinaciones de la existencia, una de las múltiples consecuencias de las diferencias innatas entre las personas y que las dividía en altas y bajas, gordas y flacas, emprendedoras y haraganas, ricas y pobres. La ciudad estaba plagada de pobres, incluyendo nuestro barrio adinerado. Pero nosotros no los llamábamos así y nos referíamos a ellos con el título más edulcorado de servidumbre, el cual no ponía el acento en su desgracia sino en el beneficio que nosotros derivábamos de ella.

En casa estábamos rodeados por la servidumbre: había dos o tres criadas encargadas de la limpieza, una cocinera, un chofer y mi nana. Nosotros éramos minoría, pero yo me pasaba a su bando cada vez que tuviera la ocasión. Mis padres me dejaron comer en la cocina con ellos hasta los once años y nunca lo vi como un castigo o una privación. Al contrario, me sentía feliz de poder comer gustosamente sin tener que preocuparme de los buenos modales. Podía mezclar los diferentes componentes del plato, si así me parecía más sabroso, comer con la prisa que el hambre me dictaba y hablar libremente, incluso con la boca llena. Sin que nadie me reprendiera o me lanzara torvas miradas. Y sobretodo sin tener que respirar el clima de tensión que rodeaba los almuerzos de mis padres en la sala, ni escuchar las palabras cargadas de resentimiento que se dirigían en medio de discurso superficiales, entre un “pásame la sal” y un “pásame el pan”. Siempre listos a aguijonearse con una tal malicia que no entendía cómo hiciera para no averiar todo lo que masticaban. Las raras veces en que los había acompañado, se me había dificultado la digestión, impidiéndome luego conciliar el sueño.

La manera en que se repelían cada vez que superaban la distancia de seguridad, como fuesen agua y aceite, volvía arduo el intento de imaginar un tiempo en el que estas personas, tan distintas entre sí, habían elegido estar juntas por puro placer y no por obligación. O que hubiesen sido arrolladas por el ímpetu de la pasión que había desembocado en mi engendramiento. Sin embargo, fue lo que ocurrió: aquel tiempo en que mis padres, antes que así los llamara, no solían mirarse con desprecio sino con ojos soñadores, realmente había existido. Se casaron por amor cuando ambos habían ya pasado la treintena. Tarde, según los estándares de la época, aunque no debido a una falta de oportunidades de ninguna parte. Ambos eran atractivos y de buen semblante. Mi mamá era una mujer alta, curvilínea y sus grandes ojos verdes hipnotizaban a quien sea, como gemas capaces de despertar el deseo de quienes las contemplara. En cambio mi padre era de baja estatura, pero sus modales distintos y elegantes lo cubrían con un aureola de encanto que complementaba los centímetros que le faltaban. Él también tenía ojos claros, tan celestes que parecían glaciales a punto de derretirse.

Antes de comenzar su noviazgo, ambos conocieron otros amores, pero nunca se tradujeron en promesas de matrimonio. Mi padre se había dedicado completamente a su carrera, tratando de alcanzar una posición de prestigio estable que le permitiera proveer a sus hijos de todos los bienes materiales que a él le habían faltado desde la cuna. Fue así como, de a pocos, de aprendiz llegó a ser un chef reconocido y solicitado por los personajes más ilustres de la ciudad. Mientras que en el caso de mi madre fue mi abuela quien, con su carácter autoritario y sobreprotector, constituyó el mayor obstáculo e intentó disuadirla del propósito de casarse mediante manipulaciones y subterfugios dirigidos a postergar el día en que habría abandonado su lado. Le enseñó a desconfiar de la barata retorica masculina, tomando como ejemplo el engaño con el que ella misma había sido engatusada y que la había condenado a criar dos hijas sola, mientras que su esposo vagaba libremente por el mundo, sin que ni su billetera ni su conciencia se viesen perturbados en lo más mínimo. Gracias a sus diatribas, logró evitar durante largo tiempo que las citas de mi madre se prolongaran, poniendo en tela de juicio las intenciones de todos sus pretendientes que juzgaba culpables aun antes de ser procesados, y sin que sus defectos y virtudes fueran considerados, sino por la sencilla razón de pertenecer a un único pernicioso género.

