niña con su muñeca

Cuando era pequeña, mi mamá no se cansaba de repetirme que tuviera cuidado al salir a la calle; que no hablara con los desconocidos, ni que aceptara sus caramelos. Creo que es una advertencia que se remonta a generaciones muy lejanas y, asombrosamente, las mamás no se han dado cuenta de que es un truco que ya nadie utiliza para aproximarse a los niños. Hace tiempo que debe haber llegado a oídos de los villanos que todos los niños del mundo se conocen de memoria este refrán y habrán tenido que cambiar de estrategia. De todos modos, nunca ninguna persona extraña me ha ofrecido un caramelo ni ninguna otra golosina en la calle o en otro espacio público. Sin embargo, tengo que confesar que sí llegaron a ofrecerme algo mucho más inusitado, y que yo felizmente – así le dé un patatús a mi mamá al leer mi descarada revelación – acepté.

No recuerdo qué día habrá sido, en ese entonces el calendario solo me importaba para contar los días que me separaban de las vacaciones escolares. Tenía nueve años, esto sí lo recuerdo con claridad, pues cada año era para mí una meta que alcanzaba y que me hacía sentir orgullosa. No como ahora, que ya perdí la cuenta, aunque en el fondo sé que la memoria no me falla, sino que funciona demasiado bien y se ha vuelto adrede por ciertos asuntos más perezosa. Pero volvamos al relato… Un día sumamente triste, quizás el día más triste de toda mi infancia, me encontraba en el parque frente a mi casa buscando desesperadamente a mi muñeca Agatha. Ya había inspeccionado cada esquina repetidamente. Verifiqué entre los arbustos, detrás de los árboles, debajo de las bancas y dentro de los tachos de basura. Mi llanto era imparable, seguía buscando tercamente, luego me paraba unos segundos para desahogar todo mi dolor, antes de reanudar nuevamente la inservible búsqueda. Y es que sí, lo que sentía era verdadero dolor.

Si ustedes nunca han tenido una muñeca no podrán entenderlo, pero para mí era como si fuese una hija, un diminuto ser humano que dependía de mí para todo, y a la vez mi mejor amiga. Sería equivocada la comparación con un carrito, un trencito, un peluche, una cocinita, o cualquier otro tipo de juguete que se les ocurra. Cierto es que a veces los niños pueden encariñarse con toda clase de objeto, incluso con los que no son juguetes. Miguel, mi hijo, cuando tenía tres años no quería despegarse de la mantita que la abuela le había bordado con tanto cariño. La llevaba arrastrándola a todos lados y se volvió tan inmunda que para sacársela y darle una buena lavada tuve que inventarme todo un cuento. Pero el vínculo entre una niña y su muñeca es realmente insuperable. Eso es posible porque a los ojos de una niña, la muñeca deja de ser un simple objeto que le pertenece, se vuelve un ser animado, cobra vida a través de su imaginación. Así pues, yo ese día me sentía una madre negligente que no había sabido cuidar de su pequeña, y la idea de no volverla a abrazar me era insoportable. No se rían, ahora soy madre (verdadera) de tres hijos, pero ese dolor aún lo recuerdo, y me da tanta ternura que a veces quisiera viajar en el tiempo para poder abrazarme a mí misma.  

Me habían regalado a Agatha un par de años antes y nos habíamos vuelto inseparables. Cuando la saqué de la bolsa en la que estaba forrada y la tomé entre mis manos, para qué mentirles, no fue amor a primera vista. Mi muñeca era regordeta y muy pequeña, podía sentarla en el palmo de mi mano. Era de plástico duro, tenía el pelo crespo marrón amarrado en dos colitas y dos dientes prominentes, recordaba vagamente una graciosa conejita. Unas cuantas pecas espolvoreaban su rostro, su nariz era del tamaño de un punto y ligeramente aplastada y sus ojos castaños eran redondos como dos nueces. Realmente no era una reina de belleza y era muy distinta a las muñecas con las que mis compañeras de salón se jactaban, de piernas largas y cabellos rubios y sedosos. Así que cuando la vi mis labios se estiraron en una sonrisa sardónica; Agatha me hacía acordar a esas niñas feítas pero que gracias a su simpatía se ganan el afecto de todo el mundo. Sin embargo, debido a su falta de gracia y elegancia no logró que le prestase mucha atención durante los primeros días.

