escribir en laptop

De: celia.reyes@gmail.com

A: s.valdelomar@gmail.com

Objeto: Con el afecto de siempre

Mi querida Sandra:

He pensado mucho en ti y en la conversación de nuestro último encuentro.
¿Recuerdas el viento que soplaba ese día, que no te dejaba ni prender tu cigarrillo, mientras estábamos sentadas en la terraza del café? Ahora desde ese mismo café, no tan lejos de la mesa que ocupamos aquel jueves, si no me equivoco, puedo ver cómo los niños se refrescan en las fuentes de la plaza, rociando agua y a la vez corriéndose de los chorros, fingiendo que no desean mojarse, solo para agregarle un poco más de adrenalina al juego. El cielo parece un manantial y entre las ramas de los árboles, no baila ni una hoja.

Suelo venir a este mismo café casi todas las semanas, desde que te fuiste. Ese día fue el azar quien nos guió, pero seguí volviendo porque no queda muy lejos de mi casa, puedo venir a pie y preparan un excelente té de flores de Jamaica. Todo esto para contarte que han cambiado las estaciones alrededor mío, la ciudad ha mutado de piel como una serpiente, pero mi vida sigue siendo la de siempre. ¿Qué diferencia con la tuya, verdad?

Según mis cálculos, en este momento deberías de encontrarte en Honduras, rescatando a las víctimas del terremoto de mayo. Por lo menos, eso es lo que he leído en el periódico. Sé que tu organización también está implicada en el conflicto de Yemen, pero es más probable que te hayan mandado a Honduras, debido al idioma. Espero que puedas contármelo cuanto antes en tu próximo correo. Pero no te escribo simplemente para pedirte novedades, ni para dártelas.

Siento que ese día no pudimos terminar la conversación como hubiese querido; tuve que acompañarte a la estación antes de que pudiéramos cerrar el tema. Aunque sé muy claramente que es un tema que nunca podremos cerrar del todo. Y justo a eso me refiero; cerramos nuestra conversación antes de aclarar que es un tema que no tiene fin. Más bien podía parecer que las palabras con las que nos despedimos fueran una conclusión y no lo son.

Fue lindo y a la vez nostálgico recordar juntas nuestra adolescencia, las épocas en que llevábamos alta la antorcha de la juventud, y con ella una energía revolucionaria. Me preguntaste si todavía pensaba en aquellos días, cuando las dos deseábamos cambiar el mundo. Te contesté que sí, por supuesto, cómo poder olvidarlos. ¿Y cómo puedes cambiar el mundo si ni te atreves a cambiar tu rutina? Fue lo que tus ojos parecieron reprocharme y que, por respeto a nuestra amistad de años, no verbalizaste. Lo que si me dijiste, fue: ¿Dónde fue a parar esa chica? Has cambiado. Yo te contesté: Las dos hemos cambiado; hemos crecido.

Qué palabras más escuetas las mías y ¡cuánta innecesaria teatralidad! Parecían salidas del guion de alguna mediocre y previsible telenovela. Te debía más que eso, pero no te escondo que probé un poco de irritación en ese momento y las vomité antes de que esa irritación se transformara en vergüenza o, peor, culpabilidad. Me defendí sin entender que no me estabas agrediendo, ni criticando, ni mucho menos juzgando. Quizás solo estabas poniéndome a prueba y con mis palabras te di la razón. Al subir a ese tren debes de haber pensado: Celia, mi amiga de infancia, realmente ha cambiado.

¿Realmente he dado la espalda a la joven que era y me he transformado en una de esas personas que detestábamos, únicamente preocupadas por el pasto verde de su huerta? Tranquila, si te escribo este largo mail es para que disipes cualquier duda al respecto. Yo creo lo siguiente: estamos combatiendo una misma lucha. Tú, viajando por el mundo, y yo sin casi nunca dejar mi barrio. Sé que el plan era un poco distinto al principio, que las dos teníamos que estar viajando, delatando a los opresores y asistiendo a los oprimidos. Soñábamos con embarcarnos en la nave de Greenpeace o de pronunciar discursos inspiradores ante la ONU. Que íbamos a estar presentes en todo conflicto social del planeta para hacer oír nuestra indignación.

