reloj

Fernanda miraba asustada las agujas del reloj mientras se mordía voraz las uñas de las manos ya casi inexistentes. Era un vicio que estaba intentando abandonar, pero en esa situación le era imposible reprimir el impulso. En el cuarto flotaba un silencio profundo que solo lograba volver la espera más ensordecedora. Pronto las agujas se habrían superpuesto en el número doce. Incluso a ella, que era la mayor de los hermanos, le era prohibido quedarse despierta hasta tan tarde. Pero no había forma que se metiera en la cama con esa ansiedad que enviaba descargas eléctricas a todo su cuerpo.

Hubiera querido prender el televisor y revisar los canales de noticias para cerciorarse de que nada malo le había pasado. Si hubiese ocurrido algún accidente probablemente lo estarían reportando. Sin embargo, Rita y Ángel descansaban tan serenamente, en la cama donde solían dormir los tres abrazados, que no quería correr el riesgo de despertarlos con la luz estridente de la pantalla. Los había acostado ya hacía cuatro horas, cuando las punzadas del hambre empezaron a volverlos inquietos y malhumorados. Hasta una mosca que volaba se había vuelto un buen pretexto para reñirse y si no los hubiese acostado prontamente habrían llegado a las manos. Rita no soportaba que Ángel la mirara, no paraba de chillar y él, que un verdadero angelito no era, seguía mirándola con mayor terquedad y fingiendo no entender qué estaba haciendo de tan reprensible, cuando todos saben muy bien que no tiene ni un pelo de tonto.

Fernanda los llevó a la cama a la fuerza, entre gritos y pataletas, y luego de repetir la oración de todas las noches logró calmarlos. La oración fue realmente milagrosa y, antes de terminar, Rita, inesperadamente, pidió salud en abundancia para todos sus seres queridos: “Incluso ese fastidioso de Ángel”. “Y también para la tontita de Rita”, añadió Ángel inocentemente. Esa fue su peculiar manera de reconciliarse y en menos de diez minutos los dos ya estaban babeando en cima de la almohada. Fernanda los miraba con ternura infinita, con el agüero de que estuviesen soñando con banquetes reales en donde podrían servirse de forma ilimitada, para todas las veces en que la mesa de su casa quedaba triste y vacía. Ese era un estratagema que ella había aprendido, en carne propia, desde pequeña.

Los días en que no había nada para cenar se obligaba a acostarse temprano, a veces incluso antes de las ocho, para lograr engañar su estomago rebelde. Se metía entre las sábanas, rezaba, así como lo había hecho esa noche con Ángel y Rita, y casi de inmediato se hundía en un mundo donde dejamos de ser esclavos de nuestras pulsiones. Sucedía improvisamente, como si Dios se apiadara de ella al punto de hacerla caer rendida chasqueando sus dedos invisibles, pero no lo suficiente como para hacer aparecer frente a ella uno solo de sus platos favoritos, o un mísero vaso de leche. Pero Fernanda tampoco se atrevía a pedir tanto, y lo único que deseaba era amanecer al día siguiente con las esperanzas renovadas de no terminar con calambres indomables y contra las cuales su único recurso sería el sueño.

Esa noche, mientras sus hermanos dormían, Fernanda no sentía calambres porque su angustia era más poderosa. La corriente de aire que se infiltraba desde las ranuras debajo de la puerta y entre las ventanas se volvía cada vez más cortante y ella también hubiese querido arroparse al lado de sus dos hermanos. Si permanecía despierta era únicamente porque su papá se lo había prometido. Le dijo que iba a regresar antes de que anochezca y que no iban a cenar ni leche ni cereales, por fin habrían gozado de una comida verdadera, algo que con tanto frío calentaría sus tripas y sus cansados corazones. Esas habían sido las palabras de su papá. A decir toda la verdad, también había agregado que la comida habría sido “completa”, incluyendo “entrada, plato principal y postre”.

Sin embargo, por más que Fernanda amara a su padre y deseara creer que no existía nada imposible para él, reconocía que tenía la costumbre de exagerar las cosas. De hecho, cuando era más niña se había decepcionado en más de una ocasión a raíz de esos propósitos desmedidos y que rara vez se traducían en empresas enteramente exitosas. Recordó una vez en que, harta de llevar el mismo pantalón de tela que se había descosido en más de un punto, recriminó a su padre: “¡Todos los días tengo que ponerme este pantalón viejo! ¡Por una vez me gustaría vestir algo más femenino!”. Su papá agrandó los ojos como si fuera un cachorro abandonado en medio de la autopista, miró el pantalón que efectivamente estaba un poco desgastado y desteñido y prometió que al día siguiente le compraría “el vestido más hermoso y más codiciado por las niñas de la ciudad”.