Hasta que una vez, mi papá, que acababa de regresar de uno de sus largos viajes de negocios, la vio y me preguntó por ella. Le conté que era un regalo, pero que me avergonzaba jugar con ella porque no era tan bonita como las muñecas de mis amigas. Ese día fue el principio de la magia. Mi papá pronunció las palabras claves que capturaron mi corazón al instante. Le prestó la voz a mi pequeña, y a través de sus labios que intentaba mover disimuladamente, Agatha me preguntó consternada: “Mamá, ¿por qué no me quieres?” Desde ese momento empecé a amarla y a cuidar de esa chispita de vida que mi papá había depositado en ella, a regar esa pequeña semilla de magia que con ojos de adultos podríamos llamar fe o ilusión. Pero no me malinterpreten, podré haber tenido siete años, pero no era ninguna crédula. Fui yo quién decidió creer que mi muñeca tenía vida.

No fui la víctima de ningún engaño. Podía observar nítidamente que al caerse su piel no se raspaba, que sus labios no se movían y que, a la hora de dormir, sus párpados no se cerraban. Aunque todo eso no contradecía ni en lo más mínimo mi teoría de que la rígida materia con la que estaba hecha encerraba un alma bondadosa que yo sola podía ver. Supongo que desde nuestra niñez necesitamos entrenar ese músculo que llamamos imaginación para lograr perforar la áspera lámina de realidad que envuelve las cosas, aprehender lo que se esconde detrás. También creo que venimos al mundo llenos de amor hasta la punta del pelo, y si no encontramos la forma de canalizarlo, ese amor va marchitándose, y nuestro corazón se vuelve un árido desierto incapaz de dar frutos. Agatha fue indispensable para mí, en ambos sentidos. Y con la sabiduría de los niños, no la que procede de la experiencia, sino una más atávica y espiritual, supe reconocer el valor que habría añadido a mi vida.

La llevaba conmigo a todos lugares; para ir a la escuela la escondía en mi mochila, no porque me avergonzase de ella, sino porque temía que mis compañeras se burlaran y pudieran lastimar sus sentimientos. De noche, dormía a un ladito de mi almohada y era tan pequeña que a veces al despertar la encontraba atrapada entre el colchón y la pared. Durante dos años – y dos años para una niñita de nueve son bastante tiempo– Agatha me acompañó en mi crecimiento. Jugamos, reímos y nos divertimos juntas. Pero para mí no se trataba de un simple juego y Agatha era mucho más que un accesorio en mi corta vida.

Cuando la perdí, yo misma me sentí perdida. Cuando lloraba acudía a ella y apretándola contra mi pecho mi respiración irregular volvía a la normalidad. Ahora que ya no estaba, ¿dónde habría encontrado consuelo? Lo que más me hacía sufrir era pensar que su magia habría dejado de existir sin mí, que ella misma habría dejado de existir. Quizás en ese mismo momento su cuerpecito podía encontrarse tirado entre cantidades de trastes, como un objeto vulgar y vacío. Muerta, porque yo era quien le daba vida. Entonces mientras estaba ahí en medio de la vía que cortaba el parque en dos medialunas idénticas, presa de convulsiones, un hombre distinguido con un saco gris y zapatos negros de charol se me acercó, inclinó la cabeza hasta mirarme frente a frente y me preguntó: “Niña, ¿por qué lloras? ¿Dónde están tus padres?” Fue en ese momento que desobedecí a mi mamá, pero en mi defensa puedo declarar que me encontraba en un estado de confusión, que mi visión estaba anublada y que acababa de perder a mi fiel consejera, la que siempre me sugería cuál era la acción correcta. Le contesté:

 – He perdido a mi muñeca, señor. Mi papá está de viaje y mi mamá está en casa, cuidando de mis hermanitos.

–¿Cómo se llamaba tu muñeca?

–Agatha, murmuré entre sollozos.

– ¡Claro, Agatha! Yo la vi, estuve conversando con ella en este mismo parque. Me contó que se iba de viaje, pero me dio una carta para ti. En fin, para su dueña. ¿Cómo te llamas tú?

–Margarita, contesté limpiándome los mocos que me habían chorreado hasta el labio superior y aguzando los oídos a las palabras de ese extraño señor que me dejaron estupefacta.

–¡Margarita! Así que tú eres la dueña, claro, claro…Me dejó una carta para Margarita, la tengo guardada en mi casa. Si deseas, mañana podemos vernos en este parque a la misma hora y te la traeré.

No sabía si creerle o no, pero ya había revuelto el parque, cada hoja, cada rama, cada hilo de hierba. No me quedaba más que aferrarme a esa promesa, un salvavidas que ese extraño que quizás fuese mi ángel de la guarda, me estaba lanzando para que no me ahogara en las frías y borrascosas aguas de la realidad.

