velatorio

No tenía idea de que mi papá conociera a tanta gente o, mejor dicho, de que conociera a tanta gente que lo apreciara. No paran de llegar. Caras familiares se mezclan con caras de desconocidos, y con caras desconocidas que, tras una palabra o un movimiento, se superponen a recuerdos lejanos y se vuelven familiares. Frente a mí van desfilando, confusamente y en desorden, como si fuesen farolas desde un automóvil a toda velocidad, instantáneas borrosas de distintas etapas de mi vida. Días recientes se entrecruzan con días remotos, mi juventud, mi infancia y mi adolescencia se enredan como hilos en un ovillo.

El señor que acaba de entrar, por ejemplo, creo que lo he visto alguna vez en la sala de estar de nuestra casa, fumando un habano y tomando whisky con mi padre. Me recuerdo observándolo mientras estaba parada al lado del sofá donde se encontraba mi papá, y mirar fijamente su media roja. Lo recuerdo sentado de manera varonil con un tobillo apoyado sobre la pierna opuesta y yo hipnotizada por esa media roja que le cubría la pantorrilla; la otra, tapada por el pantalón. Estaba justo a la altura de mis ojos, no tenía ni que levantar ni que bajar la vista, así que debo haber tenido unos cuatro o cinco años. No recuerdo lo que se dijeron, si llegó a hablarme, pero tengo la impresión de que me haya cargado.

Veo otras caras que he hojeado entre los álbumes de familia, y el hecho de que se hayan materializado aquí, en carne y hueso, me hace pensar extrañamente en esas fotografías vacías, con las marcas del lugar que solían ocupar. Las caras dan vueltas y vueltas, como las nubes en una tarde de otoño, cuando el viento sopla fuerte, y algunas se me acercan, me abrazan, muestran conocerme y compadecerme, mencionan nombres y acontecimientos con naturalidad, como si fueran personas muy cercanas y siempre hubieran estado al lado mío, nuestro. Para mí no dejan de ser caras que flotan y que hablan.

Mi papá parece haber sido el hombre más sociable de la tierra, quizás tenía lados de su carácter que eligió mostrar solo fuera de su hogar, quizás con ellos pudo compartir su lado más jovial, mientras que para nosotros reservó el más serio y a veces amargado. O quizás no, quizás con nosotros era él mismo y con los demás tuvo que ocultarse tras una máscara hecha a medida del contexto. ¿Quién eras, papá? ¿Puede que nunca llegué a conocerte de verdad?

* * *

Me doy lástima a mí mismo. Este es el cuarto velorio del mes. Soy un buitre por aprovecharme de esta manera de las muertes de familiares lejanos y familiares de amigos, pero no puedo actuar diferente. Desde la partida de mi esposa, los velorios son los únicos lugares en donde me siento completamente libre de externar mi dolor y puedo dejar de fingir. No me tengo que esforzar para contener las lágrimas, para no incomodar a las personas, verlas rebuscar frenéticamente, entre los compartimientos de su memoria, alguna frase de un libro o una película que me pueda reconfortar o que simplemente les dé la ilusión de que me están reconfortando.

A veces incluso recurren a algún chiste malísimo, contado además con intermitencias e incongruencias, para sacarme una sonrisa. Pero en su mirada está claro que se sienten fastidiados, hasta molestos, por haberse dejado arrastrar en esa situación sin salida, y que quisieran correr lo más lejos posible de mí y de mis penas que los atrapan como una piedra amarrada al pie de un prisionero.

Mientras que aquí, por lo menos, mi pedacito de dolor se suma y se confunde con el de los familiares, sin dar en el ojo y sin agobiar a nadie, pues estar triste es exactamente lo que se espera de mí en estas circunstancias. Sin contar que tengo alrededor mío la excusa más apropiada de todas para poder nombrar a Clara las veces que deseo. En efecto, no hay nada más normal que acordarse de tu esposa difunta cuando la muerte te asedia por todos lados. 

* * *

Todas estas coronas de flores me hacen estornudar. Tomar nota: para la alergia no hay nada peor que pasear debajo de las glicinias en primavera, y asistir a velorios. Lo bueno es que por lo menos me ponen los ojos lagrimosos y acordes con el ambiente. De otra manera podrían juzgarme o resentirse, al pensar, engañándose, que no siento tristeza. No importa si por dentro estás que gritas, sufres y te asfixias.

Yo no soy capaz de llorar en público, y todos creen que soy seco por esta razón. Y no es porque sea hombre y tú me hayas enseñado que los hombres no lloran. O quizás sí, al principio sí, quería demostrarte ser tan valiente como tú. Pero ahora simplemente, por más que pueda esforzarme, soy incapaz de derramar lágrimas en presencia ajena. Es como si mi cuerpo se convirtiera en un escudo volteado hacia el interior para detener la emociones que como balas se clavan en mí, pero que no logran perforarme y revelarse.

Sin embargo, las personas que más han sufrido nunca las vi llorar. En algunas, incluso recuerdo haber visto un esbozo de sonrisa. Como si su cerebro hubiera hecho corto circuito y ya no supiera cómo dar instrucciones a los labios. Pero en fin, a la gente le gusta su teatrito. Quiere que tu sufrimiento sea tangible y saber que todo procede según el guion y que ellos también pueden seguir adelante con su papel, dándote consuelo y ofreciéndote su hombro, por ejemplo.