Se fue a una tienda en donde había visto detenerse a varias chiquillas para contemplar un vestido rosado con volantes de tul. El más soñado entre las que aspiraban a parecerse a magníficas danzantes. Pero cuando vio la etiqueta del precio se percató que incluso utilizando todas sus economías, que llevaba reunidas en un pañuelo polvoroso al interior de su bolsillo, no podía llegar a juntar esa suma. Aun así trató de mantener fe a su palabra y no traicionar la promesa que le había hecho a su hijita. Se presentó ante Fernanda con un vestido largo y azul marino de flores amarillas con mangas abombadas. Estaba en buen estado aunque no parecía perfectamente nuevo y, en efecto, por más que buscara, Fernanda no encontró ninguna etiqueta grapada ni por dentro ni por fuera. Nunca supo cómo había logrado conseguir ese vestido que en su conjunto no estaba feo, pero que era muy lejano de la idea del “vestido más hermoso” que se había figurado. Lo que sí sabía con absoluta certeza era que hacía siglos que las mangas abombadas habían pasado de moda.

No tuvo el coraje de decirle nada a su papá y simplemente le agradeció con un sonoro beso en la calva morena. A esa vez, le sucedieron otras en las que Fernanda terminaba conmovida por el esfuerzo del padre, pero no plenamente satisfecha. Las fantasías creadas por él, y que luego le transmitía, seguían superando de lejos la realidad que se materializaba frente a su mirada perpleja. Con el pasar de los años aprendió a creer la mitad de las palabras que su papá pronunciaba y, esa noche, obviamente no esperaba verlo aparecer con una suntuosa cena de tres platos. Lo que sí se habría imaginado era que su papá llegara a la hora de cenar por lo menos con un pollito recién horneado para compartir entre los cuatro, y a lo mucho, con unas dos papas de acompañamiento. Sin embargo, ya estaba de madrugada y hacía varias horas que su papá debía haber cruzado la puerta que miraba desconsolada.

Estaba al borde del llanto y de la desesperación y lo único que hacía retroceder sus lágrimas era el cuadro de sus hermanos que, a pesar de ser como perro y gato, yacían enroscados para abrigarse de la noche inclemente. Tenía que ser fuerte por ellos, si algo le hubiese pasado a su papá ella se convertiría en la única persona en la faz de la tierra capaz de protegerlos y cuidarlos. Por ellos habría dado esta vida y todas las futuras, aun así fuesen un poco más afortunadas que la que le había tocado en ese cuerpo flacucho. Por otro lado, no tenía la más remota idea de cómo hubiera hecho para mantenerlos. ¿Quién se habría quedado con ellos mientras ella hubiera tenido que salir a la calle a trabajar? Su papá siempre regresaba antes de las nueve, solo una vez que le había hecho tomar un susto había llegado pasadas las diez. Se había encontrado con un primo que no veía en años y se habían ido a beber unas copas para celebrar el fortuito encuentro. Luego de aquella vez, en que la había encontrado dormida en el suelo al pie del ingreso, sin mantas y con las manos que eran dos hielos, le había prometido que nunca más la dejaría esperándolo. Y nunca más había vuelto a pasar, hasta esa noche.

¿Qué había podido salir mal? Su mente empezó a proyectar en las paredes de sus ojos, como en un cine de terror, imágenes espantosas del padre ensangrentado tirado a un lado de la carretera como un perro callejero. O su cuerpo tieso escondido en una bolsa de la basura dentro de algún turbio maletero que pertenecía a un criminal con dientes de oro. O que hubiese sido acuchillado en medio de un atraco, despojado de toda su indumentaria, y abandonado por una callecita oscura y desierta mientras lentamente el frío iba sumergiéndolo en un sueño del que ya no despertaría. También imaginaba que quizás habrían podido socorrerlo de lo que fuese que le había pasado y llevarlo a un hospital. Pero en tal caso, ya que no habían enviado a nadie a avisarles, su padre tenía que yacer en coma o quizás se encontraba en ese mismo instante luchando entre la vida y la muerte. Lo imaginaba tendido en el quirófano y, con el último destello de conciencia, pensando en ella, en la promesa que había roto a su pesar. Prefiriendo morirse antes de leer en sus ojos la ilusión herida. ¿En qué otro lugar podía encontrarse que no le permitía volver? ¿En dónde más podían detenerlo en contra de su voluntad? Claro, en la cárcel, pensó. Pero en tal caso las autoridades ya se habrían enterado de que en esa casa vivían tres menores de edad y habrían ido a recogerlos.