Esa noche la agitación no me dejó pegar un ojo, pero por lo menos las lágrimas habían cesado. El día siguiente acudí a nuestra cita con un poco de anticipación, pues tanta era la impaciencia de averiguar si no me había equivocado en confiar en ese hombre de mirada penetrante. Pero él llegó puntualmente y como prometido sacó de su bolsillo un sobre con mi nombre escrito arriba. Por segunda vez, mi fe había sido recompensada. Le dije que me sentía demasiado emocionada para leer la carta, así que le pedí a él el favor de leérmela. Imagínense…luego de haberse tomado la molestia de escribirme una carta y llevármela personalmente, ahora también le pedía que me dedicase más de su preciado tiempo. Pero él no pareció mínimamente agobiado por mi pedido, es más, pareció alegrarse. Fue así como me leyó pacientemente la primera carta de Agatha, en la que me contaba, a grandes rasgos, que había decidido irse de viaje por el mundo.

Se encontraba en París y me describía con lujo de detalles sus monumentos, sus luces, la atmósfera festiva de sus cafés y restaurantes. También me tranquilizaba, quería que no me preocupara por ella. Me aseguraba que una vez terminado su largo recorrido habría vuelto a casa, para vivir más aventuras a mi lado. Me prometió escribirme más cartas desde las nuevas ciudades que visitaría. Y así fue.

Durante dos semanas, todos los días me reuní con aquel misterioso señor, a la misma hora y en el mismo lugar. Y todos los días él me traía una nueva carta de parte de Agatha. De Londres, Berlín, Milán, Barcelona y muchas otras ciudades que solo conocía de nombre. Fue así como descubrí que el mundo era mucho más ancho de lo que mi mirada podía abrazar cuando dirigía mis ojos al horizonte, y que algún día habría podido recorrerlo igual que Agatha; temerariamente.  Si ella, que medía poco más que un tarro de mermelada, podía hacerlo, para mí habría sido incluso más fácil. Claro que a veces mi pesado y entrometido intelecto me hacía difícil continuar ese juego. Había ciertas incongruencias que no podía fingir de no notar y que retaban mi imaginación a encontrar explicaciones que protegieran el encanto. El intelecto era como un viento hostil que deseaba apagar la llama de mi fe, pero yo no lo habría dejado.

Los adultos que se han olvidado de cuando fueron niños, pensarían que es gracias a la inocencia que ellos logran construirse sus mundos de fantasía. Pero eso es mentira; es más bien gracias a su obstinación y a su ingenio. Así yo en esa época, no podía pasar por alto que el hecho de que mi Agatha le escribiese a ese señor desconocido era algo ilógico. ¿Por qué no me escribía directamente a mí? La respuesta que encontré para no perder la complicidad con aquel señor, el único que sentía que me entendía desde lo más hondo, fue que sería demasiado arriesgado para Agatha enviarme cartas a mi domicilio. Mi mamá habría podido enojarse conmigo al saber que había permitido que se escapara. Que una mujer saliera a conocer el mundo, lo habría considerado inadmisible y Agatha, conociendo ese lado de su carácter, quiso evitar de meterme en líos. De tal manera logré apaciguar mis inquietudes.

Luego de dos semanas, Agatha me escribió su última carta. Fue ese señor, Franz, que me la leyó como de costumbre, pues después de aquella primera vez había quedado encantada por su forma de articular claramente las palabras y la teatralidad de su voz, y le rogué que siguiera leyendo por mí. Él nunca se rehusó. La carta decía más o menos lo siguiente:

Querida Margarita:

Me he enamorado de un chico pulcro, noble y cortés. Él y yo nos vamos a casar pronto y viviremos felices en una casa de ladrillos rojos y cortinas amarillas. Espero que comprendas y te alegres por mí. Creo que está claro, para ambas, que no podremos volver a vernos y lo mejor es que deje de escribirte. Esta es mi última carta.

Siempre te querré,

Agatha.

Podría decir que recibí la noticia con sorpresa y resentimiento, pero no fue así. Dentro de mí, era algo que ya presentía, sabía que esa correspondencia no podía ser eterna y que un día habría tenido que dejar ir para siempre a mi muñeca, la cual en realidad ya se había marchado. Cuando Franz acabó su lectura, le sonreí y quise ponerlo a prueba una vez más, una última vez, y sellar para siempre ese pacto que nos había unido durante catorce días. Le dije:

–Franz…hay algo que no me cuadra. ¿Cómo es posible que mi muñeca, que al partir era una niña al igual que yo, haya crecido tanto en tan poco tiempo que ya puede contraer matrimonio?

