Fiona era una mujer de mediana edad y todo en su aspecto exterior tendía a vehicular una imagen austera que sin lugar a duda le pertenecía. Tenía anteojos de montura delgada y lentes ovaladas que solían reposar al borde de su nariz aguileña, dejando descubiertas unas pupilas que se dedicaban a escrudiñar el mundo con recelo y circunspección, como si fuese un lugar plagado de trampas y peligros. Con la ayuda de abundante espray para el cabello, alisaba su pelo gris y corto hasta aplanar las ondas que consideraba indecorosas, una extravagancia innecesaria e índice de poca seriedad. Sus labios delgados y pálidos se confundían con la tonalidad de su piel, solo lograban destacar gracias a las incipientes arrugas causadas por el esfuerzo de mantenerlos rígidamente apretados y que parecían comillas huérfanas de citas. Un espeso collar de oro ceñía su cuello contracturado, aunque más bien pareciera un yugo que conscientemente cargaba para recordar la razón de su amargura y hacía juego con unos aretes que, dada la extensión innatural de sus lóbulos, se notaban peligrosamente pesados.

A lo largo de su vida, Fiona solo derramó lágrimas en un par de ocasiones y en ninguna de ellas fueron una manifestación de tristeza, sino de alegría. En efecto, desde niña había aprendido a reprimir el impulso de llorar, sea por un dolor físico o por una desilusión del corazón, y se había vuelto una maga en ese arte ilusionista. Lo cual se debió principalmente a un factor biográfico, es decir al hecho de haberse criado bajo el mismo techo con cinco varones. Si bien la familia quiso desde un principio reservarle un trato distinto, más dulce y delicado, en calidad de mujercita de la casa, el carácter orgulloso de Fiona le había obligado a demostrar que no necesitaba de ninguna atención preferencial y más bien se sometía voluntariamente a las mismas asperezas que sus hermanos y exigía que la trataran en pie de igualdad.

¿Que la lucha es asunto de hombres? Estupideces. Ella también quería participar y cuando menos sus hermanos lo esperaban, los atacaba a las pantorrillas y al estilo de un mapache salvaje les mordía hasta que la huella de sus dientes, pequeños pero afilados, se imprimiera como un sello postal. Por la vergüenza de haber sido atacados por su hermanita menor, ellos omitieron contarles esos episodios indeseables a sus padres y así nadie terminó poniendo un freno al ímpetu de Fiona, la cual, libre de resistencias, se volvió incontrolable. ¿Que las señoritas solo visten ropa limpia y con aroma de lavanda? Qué ridiculez. Cuando sus hermanos salían a jugar hacia el monte, Fiona esperaba a que su madre estuviese demasiado ocupada para seguir vigilándola. Entonces, sin importarle la elegancia de las prendas que vestía, salía de casa a hurtadillas para darles el alcance. Cuando volvían al hogar, ella era la más sucia de todos, su vestido antes inmaculado se había transformado en una pieza de arte moderna, un tripudio de diferentes graduaciones de lodo, y para cubrir el olor que emanaba una lavada nunca era suficiente.

Pero las actitudes masculinas que Fiona imitaba no se restringían a la esfera lúdica, sino que incluían maneras de enfrentarse a la vida misma que Fiona habría seguido aplicando religiosamente incluso cuando el tiempo de los juegos hubiese desaparecido del mapa de sus recuerdos. Una frase, en especial, se había estampado en su cerebro con tinta indeleble: los hombres nunca lloran. Fiona había perdido la cuenta de todas las veces que la había escuchado de boca del padre, dirigida obviamente a los oídos de sus hermanos. Como un dogma, una verdad absoluta, que no necesitaba de superfluas explicaciones y que a la vez unía al hablante y al oyente mediante un pacto que los elevaba a una dimensión sagrada, e inalcanzable para los que poseían una índole débil y no eran dignos de participar de ese ritual.

Ante las heridas que se procuraban jugando o incluso peleándose con animosidad, ante los insultos que les ardía como latigazos y ante cualquier otra razón capaz de desatar sus llantos, el padre soltaba el mantra que mágicamente lograba aplacar sus tristezas y sus enojos. Los hermanos se sorbían los mocos, se limpiaban las heridas y asumían una expresión dura, severa, que supuestamente debía ahuyentar todas las reales y potenciales amenazas. Esa expresión suplantaba las pinturas de los guerreros indígenas de otros tiempos y tenía la función de camuflar todas las emociones que podrían desvelar sus vulnerabilidades. Cada vez que Fiona oía esas palabras se sentía excluida, pero a la par con su indignación crecía la determinación para mostrar a su padre, a sus hermanos y a todo el mundo, que ella podía aguantar el dolor tanto como ellos. Astutamente remplazó la parte del refrán que no le convenía, “hombres”, por “personas valientes”, e incorporó esa regla hasta el meollo, cambiando para siempre el ADN de sus fibras más intimas.

