Al fin todo había terminado. Con esa última puja, no solo se había liberado de un cuerpo extraño, sino que también la ansiedad que la había acompañado durante los últimos nueve meses había sido expulsada vehementemente, como el corcho de una botella de champán bien agitada. Habría podido dejar de esconderse, seguir con su vida. Con un poco de suerte, hasta olvidar ese pequeño inconveniente y volver a empezar. Bueno, no tan rápido… una vez que hubiese reunido las fuerzas que la habían abandonado por completo.

Tumbada inmóvil en la cama, al medio de la habitación silenciosa y desnuda, como un objeto que había sido olvidado distraídamente, se sentía más sola y espantada que nunca. Encima suyo colgaba una lámpara de neón que, al pestañear incesantemente, emitía un ligero zumbido de zancudo moribundo. Parecían haberse esforzado para volver aún más escalofriante un lugar concebido para acoger personas gimientes y doloridas, como si el miedo a sufrir y a morirse no fuera de por sí suficiente y tuvieran que llevarlo a la exasperación, multiplicarlo en mil ecos. Las paredes vírgenes, el olor punzante de formol y desinfectante, el frío acero de la rejilla de la cama, el blanco omnipresente, parecían formar parte de un plan maquiavélico para que el enfermo no se olvidara ni un instante de la enfermedad que lo aquejaba, ni de su frágil condición de ser finito. Ximena quería gritar auxilio, pero temía que nadie la habría socorrido así que simplemente se quedó callada, fijando el techo impotentemente.

Nadie sabía dónde se encontraba en ese momento, había sido tan hábil que las madres del convento donde residía nunca habían dado la menor señal de sospechar de su estado. Ni siquiera se habían dado cuenta cuando había empezado a escaparse después del rosario vespertino para encontrarse con Juan. Juan, por el que tanto había suspirado, Juan el que le decía que era la reina de su corazón, Juan que le prometió ofrecerle la vida que merecía, Juan que le aseguró que por una vez no pasaría nada, que Dios no estaría mirando− pues tenía que atender pendientes más urgentes que verlos a ellos en intimidades. Juan que deseaba inundarla de amor. Juan, que cuando fue corriendo a decirle que ese amor estaba creciendo dentro de ella y pronto habría tenido brazos y piernas, se olvidó de lo de reina y de todos los demás apodos melosos que le había puesto y la llamó puta. El mismo Juan que a las pocas semanas vio salir con otra que con toda probabilidad también habría caído en su red. Ese Juan, ese mentiroso.

No le dijo a nadie de su embarazo, era demasiado arriesgado, habrían podido echarla del convento, despedirla del trabajo de ayudante de cocina. Las faldas y las chompas holgadas que solía vestir en invierno la ayudaron a ocultar el bulto que iba ensanchándose a la altura de su vientre y casi nadie notó la mutación física que estaba atravesando. Solamente un par de colegas le hicieron comentarios poco delicados sobre su aparente aumento de peso, luego de que agregaron de inmediato, con mal velada hipocresía, que era casi imperceptible. Durante nueve meses había seguido estoicamente con el plan que contemplaba disimular sus náuseas y sus irracionales ganas de llorar, pero que nunca contempló quedarse con la criatura. Esa tenue esperanza había sido arrancada para siempre en el momento exacto en que Juan pronunció la palabra que seguía ardiéndole como si la hubiese marcado con fuego.

Su niño habría nacido sin un padre y con una madre que no tenía ni suficientes ahorros para comprarle una cuna. Además, esconder una barriga prominente era difícil pero viable… mientras que esconder un pequeño ser humano que grita todo el tiempo en búsqueda de atención habría sido una absoluta locura. Sus llantos en medio de la noche la habrían desenmascarado y esa palabra que Juan le había gritado habría estado en la boca de todos. Tenía que librarse de él. Tenía que renunciar al sueño de tener por fin una familia. Ella, que a los catorce años se había escapado de un padrastro violento y una madre depresiva, y que nunca había entendido el verdadero significado de ese término tan común.

Desde el abismo de soledad en el que esos pensamientos la habían hundido, un lamento inesperado la hizo volver al presente. El lamento venía de la cuna situada a su derecha que no había enfocado antes. No estaba sola, su bebé había estado descansando profundamente a su costado y de pronto había despertado. Quizá tuviera hambre. La obstetra había hecho ademán de entregarle el bebé aún untuoso de placenta y más secreciones, pero Ximena le había suplicado que se lo llevaran sin ni siquiera mirarlo. Ya había puesto de manifiesto su deseo de darlo en adopción y no quería apegarse. Estaba todo listo, solo faltaba firmar los papeles y una familia respetable de holandeses se habría llevado a su hijo para siempre. Ignoraba que, tras haberlo limpiado y cambiado, habían devuelto el bebé al cuarto mientras ella estaba descansando plácidamente.