Franz me miró divertido y sus ojos relampaguearon. Pasó a explicarme afablemente:

– Margarita querida… ¿acaso no sabías que para las muñecas el tiempo fluye mucho más rápido que para nosotros los humanos? Cuando Agatha se despegó de ti volvió a vivir en el tiempo de las muñecas, mientras que cuando estaba a tu lado ella también estaba sometida al tiempo de las personas. Según mis cálculos, ahora debe de tener unos veinticinco años.

Incliné mi cara hacia un lado y me quedé mirándolo, pensativa y fascinada. Convencida por su respuesta, me acerqué, lo abracé y me apresuré a darle un beso en la mejilla.

– Gracias, Franz.

– Gracias a ti, preciosa.

Nos miramos una última vez, sin decir nada, intencionados a guardar el secreto que solo pertenecía a ambos. Esa tarde volví a casa con mi último recuerdo de Agatha y el corazón aliviado. No volvería a ver Franz en muchos años.

Retrospectivamente, puedo entender que lo más valioso que me ofreció ese hombre, no fueron las cartas; fue tiempo. No podía devolverme mi muñeca y sabía que ninguna otra muñeca habría podido remplazar a Agatha. No podía evitar mi decepción, ni mi tristeza. No podía ahorrarme ni esa ni las demás separaciones que habría sufrido en el transcurso de mi vida. Pero me regaló más tiempo para que la separación no fuera tan abrupta, para que la tristeza no se me viniera encima como una avalancha, tiempo para acostumbrarme a vivir sin mi Agatha, para sanar mi herida. Y tiempo también para prolongar ese encanto, para no romper bruscamente con la magia de mi niñez, personificada en mi querida muñeca. Para seguir creyendo en Agatha hasta cuando lo hubiese necesitado. Hasta cuando pensar que ella vivía felizmente casada en algún lugar del mundo me habría hecho sentir menos sola.

Nunca tuve la certeza de si haya sido mi mamá quién botó mi muñeca, preocupada de verme perseverar con un juego que ya no le parecía apropiado a mi edad. Quizás no lo considerara sano, y pensando en mi bien decidió apartarme de ella. Era hora de que creciera. Ella nunca lo admitió, pero yo era tan escrupulosa con Agatha que se me hace difícil pensar que su pérdida haya sido accidental. Agatha fue mi última muñeca; el tiempo para jugar fue cada vez menor, y él que dedicaba a los estudios y a las tareas del hogar fue creciendo simultáneamente. A veces me pongo a pensar que la gran tragedia de este mundo es que el modelo de los niños sean los adultos, y no viceversa. Pero luego, pienso en Franz y en todos los adultos que como él supieron cuidar de su niño interior, dejando que los acompañe en su vida adulta, y me siento reconfortada.

Fue hace unos meses que me enteré de que Franz se había convertido en el escritor más famoso del mundo, aclamado por la crítica y por un gran número de lectores entre los que me incluyo. Mientras iba caminando por el centro de la ciudad, me topé con una foto suya en la vitrina de una librería. El mejor escritor del mundo, quizás incluso del siglo, había consagrado dos semanas fingiendo ser el cartero de mi muñeca Agatha. En retardar, aunque sea de poco, mi entrada a la edad adulta, mi enfrentamiento con la realidad. Y también para prepararme. Para que cuando me hubiese sentido lista para dar el salto, no me olvidara de la niña que albergaba dentro de mí. Si la transición hubiese sido muy traumática, probablemente habría perdido esa niña hasta siempre. Lamentablemente, cuando me enteré de la fama de Franz, él ya no formaba parte de este mundo. Sin embargo, seguía conservando con mucho aprecio las cartas que me había escrito.

Quizás algún día alguien me lo reprochará, pero en ese momento hice lo que más me parecía correcto: quemé las cartas. Las catorce cartas que Franz había firmado con el nombre de Agatha, mi muñeca. Fue su voluntad que esas cartas no llevaran su firma, la firma de un gran escritor, sino que sirvieran para alimentar la ilusión de una niña con el corazón roto. Me convencí de que él habría querido que yo continuara preservando el juego que juntos habíamos inventado. Ese era nuestro tácito acuerdo. Pues, quién más que él habría podido entender el inconmensurable valor de la ficción.

E.

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