Puede que pienses que me acobardé, que el confort de la vida pequeño-burguesa me volvió muy blanda, indolente, peligrosamente indiferente. Pues déjame decirte que no es así. Mi voz, quizás nunca se separe de la tinta ni traspase las hojas de papel, pero sigue incansable, inquebrantable. Para levantarla con firmeza, no necesito un pupitre ni una multitud delante mío. Solo requiero la soledad de mis horas y, para mi regocijo, ese delicioso té del que te contaba. No he desertado de nuestra “misión”, aunque no me veas en primera línea, a tu lado. Nada más estamos luchando con arma distintas. Mi arma es la belleza, la tuya son las ideas.

Personalmente yo me siento tan cansada de las ideas, que al leer la frase célebre del príncipe Miškin de Dostoevskij, “La belleza salvará el mundo”, tuve ganas de pararme de pie y aplaudir. Me di cuenta en ese momento de que las ideas muchas veces me han defraudado; que una misma idea puede ser utilizada para predicar el amor y sembrar la desesperanza. ¿O por qué, sino, lanzarían bombas en nombre de la paz? Quieren hacernos creer que son incorruptibles, que la razón es su brújula y su gloria. Que sobreviven al tiempo y al espacio, que son imperecederas. Pero te cuento un secreto: mueren en el mismo momento en que son enunciadas. Porque nunca serán iguales al mundo de donde provienen. Y desde ese mundo nunca deberían salir.

Las ideas se pliegan con demasiada facilidad ante las pasiones humanas. Así que, si las miras bien, en su interior, no encontrarás más que contradicciones. Cuando las despojas de su envoltura, de toda esa verborrea que las encierra, no queda nada más que humo. No son roca, no son montaña, son más bien como el agua que asume los contornos de los mares, de los ríos, de los charcos y las peceras. ¿Y cómo jurarle fidelidad a algo tan cambiante? Pues no pude, no puedo. ¿Ya me vas entendiendo?

Preferí buscarme otra patria. Es la República de las letras adonde pertenezco. Aquí no idolatramos ninguna idea y dirigimos nuestro culto a la belleza. La belleza jamás nos engañará. No tienes que sacarla de un mundo etéreo para traerla entre los hombres, pues ya está con nosotros. Y de esta manera jamás se desvirtúa. El trabajo del artista está en apuntarla con el dedo, sencillamente. Nosotros no inventamos nada, Sandra. Nos dedicamos a la forma y no a los contenidos y la forma es tan transparente como inocua. Es una línea que nada lo puede tapar.

No te preocupes, querida amiga, mi objetivo sigue siendo el mismo. Deseo cambiar el mundo, inundándolo de belleza. Porque cuando los seres humanos aprenden a verla, se vuelve una fuente de la que ya no pueden dejar de beber. Su sed es implacable. Y todo lo que va en su contra, todo lo que constituye una amenaza para su existencia, los repele.

Si pudiera reunir a toda la humanidad ahora mismo, esta sería mi propuesta: que la verdad abdique de su trono y se lo ceda a la belleza. A la belleza que no exige nada excepto ser admirada y celebrada. ¿Cuántas vidas, en cambio, fueron sacrificadas sobre el altar de ideas autoproclamadas como verdades universales? Sin embargo, nuestro pecado capital fue relegar la belleza al rol de mero adorno. Desde entonces el mundo se puso de cabeza.

Espero que ahora me comprendas un poquito más. Las posibilidades de que yo fracase no son ni mayores ni menores a las que tú tienes. Ambos intentos no dejan de ser más que un acto de fe. Pero nunca dudes de que formamos un mismo bando. Disculpa la demora que me tomó escribir este mail, pero aun así espero que te alegre leerlo.

Tuya,

Celia

E.

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