raíces árbol

Cierro los ojos y lo veo frente a mí. Sus raíces vigorosas hundidas en el pasto húmedo, inmenso, su tronco elegante y estilizado, sus ramas que se elevan hacia el cielo como brazos de mendigos, y su copa majestuosa entre la que destacan los mangos maduros, pequeños soles luminosos. Qué curioso, hace tiempo que ya no pensaba en ese árbol. Creí haberlo borrado de mi memoria y, contra todo pronóstico, estoy aquí imaginando tener su compostura, su resolución, su firmeza. 

Había sido plantado por mis abuelos, pertenecía a nuestra familia desde antes que yo y mis hermanos naciéramos y, desde que tuve uso de razón, recuerdo su alta figura erigiéndose al medio de nuestro jardín. Primero imponente, inalcanzable, y luego cada vez más cercano, hasta que logré treparme por encima de sus ramas y me fundí con él hasta casi vivir en simbiosis.

Desde que aprendí a escalarlo, aprovechaba cada momento libre para sentarme en sus ramas rugosas y leer mis novelas, por lo que no hay nada mejor que sumergirse en la literatura con los pies bien despegados del suelo. O sino lo utilizaba como una guarida, cada vez que mis papás se enojaban conmigo y deseaban castigarme me escondía entre su tupido follaje. Y también me gustaba escalarlo con mi hermana, apostando a quién lograba subir más alto. Casi siempre yo le ganaba. Confiaba plenamente en esas ramas robustas, y colocaba mis pies ágiles sabiendo exactamente dónde tenía que pisar y el peso que tenía que ejercer en cada paso. Luego, para recobrar las fuerzas, nos sentábamos a comer los mangos más jugosos, deshaciéndonos de la pepa y de la cascara lanzándolos lo más lejos que podíamos, hacia la mancha verde que era el bosque de palmeras.

A esa edad todo se resolvía en una competición, pero solo porque toda competición no era más que un juego, y nos hacía reír. Nos desafiábamos a quién saltaba más alto, a quién corría más rápido, a quién tenía el valor de tocar el sapo muerto entre las hojas secas… Incluso una vez recuerdo que nos retamos a comer todos los mangos que podíamos y terminamos haciendo carreras hacia el baño durante los dos días siguientes, con las tripas doloridas. Todos mis recuerdos de infancia parecen de alguna manera relacionados con el árbol de mango, a veces ubicado en el fondo como un observador sabio y silencioso; otras, la mayoría, en primer plano, como el eje mismo de la vida familiar. Cuántas veces nos reunimos hermanos, papás, abuelos y tíos bajo su sombra, sentándonos a comer juntos y a contarnos historias.

Siempre, en todas las casas, hay una habitación donde, por más que te sientas solo, siempre encontrarás compañía. Esa habitación coincide mayormente con la sala de estar o el comedor, sea cual sea el cuarto donde está instalado el televisor. Para nosotros era el jardín. En la selva hace calor casi todo el año y nuestra casa de campo, por más que tuviera paredes, estaba constantemente conectada con el espacio exterior por medio de las ventanas que siempre quedaban abiertas, y de la puerta que solo se cerraba en las horas nocturnas. De este modo el jardín representaba una extensión de la casa misma, una habitación más, y la más poblada. Ahí siempre estábamos Marcelo y Juan pateando la pelota y correteando de un lado a otro (según ellos cazando animales salvajes, como pumas y jaguares), yo leyendo algún libro o jugando con Luisa, mi papá tallando algún mueble encomendado por sus clientes o echando una siesta en la hamaca y mi mamá…pues mi mamá pendiente de que no nos pasara nada y mimándonos. 