Los lloriqueos iban haciéndose más agitados y Ximena no tuvo otro remedio que levantarse a ver qué ocurría. Habría querido taparse los oídos, voltear el rostro al lado opuesto, fingir que esos sonidos eran una broma de su mente fatigada, pero no había sido capaz. Ese lamento era en realidad una llamada inconfundible, imperante, a la que ninguna madre del mundo puede sustraerse. Como si no tuviese otra elección, Ximena se acercó tímidamente a la cuna la cual se había vuelto su centro de gravedad. Sus movimientos eran cautelosos, no tanto por la irritación que sentía en la parte inferior del abdomen, sino por el pavor de ver derrumbarse los escudos tras los que se había refugiado.

Era una niña. Una bebé hermosa de cabello delgado y oscuro y mejillas rojizas. Su cabeza era poco más grande que un puño, parecía una de esas muñecas que no muchos años atrás había anhelado tanto recibir en regalo sin ningún éxito. Su boquita estaba deformada en una mueca de desdicha y Ximena no pudo resistir el impulso de cogerla y atraerla hacia su camisón blanco. Como por encanto la niña paró de llorar, pareció entender que había vuelto a su primer hogar en el mundo, el que la había hospedado cálidamente hasta ese día. En menos de tres segundos, se rindió nuevamente al sueño. Ximena empezó a delinear con la yema de su dedo índice la superficie liza de su rostro sereno. Le pareció que nada de lo que pudiera hacer lograría superar en perfección a esa pequeña vida que descansaba despreocupada entre sus brazos.

Nunca había hecho nada tan bello. Había creado la vida. Una vida todavía indefensa que no podía valerse por sí misma, más breve que un sueño de verano, y aun así tan desbordante, impetuosa, poderosa que lo había cambiado todo, como un cataclismo. Y al lado de ese nuevo ser que recién acababa de aprender a respirar, Ximena se sentía infinitamente más frágil. Sabía que no existía un lugar lo suficiente lejos donde poder escaparse. Aunque se la llevaran al fin del mundo, no habría podido huir de ese nuevo sentimiento que la embargaba. Algo dentro de ella había mutado para siempre, sentía que a su corazón le habían crecido alas.

Puede que hubiera otra salida. Juntas habrían podido enfrentarse a cualquier adversidad. Más lo pensaba y menos le parecía descabellada la idea. Ahora que por fin tenía algo que fuera solo para ella, no estaba lista a dejarlo marchar. Debía tener fe. Habría contado la verdad a la madre superiora y ella sabría mostrarse caritativa. Con el apoyo de las madres, habría criado a su hija. Le habría mandado a entallar una hermosa cuna en abedul y cuando hubiese sido lo suficiente grande ella también habría podido ayudarla en la cocina o sirviendo en el refectorio. Las monjas le habrían enseñado a leer, así como lo habían hecho con ella. La llevaría a ver el mar, construirían castillos de arena y darían largos paseos en la orilla, buscando conchitas y piedras de colores; viendo cómo se acompañan sus huellas hasta que las desdibujen las olas. Luego, se recostarían abrazadas, mecidas por el viento, el agua y sus diálogos aterciopelados. No necesitaba ser rica para ofrecerle todo aquello, los mejores dones de la vida aún no los había acaparado el dinero.

Fue entonces cuando la enfermera entró a la habitación de repente y le comunicó que la documentación estaba lista, por si todavía deseaba seguir con el trámite. El corazón de Ximena dio un vuelco, aceleró de golpe y al fin se detuvo como si hubiese enfermado gravemente o acabaran de desplumarle las alas; por último, asintió. Cuando le trajeron los papeles, recostó suavemente a la bebé en la cuna y empezó a llenarlos detenidamente con una letra pueril. Mencionaban que tenía la posibilidad de sugerir un nombre para la niña y que los padres adoptivos lo tomarían en consideración. Ximena no tuvo que pensarlo demasiado. Escogió Luz. Sabía que a partir de ese día no volvería a mirar con claridad, que el mundo nunca habría vuelto a ser tan nítido. Luego, más abajo, en un espacio en blanco, decidió expresar su último pedido: “Por favor, llévenla a conocer el mar.”

E.

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