Juró que nunca más la volverían a ver llorar. Lo cual de hecho funcionó, hasta que descubrió que la dicha también puede ser fuente de llanto, y si contra la tristeza su corazón endurecido había largamente entrenado, cumpliendo diligentemente con sus expectativas, contra la felicidad se encontraba totalmente desarmado. Ella podía aguantar un dolor comparable al de miles de agujas acribillándole el cutis con la tosquedad del más sádico acupuntor chino, guardando una compostura imperturbable. Así lo hizo el día que perdió a su padre y el día que murió su madre, aunque le costara un poco más, también logró ocultar sus sentimientos, que solo afloraban de manera muy discreta en forma de pliegues que se generaban al lado de su boca y que se ponían a vibrar nerviosamente. Una señal que solo quien la conocía bien podía descifrar, atribuyéndole el correcto significado, y que la mayoría confundía con una muestra de tedio y de disgusto.

Sin embargo, el día que nació su único hijo, no logró contener las lágrimas. Al cargarlo entre sus brazos la primera vez, de pronto advirtió un extraño calor trepar por sus venas y confluir hacia el pecho, donde se acurrucó como un gato ronroneando. Fiona entró en pánico, temió que hubiese llegado su hora, pero no sucumbió al impulso de huir o gritar porque la sensación que la invadía era agradable y paralizante al mismo tiempo. Luego, el calor que había sentido de nuevo empezó a moverse y le llegó hasta el cerebro para finalmente cristalizarse en una lágrima que, al desprenderse de sus pestañas, justo se depositó en la mejilla del recién nacido. Así que, ¿a eso le llamaban felicidad? Los ojos le quemaban, su corazón ardía. Fiona había logrado amaestrar el dolor, volverlo una mascota inofensiva. Pero la felicidad era otra historia, más se parecía a un felino indomable. Se convenció aun más de la nocividad de los extremos. Se dijo que ese tipo de emociones fuertes no eran para ella y pasó los años siguientes en perenne estado de alerta, tratando de anticipar su abrupta llegada.  Tratándose de una novata no podía saber que la felicidad no visita tan a menudo y que por tal razón habría podido ahorrarse ese exceso de celo y de tensión.

De hecho, algunos podrían preguntarse, y me parece una pregunta legítima, por qué la felicidad había tardado tanto para manifestarse a ella. ¿Y el día de su matrimonio? ¿Acaso no se sentía feliz? Y bueno, la verdad es que esa no es la palabra más acertada para calificar sus emociones. Fiona sintió más bien agobio por la duración interminable de una pomposa ceremonia que ella en principio no deseaba, pero que Enzo, su esposo, había organizado para no deshonrar a sus respectivas familias. Ella nunca estuvo enamorada de Enzo, pero lo soportaba lo suficiente como para decidir casarse con él; era el tren que estaba esperando para partir de su casa y sin pensarlo dos veces subió a bordo. Él u otro le daba igual, y Enzo por lo menos parecía escucharla cuando hablaba y valoraba su opinión. Cuando Carlos nació, Fiona se sorprendió a interesarse por primera vez, desde la muerte de su padre, en un hombre. Es más, hasta se volvió su principal centro de interés. Tenía grandes planes para él. Y desde muy pequeño lo sometió a una férrea disciplina para que lograse tener éxito en todo lo que se propusiera realizar. A partir de los cuatro años, más o menos, ya no veía en él un niño que recién estaba conociendo el mundo, sino el embrión del adulto en el que se habría convertido y como tal empezó a tratarlo.

Cabe decir que Carlos, lamentablemente, había heredado su obstinación y no la mansedumbre de Enzo. Así que desde pronto se reveló bastante dúctil ante esas presiones y su mente, al igual que un elástico, tras cada intento de deformarla según el agrado y antojo de la madre, retomaba inmediatamente su estado originario. Fueron inútiles los tentativos de que se enamorara del estudio y de los libros, tanto como las amenazas de quedarse sin comida si es que no cumplía con sus deberes. Podía quedarse encerrado tardes enteras en su cuarto, supuestamente castigado, luego de que Fiona le confiscara sus juguetes y le ordenara estudiar sin emitir el más ligero sonido. Pero Carlos no necesitaba de juguetes para distraerse, dentro de su cartuchera tenía todo lo que necesitaba. Podía pasar horas enteras dibujando y cuando oía aproximarse el sonido de los tacones de su madre, rápidamente desmenuzaba los dibujos y, si no encontraba a tiempo un escondite favorable, se los comía de un bocado. A pesar de tantas tardes encerrado, tantas noches en las que se había acostado sin cenar, Carlos seguía llevando a casa notas en la mejor de las hipótesis mediocres y, en la peor, insuficientes.