Las voces que salían de los parlantes de la radio, siempre encendida, se fundían con nuestras risas, los gritos de mi madre, la serradora de mi padre, el chillido de los insectos, el canto rasposo de los loros y el agua fresca y burbujeante del riachuelo, en una bulla vivaz y feliz. Si alguien deseaba un poco de paz, o de « privacidad », un concepto que está de moda hoy pero que antes era completamente desconocido, tenía que buscarla más bien dentro de nuestra casa de madera. Así que el árbol de mangos siempre estuvo ahí presenciando cada pequeña escena, como si fuese parte integrante de la familia. 

Hasta que un día, mientras me encontraba sentada en mi rama favorita, leyendo con la espalda apoyada contra el tronco, Luisa me aseguró que había visto una serpiente treparse al árbol y dirigirse hacia mí.

“No seas ridícula, Luisa. Las serpientes son las criaturas más sigilosas. No se dejan ver y nunca se alejan tanto del bosque. Si lo hacen esperan más bien que sea de noche, para cazar sus presas.”

Se lo dije con un tono indolente y sabelotodo, pero por dentro estaba nerviosísima y a punto de bajar de un solo salto. Odiaba las serpientes, sus escamas viscosas me horripilaban. Pero Luisa no estaba satisfecha de mi reacción e insistió: 

“Se está acercando a ti, ¡cuidado!”, y pegó un grito como si fuera ella la atacada por la serpiente invisible.

El miedo pudo más que mi sensatez, y me apresuré a bajar. Pero en la prisa pisé el punto más frágil, el que siempre evitaba meticulosamente, la madera seca se quebró y aterricé en el suelo en menos de dos segundos. Esa broma procuró que estuviera con el brazo derecho enyesado, el que había aguantado todo mi peso en la caída, durante tres largos meses. Mi mamá amenazó con cortar el árbol si nos sorprendía trepándonos una vez más. 

Me encontré anclada a la tierra y tremendamente aburrida, pues con el yeso hasta pasar las páginas de los libros me fatigaba. Empecé a salir más por el pueblo, nos íbamos a comprar golosinas y a mirar las tiendas −Luisa me acompañaba porque se sentía, con toda la razón, terriblemente culpable. Formamos un grupito, con más chicos y chicas de nuestra edad, y eventualmente me di cuenta de que el jardín ya me quedaba pequeño.

Empecé a interesarme más por los chicos que por los libros, y en particular por Bobby González que era el más inteligente y tenía una sonrisa divina. Nos llevaban en sus motos hasta el río y nos pasábamos tardes enteras tirados en el sol y nadando como peces. Fue así durante toda la secundaria, luego, de pronto, sentí que el pueblo también se había vuelto una bola muy angosta para que pudiese seguir nadando, y decidí mudarme a la capital. Donde el viento ya no me cuenta nada y la voz de los árboles es silenciada por el ruido mecánico e incesante de la ciudad.

Ya pasaron más de veinte años desde entonces, y fue hace cinco cuando recibí la llamada de Luisa. Conversábamos de mi trabajo, le contaba de mis pacientes, los ancianos que cuidaba en la residencia donde aún trabajo de enfermera. Estaba preocupada por uno en especial. Nunca recibía visitas de nadie, y yo pensaba que el Alzheimer había sido lo mejor que podía ocurrirle, pues irónicamente había logrado olvidar a todos, así como todos se habían olvidado de él. Si fuese una sutil venganza o un mecanismo de defensa, no lo sabía. Total, resultó olvidarse de haber sido olvidado. De pronto Luisa, que estaba escuchando hasta ese momento, cambió de tema:

“¡Ah, verdad! Hablando de Alzheimer…creo que yo también estoy afectada. No te conté que hace más de una semana estuve paseando por nuestra antigua casa y noté que ya no estaba el árbol de mango. Lo han talado, imagínate… “

Desde hacía años que mis papás habían vendido la casa y el terreno que la rodeaba; se habían mudado a otra zona del pueblo más céntrica. Me demoró un poco enlazar el hilo de mis pensamientos, que se había quedado en Raúl, mi paciente, con esta nueva imagen que nada tenía que ver y se remontaba a tan lejana época. 

