escoba

Doña Rosa barría su terraza de izquierda a derecha, una y otra vez, sin dejar que se depositara ni un solo granito de polvo o arena, levantado inevitablemente por cientos de mototaxis que cada día subían y bajaban del cerro a la ciudad. Y al encontrarse su casa en una montaña de desierto, no se trataba de una tarea tan simple. Cuando Doña Rosa oía a lo lejos toser el motor de un mototaxi, sonido que se aparentaba al de una trompeta resfriada, aferraba de inmediato su escoba y se precipitaba afuera dejando perplejos y medio asustados a los conductores que temían estar apunto de recibir una paliza. Su pequeño televisor seguía transmitiendo entre sobresaltos, como el electrocardiograma de alguien a punto de tener un infarto, las escenas de la última telenovela que la había enganchado. Probablemente el final del televisor tampoco estaba tan lejano. A veces Doña Rosa lograba reanimarlo, teniendo mucho cuidado de desplazar su antena con una precisión casi quirúrgica.

No era el único objeto antiguo que adornaba su humilde mansión. Pero eso sí, todos estaban impecablemente relucientes. En todos los cuartos se respiraba un olor de lejía mezclada con lavanda. En general, se podía decir que el interior de su casa era un ambiente cálido y acogedor. No tenía ni una pizca de huachafería, y todo hacía pensar que había sido elegido escrupulosamente, hasta en los detalles más sutiles, con un gusto un poco obsoleto, es cierto, pero con la intención de lograr una armonía que efectivamente se podía palpar. Los colores combinaban bien el uno con el otro y predominaba el morado que era el color que pertenecía al santo de su devoción. No había nada que desentonara. Los cuadros y fotos familiares, los mil y un tapetes tejidos a croché por ella misma, los adornos en cerámica. Cada cosa era tal como (o casi) se la había imaginado Doña Rosa, cuando aún se llamaba solo Rosa, o Rosita.

Rosita era la menor de cinco hermanos y como ella era la única que aún no iba al colegio, su mamá tenía que llevarla consigo al trabajo. Cada mañana despertaban a las cuatro de la madrugada. Luego de haberse bañado, la mamá volvía a llenar el balde con agua fría y lo echaba en la cabeza de Rosita. Mientras sus dientes seguían tiritando, la mamá le alcanzaba ropa limpia y solía repetir que la dignidad es una de las pocas cosas que, a Dios gracias, no se debe de comprar, aunque sí se pueda vender. Pero esa parte del refrán, Rosita solo la entendería mucho tiempo después. El mismo día que entendió que cuando tienes hambre y no comes, el hambre te come a ti. Limpias e inmaculadas, bajaban hasta el paradero más cercano para coger el primer bus. A las ocho en punto, tenía que presentarse en casa de los Salas, Castro o Rodríguez y si demoraban un solo minuto más, corrían el riesgo de quedarse sin desayuno.

Mientras su mamá barría, trapeaba, pasaba la cera en el parqué de madera de cedro, tendía las camas con sábanas de lino y lavaba la ropa, Rosita se dedicaba a sacar el polvo de uno a uno los frágiles adornos que la dueña de la casa coleccionaba y que provenían de todas partes del mundo. “Ten cuidado con esa lámpara, me la trajeron de Estados unidos. Y ese florero lo compré en mi último viaje a Europa, no lo manosees mucho”, repetía la señora Salas, Castro o Rodríguez mientras Rosita los agarraba fuerte entre sus manitos y su mente se iba a esos lugares, preguntándose si algún día podría conocer esos pueblos de nombres raros que quedan en algún planeta cerca de la Luna.

Eso lo asumió por lo que un día le contestó su mamá. Al preguntarle si ellas también podían viajar a Europa y comprar esas hermosas decoraciones para la casa, ella se rió y le dijo: “Europa para nosotros es tan inalcanzable como la Luna.” Rosita frotaba con un paño húmedo y mucha premura todos esos objetos “lunares”, hasta hacerlos brillar y poder ver su reflejo, y mientras se miraba fijamente era cautivada por la idea de que, creciendo, llegaría a tener una casa tan refinada como aquella. No le importaba, incluso si tenía que irse hasta la Luna a pie, lo habría hecho.

Hasta hace unos años, Doña Rosa había vivido en una casa muy común, igualita a las muchas otras que estaban apoyadas sobre los hombros de los cerros como guirlandas de colores. Pero, desde que su esposo había fallecido, Doña Rosa se dedicó a convertir su hogar en el más bello de todo el barrio y es así como ya lo conocían, como “la casa más linda de todo el cerro” y, por supuesto, todos sabían que pertenecía a la viuda Rosa.

Su fama fue creciendo junto a la de su casa. Toda su vida la había pasado atendiendo a alguien. Primero a los empleadores, luego a su esposo y en fin a sus tres hijos, todos varones. Ahora que su pobre marido, que en paz descanse, ya estaba en los cielos y sus hijos habían crecido y eran atendidos por las manos más jóvenes, aunque más inexpertas, de sus esposas, ella por fin tenía el tiempo de cumplir el sueño de su niñez. Era demasiado anciana para trabajar, sus dedos se habían vuelto demasiado lentos y ya nadie estaba dispuesto a contratarla. Pero la pensión social de su esposo nunca hacía faltar un pedazo de pan en su mesa y sus hijos la ayudaban como podían. Ya desde afuera la casa de Doña Rosa se presentaba distinta y parecía una foto recortada de alguna revista y pegada con cinta adhesiva encima del cerro.

La terraza era adornada con lindas y agraciadas macetas de plantas, geranios y violetas, como en ninguna otra casa. Ella las regaba con amor y paciencia todos los días, frente a los ojos juzgantes y escépticos de algunas vecinas que no entendían cómo podía darse tanta molestia por hacer crecer la vida en un desierto, como si fuera algo ilógico o casi innatural. Pero a ella, esas miradas la llenaban de orgullo porque le recordaban con nostalgia las sabias palabras de su madre: “La dignidad no se compra”. Si no la tienes, así tengas toda la plata de todos los Salas, Castro o Rodríguez del mundo, de nada te serviría. A los niños del barrio les encantaba pasar por delante de la casa de paredes verdes y flores en el balcón, porque al hacerlo eran invadidos por un dulce sentimiento de desorientación. Se sentían en un lugar ajeno y sentían crecer en ellos un anhelo extraño, inédito, pero que los apaciguaba con la imagen de un futuro tan bello como los geranios de Doña Rosa.

Un día oyó el motor de un vehículo aproximarse y, como de costumbre, salió afuera con su fiel escoba. Pero al salir se dio cuenta de que no se trataba del undécimo mototaxi. Era una camioneta de lunas polarizadas y mientras se preguntaba si no se hubiese metido a esas calles por error, del carro estacionado bajó su hijo menor Gilberto gesticulando y moviendo sus brazos como si fuera a huir de un incendio. Pero prestándole más atención, Rosa se percató de que en una de sus manos estaba apretando un pedazo de papel. Gilberto corrió a abrazar a su madre, la besó y, despegándola del suelo como una muñeca de trapo le dio vueltas hasta marearla. Doña Rosa estaba algo enfadada porque detestaba que la cogieran desprevenida. Sin embargo, se dejó contagiar por la alegría de Gilberto y hasta se olvidó del polvo que la camioneta había levantado y que orbitaba alrededor de ellos.

Continuará…

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