mesa reservada

Era una pareja bastante original y algo excéntrica. Todos los días ocupaban la misma mesa en la terraza climatizada del local, la primera a la izquierda contando desde el pasillo de ingreso, para que los meseros pudiesen verlos y atenderlos prontamente. No hacía falta llevarles la carta del restaurante, pues siempre pedían el plato del día, y los feriados que no había menú ya sabían de antemano lo que habrían comido. Encima del mantel color púrpura que cubría la mesa, al lado de unas flores de adorno sin aroma, se podía leer una nota donde estaba escrita en letras mayúsculas la palabra “RESERVADO” y aunque los Señores Cáceres nunca habían requerido esa atención especial, era una cortesía que los dueños del restaurante se sentían en deber de brindarles. Una cortesía que no tenían con nadie más, pues la política del restaurante no autorizaba la aceptación de reservas. Sin embargo, el caso de los Señores Cáceres era distinto; ellos no eran simples clientes, sino que formaban parte de la misma historia del restaurante.

Habían visto rotar los empleados, los meseros, los chefs y ayudantes de cocina, incluso los dueños. Seguían yendo a ese mismo restaurante desde que se llamaba aún “Don Tito” y pertenecía a una familia conocida en el barrio que había caído en desgracia y lo había perdido todo. (No mencionaré aquí su nombre por no incurrir en acusaciones de difamación, pero si viven ustedes en ese barrio seguro que ya identificaron la familia en cuestión). Cuando la propiedad se trasladó a las manos de los dueños actuales y pasó a llamarse “El rincón de la sazón”, para los Cáceres poco o nada había cambiado. Cuando el restaurante volvió a abrir sus puertas bajo la nueva insignia, una vez culminados los trabajos de restructuración, para la pareja era como si nunca hubiese cerrado. Sin tanto alboroto, retomaron su rutina y sus almuerzos refinados.

Los atuendos que vestían con tanta normalidad, así fuese la víspera de Año Nuevo o un lunes cualquiera, los hacían destacar entre los demás clientes y los convertía en personajes anacrónicos. Su gusto sofisticado por los detalles era algo insólito y fuera de lugar en un restaurante concebido para gente de clase media-baja que buscaba comer platos caseros a buen precio y rápidamente, durante su acelerado refrigerio. Pero ellos parecían no estar enterados, o si lo sabían no les preocupaba en lo más mínimo. La señora solía ponerse trajes de colores oscuros que contrastaban con el resplandor de las joyas con las que se emperifollaba. Debajo de sus faldas, siempre llevaba puestas medias de nylon, aún así la temperatura fuera de treinta grados centígrados, y a sus pies tacones moderados que tenían la ventaja de alargarle la silueta. Ya tenía una edad madura, pero su expresión amigable lograba quitarle unos años de encima y las arrugas parecían desaparecer cuando su piel se estiraba al sonreír cordialmente. Su permanente perfecta enmarcaba un rostro ligeramente maquillado y sus pintalabios, rojo, rosado, lila, fucsia, eran la única pizca de extravagancia que se concedía. El señor, un joven que estaría todavía en la treintena, también lucía trajes impecables de tweed, y desde el bolsillo de la casaca del terno sobresalía un pañuelo que tenía una función puramente estética. Siempre andaba peinado con abundante gel que confería al cabello un efecto mojado, y con una raya colocada rigurosamente al costado derecho.

Ambos parecían estar envueltos en una nube que bien podía ser perfume o también el producto de su actitud indiferente hacia lo que los rodeaba. Solo tenían ojos el uno para la otra. Durante el almuerzo intercambiaban algunas frases, muy esporádicas en realidad. Aun así, en cada frase resonaba un profundo cariño y cada palabra era un testimonio de vivaz preocupación para el otro y respiraba amor puro: “¿Te gusta el tallarín, o se pasó la cocción?” “Límpiate las comisuras de la boca, estás sucio.” “¿Te has llenado, o deseas algo más?” “No comas tan rápido, o te vas a atragantar.” “La sopa está hirviendo, cuidado con no quemarte…” y otras más en este mismo estilo que rompían el silencio con el cual parecían sentirse perfectamente a gusto. A primera vista era difícil descifrar el secreto detrás del ambiguo y sólido vínculo que los ataba. Un secreto que permanecía incluso al descubrir cuál era la índole de esa relación, pues las palabras madre e hijo no acababan de describir esa innegable simbiosis que los unía; quedaban muy cortas.

De vez en cuando la Señora Cáceres, le pedía el plato a su hijo, el Señor Cáceres, para poder cortarle el bisté si la carne parecía muy fibrosa. Si bien es un comportamiento completamente normal y comprensible por parte de una madre de un niño de cinco años, ver a esa señora de mediana edad desempeñar una acción que cualquier treintañero del planeta es capaz de realizar por sí solo, causaba por lo menos una incómoda sonrisa. Y es que todos ignoraban que el Señor Cáceres era lejos de ser un ordinario treintañero, y que ese aparentemente inexplicable gesto de la madre, la Señora Cáceres, era solamente una pequeña muestra de todas las atenciones que cada día le dedicaba. Aun si ella estuviese rondando los sesenta y él hubiese superado los treinta. Pues la condición de avanzado retardo mental que afectaba al Señor Cáceres desde su nacimiento no iba a mejorar con la edad: era irreversible. Así que algo que podía resultar una tarea sencilla y hasta mecánica, se volvía para él una empresa titánica y hasta peligrosa. Algo como cortar el bisté, hacerse el nudo de la corbata, abotonarse la camisa, o incluso amarrarse los pasadores de los zapatos.