Cuando mi mamá conoció a mi papá, la tiranía materna ya no ejercía la misma influencia sobre ella, puesto que se encontraba entonces bajo la influencia más visceral e incontrovertible del reloj biológico. Y dado que el reloj de mi padre estaba bien sincronizado, tanto como sus proyectos de corto plazo, se enamoraron, se casaron y al final nací yo. Es probable que mi nacimiento constituyera la cumbre de su idilio amoroso y hay algo trágico y cómico al mismo tiempo en el hecho de que yo, la coronación de ese amor, o si prefieren su encarnación, de ese día tan memorable no guarde ninguna memoria. Del cariño que se habían tenido no encontraba ningún rastro, exceptuando mis ojos donde se habían fundido el celeste y el verde de los de ellos, como dentro a un abrazo que un tiempo había enlazado sus cuerpos. Pese a ello, a veces, incluso esa mezcla que había requerido de ambas participaciones no bastaba para hacerme creer en aquel amor tan remoto; y, es más, estudiándolos con más detenimiento no me parecía que los colores de mis ojos fueran a abrazarse, sino que estuviesen luchando al fin de diluir el derrotado hasta hacerlo desvanecer. Quizá nazca de esta sensación, el sentimiento encontrado que nutro hacia este rasgo físico tan peculiar y que muchos elogian.

Una vez casados decidieron abrir un restaurante, invirtiendo una buena cantidad del capital que mi papá había logrado juntar sacrificando su vida social y sentimental, y la dote que había obtenido a raíz del matrimonio con mamá. Con mi padre que dirigía la cocina y mi mamá a cargo de la administración y del servicio a los clientes, el restaurante no tardó en convertirse en uno de los lugares de encuentro de la alta sociedad en el que confluían actores, diplomáticos, políticos, médicos y abogados de envergadura, y que en su mayoría eran amistades que mi padre había adquirido gracias a su fama y a los múltiples premios gastronómicos que le habían otorgado. Toda esta clase de personajes acudía al restaurante con frecuencia, no solo para degustar las creaciones que incorporaban el talento de mi padre, sino también para mostrarse en ese contexto exclusivo e incrementar así su notoriedad. Participaban de un circo en el que todos repetían el mismo guion trillado y monótono, sin variaciones ni golpes de efecto, articulando discursos siempre iguales y que no tenían ningún fin más allá de reclamar un lugar bajo la luz de esos reflectores. Nosotros también nos prestábamos a ese juego ocioso y remilgado y rotábamos entre las mesas aceptando la invitación de los huéspedes que se disputaban nuestra compañía.

Cuando mi madre me llevaba con ellos, ordenaba a mi nana ponerme uno de los vestiditos, de todo color y tejido preciado, que desbordaban de mi armario y encendían mi vanidad. Luego le hacía peinarme para que destacaran mis rizos, atribuyéndoles volumen y simetría, hasta hacerme asemejar a una muñeca de porcelana. En efecto, me habían rebautizado como “la muñequita”, y yo me sentía muy halagada y bien dispuesta a confundir esos lánguidos apodos con las muestras de cariño que mis papás, ocupados como estaban en hacer progresar el negocio, no me dirigían. Gracias a las ganancias vertiginosas que consiguieron de aquel emprendimiento, nosotros también entramos de pleno derecho al círculo de los más acomodados. Pero si, por un lado, mi madre se sentía entusiasta e impaciente de adoptar un estilo de vida apropiado a su nueva cuenta corriente, por el otro, mi papá tenía ideas muy divergentes.

Continuará…

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2 thoughts on “Las escorias del pasado (Parte I)”

  1. Cruda realidad de un término desdichado. Un término que representa lamentablemente un altísimo porcentaje de las ¿”familias”? de hoy en día. Cada vez más, siempre triste, siempre doloroso. Egoísmo y amor solo para sí mismos, donde no se brinda y no se enseña a brindar, sino a exigir y reclamar. Una maquinaria fabricante de generaciones destruidas. Llenos de cosas pero vacíos de todo afecto y amor verdadero.
    Gracias por traer un tema tan útil sobre la mesa.
    Calidad única, tu estilo, tu firma, querida amiga.
    Un placer enorme leerte. Siempre un grato tiempo, invertido, edificante y disfrutable.

    Te dejo un abrazo inmenso, esperando la llegada de la segunda parte!!!!

    Con todo afecto,

    Hulussi_Ñe’êpoty

    1. Así es, querido amigo. Pero no creo que sea solamente un rasgo de las familias modernas, más bien hoy en día las familias han dejado de querer ostentar una perfección inalcanzable y, desde mi visión, eso formaba parte del problema. El miedo a ser honestos por el “qué dirán”, la hipocresía, han ido quedando atrás y esto es un avance a mi parecer. Pero obviamente no es suficiente, el egoísmo como lo mencionas, o el materialismo, son muy arraigados. Nadie nace sabiendo cómo ser padre o madre y lamentablemente algunos nunca lo aprenden. Gracias por tu visita, tu opinión es muy valiosa y siempre añade algo a mi reflexión.
      ¡Mañana sale la segunda parte! 🙂
      Un abrazo enorme,
      E.

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