viaje en bus

Subo al ómnibus repleto de gente que en la hora punta regresa a sus hogares. ¡Se acabó el trabajo del día, que venga la noche para descansar los miembros exhaustos! Hay un sitio al fondo; me siento. Tuve suerte, cuando estás sentada la gente no se te viene encima, nadie te empuja y no tienes que luchar para no perder el equilibrio en cada curva o cada vez que la luz verde cambia a roja de golpe. A la siguiente parada, por la puerta posterior, sube una señora con su hijita y le pide ayuda a un chico, que está en la entrada, para que pueda subir el cochecito de la niña. La chica que está a mi costado de inmediato se levanta y cede su asiento a la señora y a su hija.

Ellas se sientan a mi lado, la mamá en el asiento y la niña en sus rodillas. La señora tendrá unos 35 años aunque no es seguro porque la pobreza siempre te carga más años de los que has vivido. Podría aparentar tener una década más de las que tiene en realidad. Por su facha, entiendo que van a bajar bastantes paradas después de la mía, cerca de los cerros que dominan la ciudad desde lo alto, como gigantes de arena, reyes sin corona.

La señora tiene el pelo crespo y castaño amarrado en una cola, dejando libre y destapado su rostro trigueño cubierto de pecas. Sus ojos negros se ponen a brillar cuando mira a su hija. La niña tendrá dos años y medio o tres. Tiene en la cabeza muchos cabellos, largos y negros, y en la boca todos los dientes. Sabe pronunciar algunas palabras: carro, cielo, mamá. De pronto, empieza a desvestir a la señora y yo supongo que lo hace porque quiere jugar. Pero la mamá sabe que su hija tiene hambre. Y lo que quiere no lo venden los ambulantes que se mueven tambaleando por el bus.

Destapa a su mamá y con su boquita se aferra a su pezón y comienza a mamar. Me siento avergonzada, casi indignada. Y al mismo tiempo que me descubro probando ciertos sentimientos, me pregunto por qué. Es una mujer dándole el pecho a su hija y quizás no exista acción más natural que aquella. ¿Será porque estamos en un lugar público, y que ella es la única que enseña partes que todas las demás guardan debajo de sus chompas, abrigos y bufandas? No, no es eso. Por un largo momento, algunos segundos, me quedo pensando en qué es lo que podría perturbarme de esa escena; y entiendo.

La niña ha superado los dos años, camina, habla y ya está lo suficiente hábil para desvestir a su madre, agarrarse de su seno y apretar para que salga su alimento. No es una mamá dando el pecho a su bebé, es una niña tomando del pecho de su mamá. Y a esa edad, cualquier doctor estaría de acuerdo con que ya no debería hacerlo. A su edad, si una niña dice tener hambre, lo más probable sea que su mamá abra su bolso para sacar un paquete de galletas.

La hijita se queja, está por perder la paciencia. “No te enojes -dice la mamá- tienes que apretar acá, mira. Yo no te puedo ayudar, estoy con las manos ocupadas. Tú tienes que hacerlo sola”. Como un relámpago un pensamiento azota mi conciencia. Si esa mamá pudiera controlar el ciclo biológico de su cuerpo, si pudiera elegir el momento en que sus senos dejarán de producir ese alimento que no cuesta nada más que amor y devoción, probablemente lo retrasaría hasta que su hija se convierta en una bella adolescente. La niña tiene que esforzarse, las gotas han disminuido, pronto la naturaleza emanará su veredicto irrevocable. Pero si la mamá pudiera revertir ese destino, ella se dejaría consumir hasta desvanecer, para que a su hija nunca le falte comida. Un sacrificio glorioso y sin tiempo que casi no se manifiesta ante mi mirada rápida y superficial.

E.

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