Era ella quien lo vestía todos los días tan elegante para ir a almorzar juntos, ella lo peinaba con gel hasta que su cabello quedara perfectamente inmóvil y reluciente. Y si antes la Señora Cáceres podía contar con la ayuda del originario Señor Cáceres, el papá del Señor Cáceres menor, con el que compartía equitativamente todas esas aparentemente tediosas tareas, desde que había enviudado, unos ochos años atrás, llevaba todo el peso de esa responsabilidad sobre su cansada espalda que, pese a todo, seguía manteniendo dignamente erguida y derecha. Incluso tuvo que aprender a afeitarlo, pues hasta ese momento había sido el esposo que cada mañana se había encargado minuciosamente de su aseo. Al principio, se había convencido de que no habría sido capaz pues la atemorizaba la idea de herirlo y hacerle sangrar. Las primeras veces fue meticulosa al máximo y lo hacía tan despacio que de pronto, no se sabe cómo, ya era casi hora de ir a almorzar. Luego, desde que su hijo le dijo que lo afeitaba incluso mejor que el papá, tomó más confianza en sí misma.

Había rechazado cualquier asistencia que sus otras dos hijas le habían generosamente ofrecido. Para ella era inadmisible que un extraño tuviese que hacerse cargo de su mismo hijo. Nadie, y menos un desconocido, hubiera podido cuidarlo tan eficientemente como ella, y nadie más en el universo podía realizar esas tareas que serían fastidiosas para cualquiera sin emitir la menor queja, sino más bien con alegría y devoción. Decir que tuviese paciencia tampoco sería correcto, pues en ningún momento sentía que sus nervios fueran amenazados, ni que esa responsabilidad fuera en realidad una carga o un sacrificio. Es más, se sentía feliz de aliviar la condición de su hijo, de remediar, aunque sea ligeramente, esa terrible injusticia que lo había arrollado al nacer y de la que él no tenía culpa, y seguramente menos culpa que cualquier otro. Menos culpa que los doctores, las enfermeras, incluso menos culpa que ella misma, que no podía dejar de creer que, si lo hubiese empujado con más vehemencia a la vida, habría salido íntegro tanto mental como físicamente. Aun si los doctores habían refutado con firmeza esa disparatada teoría en más de una ocasión.

Si no hubiese sido por las complicaciones del parto, su espléndido hijo, además de ser fuerte y tener un corazón de oro, que no había sido mínimamente trastocado por la enfermedad, habría tenido una mente prodigiosa. Habría podido ser físico nuclear, un brillante matemático, un impávido aviador o un ilustre profesor como su padre. Cualquier cosa hubiese deseado. Una mamá sabe esto y mucho más. No era necesario que sometieran a su hijo a una prueba de laboratorio, ni que una vidente se lo revelara, ella sabía que tenía capacidades fenomenales que habrían podido beneficiar a la humanidad entera y que, sin embargo, habían sido truncadas por la negligencia de los médicos, o tal vez, por fuerzas ocultas y malignas. Cada vez que se abismaba en la profundidad de su mirada lograba entrever la chispa de una inteligencia superior que no había podido desarrollarse y escenas de un futuro que le había sido arrancado.

Nada de lo que hiciera habría sido suficiente, nada le habría devuelto la vida exitosa que merecía, y justamente por eso había decidido que fuera su misión darle una vida por lo menos apacible. Cuando su esposo murió de cáncer al pulmón no se dio tiempo ni para hacer el duelo, su manera de recordarlo había sido usar ropa de colores sobrios y sombríos e ir a comer diariamente a su restaurante favorito, donde iban a almorzar los tres los fines de semanas, como una familia tradicional. Aunque hubiese deseado encerrarse en su cuarto noche y día y dejar que su cuerpo lentamente se descomponga dentro de su cama, que regrese al polvo, siguió su rutina tal cual la había armado con su esposo, siguió pendiente de su hijo las veinticuatro horas del día, incluso con un esfuerzo incrementado, para evitar que los tiempos vacíos le hicieran extrañar a su padre. Se volvieron uno el refugio del otro.

Eso era evidente cuando se los veía llegar y partir del restaurante, siempre caminando agarrados del brazo, pegados como dos imanes, como dos mitades de un cuerpo irregular. Imposible adivinar quién de los dos sostenía al otro, quién necesitaba más de ese apoyo. Impactaba ver la figura fina y esbelta de ella al lado de ese hombre alto y robusto que parecía encorvar la espalda a propósito para complacer a su madre, para mantenerse cerca de ella y poder susurrarle palabras de amor: “Qué guapa estás hoy, mamá.” Ella, agradecida por esa caballerosidad, le contestaba con una sonrisa de oreja a oreja: “Tú también estás guapísimo, hijo mío.”

E.

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2 thoughts on “Los Señores Cáceres”

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