¿Qué hubieras pensado tú de las flores? ¿Que eran excesivas, quizás? ¿Te gustaban las flores, para empezar? ¿Alguna vez te sentiste infinitamente pequeño viendo las estrellas o te conmoviste contemplando un atardecer? ¿Qué pensabas de la poesía? ¿Alguna vez leíste una? Y no me refiero a las que te hacen aprender de memoria en el colegio para el Día de la madre o del padre y luego repetir como loro. ¿Te ha sucedido tener ganas de leer una exclusivamente por tu propio deleite? ¿O habrías catalogado tajantemente todo esto como “mariconadas”?

Todas estas flores, rosadas, lilas, amarillas, rojas, violetas, con las que te homenajean me resultan tan impertinentes, tan inoportunas. Aunque, no se estila obsequiar puros en un velorio, ¿o sí?

* * *

Hasta el último intentaste alejarnos y mira: no lo lograste. Cuántas veces me has botado de tu casa, hermano, o me has dado a entender que mi presencia no era deseada mediante tus densos y engorrosos silencios. Ahora que te veo descansando serenamente, el silencio se ha vuelto absoluto e irreversible y se ha tragado hasta siempre las disculpas que nunca supimos pronunciar. Quizás así sea mejor, o qué no serías capaz de hacer.

Apuesto a que te está costando mucho no poderte levantar de ese ataúd para botarnos a todos a patadas, viejo gruñón, y, de paso, hacernos desmayar por el susto. ¿Por qué decidiste mantenerme al margen? Cómo me hubiera gustado que nos apoyemos durante estos últimos años, desde que nos volvimos los únicos sobrevivientes de nuestra familia. Poder contar el uno con el otro en nuestra vejez. Porque a pesar de todo, yo decidí quedarme solo con los buenos momentos, como cuando éramos niños y nos íbamos a pasear a orillas del lago y me regañabas si me acercaba demasiado al agua, por lo que todavía no sabía nadar.

Es raro porque hace tiempo que ya no estábamos en contacto y, a pesar de eso, tu ausencia me hace sentir solo y desamparado. Se quedan mis hijos, mi esposa, mis nietos, pero tú te llevas contigo esa parte de mí que pertenece a un mundo antiguo, donde ellos aún no existían. Cuando éramos una familia pobre pero feliz. Te llevas mi niñez, cuyo último testigo eras tú. Ahora ya no tengo a nadie que pueda acompañarme en el viaje del recuerdo, que no solo pueda escuchar mis historias sino revivirlas junto a mí. Abraza a mis papás y a mis hermanos, cuando te reúnas con ellos. Diles que no demoraré. 

* * *

Se me parte el alma al vernos todos reunidos, por ti pero sin ti. Están nuestros hijos, tu hermano Lucio, tus nietos, tu bisnieto. Nuestros amigos, tus colegas, y todos los que te conocieron y supieron reconocer que eras un hombre correcto y que nunca eludiste tus responsabilidades, ni perdiste la oportunidad de tender tu mano a quien la necesitaba. Nadie puede negarlo y el hecho de que la sala esté repleta lo confirma.

Me siento tan enojada. Detesto que tus párpados estén cerrados y no puedas vernos a todos juntos, ¿hace cuántas Navidades no sucedía? Hemos dejado que las discusiones, los rencores, el orgullo nos separen. No tenías un carácter fácil. A tu manera tratabas de mantener a la familia unida, pero ponías la valla demasiado alta y terminaste apartando a nuestros hijos. Te encantaban las reuniones, pero cada vez menos participaban y al final solo fuimos tú y yo, en una casa demasiado grande, donde nuestra soledad siempre terminaba encontrándonos. Ya no soportaban tus críticas, el disgusto con el que los mirabas, las comparaciones que solías hacer. Los reproches sobre errores que se remontaban a épocas lejanas y que todos habíamos olvidado menos tú.

Te habrías sentido más liviano al dejar ir esas viejas historias, pero no, terco como una mula te aferraste a ellas como a una cruz, cargaste todo su peso sobre tu espalda y al final te impidió seguir caminando. Creo que de alguna manera eran tu cruz. No lo habrás hecho, a propósito, ¿verdad, viejo terco? Luego de tantos intentos fallidos de reunirnos en vida, ¿no habrás asumido que quizás de muerto tendrías más suerte? Perdónanos, Francisco, no fuimos la familia que hubieras querido, somos muy lejanos de tu modelo de perfección. Y a pesar de todo te amamos. Me haces tanta falta. 

* * *

Este traje me hace sentir un poco rígido, no recuerdo la última vez que me vestí tan elegante. Escucho las voces; escucho. Luego de tantas palabras superfluas, por primera vez me detengo a escuchar. Algunos sollozan. Quisiera ofrecerles el pañuelo que tengo en mi bolsillo izquierdo, pero estoy paralizado. No falta nadie, vislumbro sus sombras, adivino sus siluetas que se mueven. Es como si pudiera verlos. Eso es todo lo que pedía, no hay nada que me haga tan feliz. Se aproximan a mí, apoyan sus labios en mi frente, rozan mi rostro con sus dedos ligeros. Siento que estoy llorando, pero mis mejillas siguen secas y tiesas. Y mi corazón podría salirse de mi pecho, si no hubiese dejado de latir. 

E.

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