balcón con flores

Pero sus amigas nunca quisieron ir a verla.

Siempre que las llamaba, inventaban excusas y decían que era imposible cumplir con el requerimiento de Rosa. Primero dijeron que como vivía tan alejada, no tenían suficiente dinero para pagar el pasaje de ida y vuelta. Pero cuando ella se ofreció pagarles los pasajes y hasta enviarles un carro con chofer para la ida y el regreso, dejaron de lado el pretexto económico. Dijeron que les había salido un trabajito por ahí o que tenían que cuidar a sus nietos enfermos, o al gato o al perro. Parecía que no hicieran ni muchos esfuerzos para no ser descubiertas. Con el pasar de los meses, quizás ya cansadas de inventar mentiras, hasta dejaron de contestar el teléfono. Sus amigas no querían enfrentarse a la nueva vida de doña Rosa.

Saber que se había vuelto rica era una cosa, pero verlo con sus propios ojos era otra completamente distinta. Conociendo a Rosita no creían que ella quisiera rastrearles en cara el lujo de sus nuevas pertenencias, el jardín de rosas de todos los colores que no tenía punto de comparación con sus cuatro macetas de antes, las calles asfaltadas y bordeadas por árboles, los supermercados donde la comida es tan linda que parece de mentira y da pena comerla, y donde te llenan las bolsas y hasta las llevan a tu domicilio. Rosa les contó que la primera vez que fue al supermercado, en el patio de fruta y verduras, se le cayeron unas naranjas al piso y se sintió como una niña que había dejado resbalar una copa de cristal. Pero la gente la miró y rápidamente desvío su mirada como si nada interesante hubiera pasado.

Rosa les había descrito todo detalladamente, pero ellas no tenían ningunas ganas de comprobarlo. Podían soportar el hecho de que tuviese “la casa más bonita de todo el cerro” porque a pesar de todo seguía viviendo en el cerro, seguía siendo una de ellas. Pero no podían aguantar que hubiese escalado la pirámide social y llegado donde estaba ahora gracias a unos números que daban vueltas en un ánfora. Era un privilegio inmerecido como cualquier otro privilegio. Si hubiera llegado ahí gracias al sudor de su frente o de la frente de sus hijos o simplemente de alguien, otra habría sido la historia. Ellas habrían podido auto-convencerse, vestirse de la ilusión que ellas también, tarde o temprano, la habrían podido alcanzar, sangrando, escupiendo, sudando y volviendo a sangrar. Pero la probabilidad de que alguien del cerro pudiera ganar la lotería era de por sí muy baja, y que otra u otras más pudieran tener la misma suerte era un cuento más falso que el de Papá Noel.

Por otro lado, Rosa empezaba a preguntarse si es que había tomado la decisión correcta. La familia compró una casa en el distrito acomodado de Santa María, cerca del Club más exclusivo de la ciudad, pero entendieron desde luego que el millón que habían ganado no les permitía adquirir la mansión que esperaban, el castillo con el que Rosa soñaba. Tenían una casa muy espaciosa, de cuatro cuartos con cocina, salón, cochera, jardín y, la cereza del pastel: vista al mar. Pero no destacaba de las demás residencias igual de hermosas o hasta más grandes y más bellas. Lejos de ser una mansión de reyes, Rosa no tardó en comprender que nadie le estiraría la alfombra roja.

También descubrieron que la plata empezaba a irse como agua de un grifo malogrado. Que los verdaderos millonarios no se medían en moneda nacional y que ese millón de pesos iba perdiendo cada vez más ceros, y con los ceros también se esfumaba la ambición de no tener que trabajar nunca más. Los vecinos que, por cierto, no se llamaban ni Salas, ni Castro, ni Rodríguez, sino que llevaban apellidos impronunciables, al principio se mostraron distantes y desconfiados debido a su apariencia. Conforme pasaban los días y los meses tuvieron la confirmación de que pertenecían a ese mundo solo por una mala broma del destino y que, lamentablemente, en pleno Santa María, no estaban autorizados a levantar ningún muro para encerrarlos en su marginalidad. Así que empezaron a evitarlos y luego a despreciarlos casi abiertamente a través de susurros a los oídos y muecas al borde de los labios. Doña Rosa que en su casita verde se sentía la rica entre los pobres, ahora se sentía la pobretona entre los ricos. Y no era una condición que estaba dispuesta a aceptar por mucho tiempo más.

En la casa, todos a su alrededor parecían transformados, embrujados, poseídos. Su hijo se había vuelto un fanfarrón pomposo que no paraba de abrir el pico y ella lo prefería mucho más cuando pensaba que se callaba por sabio y que su silencio ocultaba una forma elevada de inteligencia. Mientras que en realidad se callaba por falta de autoestima, lo que la plata había solucionado con un golpe de varita mágica. Hablaba más, aunque las cosas que decir no habían aumentado y evidentemente terminaba diciendo puras sonseras. Y así todos los demás también se afanaban por aparentar ser distintos y para hacerlo intentaban imitar a los aristócratas que los despreciaban, pero cayendo en el ridículo y en lo grotesco. También empezaron a despreciar a quien estaba debajo de ellos y todo con la esperanza de que algún día serían aceptados y formarían parte del círculo.

Doña Rosa aguantó unos meses, y llegó casi al año. Pero al fin no pudo más y antes de que su hijo dilapidara por completo su ganancia, queriendo demostrar estar a la altura de ricos que habían nacido con camisa, decidió regresar al cerro. Cogió su maletita y ahí puso las seis cosas que había llevado con ella. Cuando llegó a su casa casi nada había cambiado, al parecer se había vuelto una especie de mausoleo que utilizaban para narrar la historia de la vecina que ganó la lotería y que se fue a vivir con los pitucos. Hasta las flores seguían con vida, pues evidentemente alguien se había encargado de regarlas en su lugar. Limpió todita su casa de arriba abajo hasta hacerla brillar. Luego se puso a descansar en su sofá que le parecía mucho más cómodo que el de Santa María.

Tenía los ojos cerrados y una sonrisa pacífica cuando oyó a lo lejos la que le parecía ser la sinfonía más dulce y bella del mundo. Eran los arcángeles que sonaban las trompetas celestiales. Rosa se apuró en coger la escoba y salió corriendo al balcón. Sintió que ella era la reina y, ese desierto, la Luna.

FIN

E.

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