maleta de viaje

“Viejita, ¡no sabes qué me ha pasado! He ganado el segundo puesto de la lotería. Mira, este es el boleto ganador. He jugado los números de las fechas en que nació y murió mi viejito. Él nos ha bendecido.”

“¡No lo puedo creer! Debes de estar bromeando, hijo. Pero baja la voz y guarda eso en tu bolsillo. Acá la gente está endeudada hasta el cuello y tú vienes a sacar pica. Podrían matarnos a los dos.”

“¿De qué hablas, mamá? ¿Me crees tan sonso? ¡Ya fui a recoger la recompensa! Y está en un lugar extremadamente seguro y muy lejos de aquí. ¡En el banco, por supuesto! Me oíste bien, vieja. Tu hijo ya tiene cuenta en el banco, y una cuenta con varios ceros a la derecha. Se acabaron los huecos en los colchones. Por fin podemos remendarlos. Pero, por Dios, ¿qué digo? ¡Mejor compramos colchones nuevos!”

Gilberto estaba poseído por tal euforia que se había convertido en un loro; justo él que siempre había dispensado palabras con el cuentagotas.  

 “El boleto me lo han dejado de recuerdo. Pero apúrate mamá, ¿aún no entendiste a qué vine? Anda, arma tus maletas, nos vamos de este cerro para siempre.”

Esa frase entró a los oídos de doña Rosa como un juicio inapelable, como un camión gigante que se dirige en contra y sin frenos en un túnel estrecho y oscuro. ¿Dejar el cerro? ¿La casa en donde había vivido más de cincuenta años de su vida, y donde había criado a sus tres hijos? ¿Donde su marido, que en paz descanse, había exhalado el último respiro? Sintió que la cabeza no dejaba de girar, ya no sabía si por las vueltas o por ese anuncio repentino.

“Mamá, ¿qué te pasa? ¿estás bien?”, preguntó Gilberto.

Rosa quedó en silencio, y empezó a tranquilizarse. Su hijo ignoraba que estaba regresando de un viaje de cincuenta años en pocos segundos, en el que su vida en aquella casa había desfilado frente a ella como un tren. Pero finalmente volvió a apropiarse de su cuerpo y decidió que, al fin y al cabo, esa no era tan mala idea. Que dejar el barrio significaba dejar tras ella esa vida de miserias y pobreza que, siendo plenamente sinceros, le había regalado más preocupaciones que momentos de pura felicidad. Por fin podía pasar la frontera, estar del lado de los afortunados, de los que nacen con camisa, de los que la suerte siempre los acompaña. Tenía que reconocer que ganar la lotería era un gran golpe de suerte y desaprovecharlo habría sido un delito que, desde los cielos, su difunto marido nunca le habría perdonado. Quizás podría terminar sus días como la vecina de alguna señora Salas, Castro o Rodríguez. Pero qué estupidez… ¡qué vecina ni que ocho cuartos! Terminaría sus días como una Señora ella también. El nombre de Doña Rosa quedaría sepultado para siempre bajo el majestuoso peso de su nuevo título de Señora Huamán. Tragado por la arena de ese cerro que la vio nacer, crecer, pero que no la vería morir. Porque ella siempre supo que merecía una mejor vida, una en donde no existan mototaxis y en donde el mango de una escoba no es un cetro adecuado para una reina.

“Disculpa, hijo. Es que ni en un millón de años me hubiera imaginado oír algo así. Necesitaba un momento para entender que no estoy soñando. No me lo acabo de creer.”

“Tranquila, viejita. Yo también reaccioné así al comienzo. Pero te lo aseguro, todo es realidad. Así que no pierdas ni un minutos más, ya suficiente tiempo has pasado entre las paredes de este agujero. Agarra lo esencial y abandonemos para siempre este tugurio. Lo demás lo compraremos nuevo.”

¿Agujero? ¿Tugurio? No podía creer que su hijo amado, su primogénito, utilizara tales denominaciones para referirse a la casa donde había nacido y dado sus primeros pasos, hablar así de “la casa más linda de todo el cerro”. Pero en algo tenía razón, cincuenta años en ese lugar habían sido suficientes. Su nueva vida la estaba esperando y no podía tardar más. La reina tenía que ingresar a su castillo.

Así que entró a la casa una última vez y cogió la pequeña maleta debajo de la cama, que solo había utilizado una única vez en su vida para ir al entierro de su hermana en un pueblito de la sierra. Ahí puso su foto de recién casada que estaba en el mueble del comedor, su pijama, y el vestido y los zapatos que usaba para las fiestas y la misa de los domingos. También colocó su rosario y el dibujo que le había regalado hace un mes su nieta la menor. Pintada de verde estaba su casita, y también se encontraba ella en el balcón regando las plantas. No pudo coger nada más porque Gilberto estaba que la jalaba de una manga para que se apurara. “Compraremos todo nuevo”, repetía. “Con un millón de pesos, hasta podríamos comprar todo el cerro incluyendo a cuyes, conejos y gallinas. O a las mismas personas.”

No sabía exactamente a cuánto correspondía un millón de pesos, pero parecía ser mucha plata. Eran millonarios. Rosa no conocía a nadie que fuera millonario, y tampoco conocía a nadie que conociera a alguien que lo fuera. Es cierto que las familias donde trabajaba eran gente pudiente, adinerada, pero no creía que se los pudiera calificar de millonarios. En su imaginario la gente realmente millonaria, era la que podía permitirse de vivir sin trabajar. Como el rey o el presidente. ¿Qué hacía el presidente, a parte de dar discursos, salir en la televisión y mandar a las personas que lo rodeaban para que chambearan en su lugar?

Rosa se mudó esa misma mañana. No se despidió ni de las vecinas que con el pasar del tiempo se habían vuelto sus amigas, las que no se olvidaban nunca de llevarle una presa de cuy cuando mataran alguno. “Apúrate, ya no hay tiempo para despedirse de esas chismosas”, le había gritado su hijo. “Ya las llamarás por teléfono desde nuestra nueva casa y las invitarás para que vengan a verte. Ellas tendrán que ir, nosotros no volveremos a pisar este cerro nunca más.”

Continuará…

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