“¿Árbol? ¿Cuál árbol? Ah…espera, ya te entendí. Oh, ¿en serio? ¿Por qué lo habrán talado?”

“No sé, contestó Luisa, pero supongo porque necesitan más espacio para construir nuevos edificios. Hace tiempo que no vienes por acá; el pueblo se ha extendido bastante. Se han construido muchas casas cerca a esa donde vivíamos y ya casi ninguna es de madera; todas son de material noble.” Noble. Porqué le dirán material noble al cemento, cuando a mí me parece tan escuálido, sigue siendo un misterio.

“Bueno. De todas maneras, es una pena.”

Así de simple archivamos la noticia del árbol de mango que había dejado de existir, y nunca más volvimos a conversarlo. Yo dije que era una pena, pero en realidad no lo pensaba. O, mejor dicho, lo pensaba pero no lo sentía. Justo había sentido demasiado en esa temporada, metida como estaba en mi trabajo, mis pacientes, el divorcio, la custodia de mis hijos. Había sido un año muy cargado, y ya no tenía energías ni para aguantar el peso de mi cabeza sobre mis hombros. Así que ponerme de luto por la desaparición de un árbol no estaba en mis planes, y preferí olvidarme del asunto. Simplemente mis fuerzas no me daban abasto, creo. O tal vez la pérdida de un árbol no me parecía tan relevante cuando era yo la que se estaba extraviando en un túnel oscuro y sin salida.

“Señora Rita, ¿usted cree en la reencarnación?”, preguntó Raúl.

Antes de retirarse, el médico me dijo que no habría superado la noche, que la vida lo estaba abandonando. Yo me había quedado con él, así no me tocara el turno de noche. Mi compañera que estaba de guardia no podía quedarse todo el tiempo a su costado, tenía que repartir su atención entre todos los demás pacientes, y a mí me preocupaba el momento de lucidez que precede cada muerte. Sabía que Raúl habría recuperado la memoria por un lapso de tiempo más o menos breve y temía lo que hubiese podido pensar, sentir, recordar. Que fuera invadido por el miedo primordial de dejar este mundo, y que no estuviese nadie ahí para tranquilizarlo. O que hubiese podido recordar los rostros de las personas que habrían tenido que estar al lado de su cama y que no estaban. Y lo peor de todo, que pudiera culpabilizarse en unas circunstancias en las que todos tendríamos que recibir nada más que afecto y compasión. 

El momento parecía haber llegado, y solo estaba yo sentada en su cuarto oscuro, apretando su mano caliente.  

“No lo sé, Señor Raúl. Nunca me lo pregunté. Pero supongo que es totalmente posible”. Era mi turno de hacer la pregunta. “Y usted, ¿cree en la reencarnación?”

Después de un largo suspiro tembloroso me contestó, con los ojos que atravesaban la ventana: “Sí. Esos dos castaños ahí afuera tienen un gran parecido con mis papás, creo que podrían ser ellos.” Esos árboles pertenecían a ese lugar desde antes que fuera fundada la residencia, y probablemente desde antes que nacieran sus padres. Habrán tenido unos doscientos años, como mínimo. Pero no dije nada, me limité a asentir con la cabeza.

“Creo que yo también podría renacer en un árbol de castaño. Justo aquí, cerca de ellos.” Le dije que me parecía una idea muy tierna, y que si era lo que realmente quería, se lo deseaba de todo corazón. 

Luego añadió: “¿ A usted en qué le gustaría reencarnarse?”

“En un árbol de mango” contesté, como si hubiera conocido la respuesta desde toda la vida.

Raúl expiró cincuenta minutos luego. 

E.

¡Me gustó! Lo comparto.
Share on Facebook
Facebook
Pin on Pinterest
Pinterest
Share on Tumblr
Tumblr

2 thoughts on “Raíces”

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.