No fue fácil para Fiona resignarse al fin a la idea de que su hijo no tenía vocación de médico, ni de abogado, empresario o líder político. Durante mucho tiempo, fuerte del carácter persistente que de niña le había incitado a infringir todas las reglas de conducta para señoritas, Fiona se negó a encarar la realidad. Pero luego de muchos dolores de cabeza y rabietas (la rabia era una emoción con la que, al contrario de la tristeza y la alegría, estaba muy familiarizada) por fin tuvo que admitirlo: su hijo era un vago empedernido. Conste que, para ese entonces, Carlos estaba ya próximo de concluir sus estudios secundarios y que a tal revelación siguió otra no menos dolorosa de asimilar. Carlos no iría a la universidad. Una revelación que fue confirmada por el anuncio del mismo Carlos y que habría destrozado el corazón de Fiona si no hubiese sido protegido por la armadura que su dueña le había forjado, a prueba de balas e incluso de la ingratitud de los hijos. En un puñado de segundos Fiona vio esfumarse el sueño de verlo graduarse de médico o de cualquier otro oficio respetable. Fue un día muy triste, más triste que el entierro de sus padres, y aun así no derramó ni una lágrima. La comparación, en realidad, caía como anillo al dedo puesto que para Fiona su hijo también había muerto, no de una muerte física sino de una simbólica. Esa era la única condición bajo la cual podía disponerse a enterrar todas las grandes aspiraciones que había cultivado por él a lo largo de sus dieciocho años de vida; enterrarlo, metafóricamente, junto a ellas.

Fiona había empezado a vestir de luto cuando Carlos anunció a sus padres que había decidido irse de la casa. No era de sorprenderse que el hecho de asistir a su premaduro funeral lo había, por así usar un eufemismo, abrumado e influido en su precipitada decisión. A pesar de tanta insistencia, Fiona no pudo convencer a su marido de no brindarle ni un céntimo para empezar su nueva degenerada vida y más bien le siguió echando en cara hasta el último de sus días de haber incentivado su haraganería. “Por tu culpa, tu hijo ha desperdiciado su vida”, solía repetirle, no sin sentir una punta de alivio al poder descargarle el peso de su fracaso. Fiona nunca volvió a dirigirle la palabra a Carlos, pero hábilmente se enteraba sobre su vida y sus ocupaciones por el pobre Enzo, aprovechándose de su ingenuidad, genuina o fingida no podemos saberlo.

Ya habían pasado cinco años desde que Carlos se había ido de la casa, cuando el milagro aconteció. El muchacho, que ya tenía unos veinticuatro años, fue a visitar a su padre, pidió audiencia con su madre, y se sentó a esperarla con aire esperanzado como si al final la viese como un juez clemente y no un verdugo sanguinario. La madre supuso que habría una buena razón detrás de ese insólito requerimiento así que consintió verlo. Sus labios estaban ya empezando a fruncirse por sí solos y el pliegue tan familiar estaba por asomar, cuando Carlos le mostró lo que estaba escondiendo detrás de su espalda. Sus manos sostenían un cartón con una caligrafía muy distinta por la que se podía adivinar un contenido igual de solemne.-Mamá, te he traído una sorpresa. Este es mi diploma de arquitecto -le explicó, parafraseando el mensaje impreso en el cartón.

Fue entonces cuando Fiona, por segunda vez en su vida, fue invadida por el calor que ese mismo hijo, un hombre ya adulto y graduado, le había transmitido el día de su llegada al mundo. Ante sus ojos incrédulos, Carlos había vuelto a nacer. Sin embargo, esta vez la felicidad fue más repentina en su recorrido; de forma abrupta llegó al cerebro y liberó la cisterna de sus ojos en pocos segundos. Fiona entonces empezó a llorar como una Magdalena, ni las palabras susurradas por su hijo lograron sedar su inesperada erupción. Quizá lo que ocurrió luego se puede explicar por lo años que habían transcurrido y que habían logrado debilitar el corazón de Fiona. O quizá la cantidad de felicidad fue demasiado grande para que Fiona pudiese contenerla toda sin que su corazón estallara como una estrella. De todas maneras, luego del abrazo que al fin reconcilió a madre e hijo, tan conmovedor que ninguno de los tres presentes logró preservar los ojos secos, Fiona se llevó apresuradamente una mano al pecho. Se desplomó al piso y nunca más se levantó.

E.

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2 thoughts on “Una estrella que estalla”

  1. Amiga de mi alma:

    me da mucho gusto volver a pasearme por tus dominios. Te he leído una vez más y esto es sinónimo de haber disfrutado una vez más de tu calidad.

    Muy interesante tu personaje “Fiona”, sin duda podríamos dar con alguna persona semejante, pero es maravilloso como logras describir paso a paso todo lo que incluye tal personalidad. Te felicito por tu trabajo. Como siempre, te luces con los finales abruptos, que dejan mucho para pensar y le dan a la obra una especie de “expansión indetectable”.

    Espero que vayan mejorando las cosas de tu lado, en todos los aspectos. Cuando gustes, pasate por mi buzón para compartirme cómo va todo.

    Te mando un abrazo inmenso y fuerte.
    Tu amigo,
    Hulussi_Ñe’êpoty

  2. Te doy las gracias por no perderte ninguna de mis nuevas entradas.
    Nunca me cansaré de decirte lo mucho que significa para mí que te intereses a mis obras y, por supuesto, lo mucho que significa tu amistad de oro.
    A pesar de su mal carácter, te confieso que tengo mucha simpatía por la protagonista de este cuento. Qué bueno que te haya gustado su descripción y espero que a lo largo de la historia hayas llegado a quererla un poquito tú también.
    Te escribiré muy pronto para darte noticias acerca de mi situación personal.

    Un abrazo afectuoso.
    E.

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