Cuando su papá entró por la puerta cargado con cinco bolsas desbordantes, Fernanda estaba durmiendo con la cabeza inclinada hacia adelante y la frente apoyada en sus brazos, sentada en una silla del comedor. Se había mareado con tantas vueltas, tantos rodeos sin salida y sus párpados se habían cerrado en una vencidos, extenuados. El padre la despertó con dulzura, temía que fuera a sobresaltar por el miedo. “Fernanda, hija, estoy acá. ¡Mira cuánta comida traigo!” le dijo el padre enseñándole las bolsas que colgaban de sus dedos purpúreos por el frío y porque el plástico le estaba cortando la circulación. Fernanda abrió despacio un ojo y permaneció callada un instante mientras decidía si estaba soñando o no. Luego también abrió el segundo y su rostro se iluminó de alegría: “Papá, ¡has regresado!” luego volteó a mirar el reloj que señalaba las dos de la madrugada: “¡Te parece esta la hora de volver a cenar! Te esperábamos para las ocho. Casi me muero de la preocupación. ¿Qué te ha pasado?” “Nada, hija. Me demoré comprando todo esto; ya no te preocupes. Pero ahora anda, despierta a tus hermanos. Les prometí que íbamos a tener una cena de primera y yo siempre cumplo mi palabra.”

Fernanda no quedó convencida, pero como el hambre golpeaba con fuerza entre sus entrañas decidió no prolongar más esa conversación. Su papá a veces se ponía más terco que una mula y no había forma de hacerle soltar ni una palabra más. Al ver las bolsas que estaban reventando, Rita y Ángel se alegraron tanto que en dos segundos se olvidaron de todo el sueño que tenían. Se pusieron a rebuscar en cada una y a sacar todo lo que deseaban comer esa misma noche. Antes de que empezaran a disputarse un delicioso pastel de arándanos, tocaron a la puerta. El padre estaba en el baño aseándose. Esas no eran horas para ir a casas ajenas y a Fernanda esa visita improvisa le resultaba demasiado extraña. Se dirigió hacia la puerta con una mezcla de terror y curiosidad.

Abrió y se encontró con dos oficiales de policía altos y corpulentos. Estaban buscando al Señor Jiménez, su padre. Tenían entre las manos su documento de identidad, parecía que lo había extraviado quién sabe dónde. Fernanda se estremeció, pero sin perder la compostura contestó: “Aquí no vive ningún Señor Jiménez, lo siento. Nosotros somos los nuevos inquilinos.” Luego de precisar que ella no sabía dónde podían encontrar a ese señor, que no tenía idea de donde se había mudado, se despidió de los oficiales y cerró la puerta. Su padre salió justo en ese momento del baño y le preguntó de quiénes eran las voces que había oído. Fernanda contestó que era el vecino que estaba tan ebrio que se había equivocado de puerta. “Ese Roberto, nunca va a cambiar. ¡Todos los días se emborracha como un maldito pobre diablo!”

Su padre soltó una fragorosa carcajada y Fernanda temió por su alma. ¿Perdonaría Dios cualquiera que fuese la estupidez que había cometido? ¿La perdonaría a ella por haber mentido? ¿Era posible que su padre, su tonto y adorado padre, hubiese echado a perder para siempre su pedacito de cielo? ¿Que ya no mereciese la salvación? No, eso era imposible e impensable. Si siendo ella su hija le tenía compasión, cuánta más misericordia podría tenerle Dios que era padre de toda la humanidad. Pero, entonces, si todos los seres humanos tenían derecho a un pedacito de cielo, ¿dónde más cabrían las estrellas? Fernanda se sacudió esas vanas especulaciones y exclamó con voz aguda y cantante: “¡El pastel de arándanos es mío!”.

E.

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